Sebastián Torres: “Como en el caso argentino, el crecimiento es sustentable si se avanza en matrices productivas complejas acompañadas de gobiernos que las entiendan”. Entrevista al economista, Director de Industrias del Uruguay

Reportaje de Jorge Makarz y Federico Montero

Entrevistamos en exclusiva a Sebastián Torres, Director Nacional de Industrias del Ministerio de Industria, Energía y Minería del Uruguay, con motivo de su reciente visita a Buenos Aires para participar del Congreso Anual de la Asociación de Economía para el Desarrollo de la Argentina (AEDA). Doctor en Economía por la Universidad de Leicester, Inglaterra, fue docente e investigador de las universidades de la República y Católica del Uruguay. En esta oportunidad, opina sobre cómo superar las asimetrías comerciales entre los países del MERCOSUR y destaca el rol fundamental del Estado y las empresas públicas ante el desafío de formar parte de las cadenas globales de valor al mismo tiempo que se defienden los intereses nacionales. También analiza la crisis económica europea, señala la posibilidad de que el multilateralismo de lugar a que existan multipolaridades y reflexiona sobre las oportunidades y amenazas que tienen los países de la región ante el actual contexto internacional. Leer más.

Destacaba el ingreso de Venezuela al MERCOSUR y el importante avance en el proceso de integración en relación a que se han sumado nuevas ejes como el social, el cultural o el de los DDHH. ¿Cómo superar las asimetrías comerciales a la par que se profundiza el proceso de integración regional en sus diferentes vertientes?

Partimos de un análisis que busca contemplar la importancia de superar las asimetrías desde el punto de vista de lo que implican para un fortalecimiento de la integración en el sentido más amplio del término. En este sentido, vemos que, cada vez más, los procesos de inserción en el mundo de nuestros países -de los Estado nación-, dependen de qué patas de los procesos productivos se realizan en territorio nacional. Esta es una definición clave porque, si bien uno tiende a pensar en categorías económicas y que los países producen determinados tipos de bienes y servicios (por ejemplo que Argentina le vende automotriz a Brasil o que Brasil intercambia automotriz con Argentina y se dividen nichos específicos de mercado), es importante estar pendiente, dentro de esa definición de bien, qué pata o eslabón productivo se está desarrollando en territorio nacional. Entonces, negociar eso desde el punto de vista de la inserción de los países depende cada vez más de políticas de desarrollo interno. Si analizamos la evolución del patrón de inserción internacional a la luz de los procesos de las commoditties -arroz, soja, lácteos, etc.- vemos que todavía perdura ese patrón a pesar de que el MERCOSUR ha aumentado su comercio en los últimos 10 años como nunca antes. Por eso es como un juego de luces y de sombras. Hay que destacar que hubo avances innegables, una bonanza que permitió redistribuir a través de políticas sociales, y que esto implica que los países ahora comercien mucho más. Pero la cuestión de integración hace a aspectos de soberanía, a aspectos que tienen que ver con la transferencia tecnológica, a aspectos que tienen que ver con el empleo, a niveles de mayor valor agregado. Entonces, no solo se tiene que distribuir por medio de una matriz de políticas sociales posible a partir de la bonanza económica y de la combinación de gobiernos progresistas; dado que nos encontramos en un sistema capitalista, tenemos que lograr distribuir a través de la propia acumulación, y esa es la tarea pendiente. Y en este marco, soy cauto en relación a este desafío desde el punto de vista de que, si bien tenemos avances concretos, quebrar con esa lógica implica un salto cualitativo importante. Considero que en el discurso político está reconocido -y esto es importante y se percibe claramente cuando uno escucha a Cristina Fernández de Kirchner, a Dilma Rousseff, a Hugo Chávez y a José Mujica- pero desde el punto de vista concreto de la realización de la integración en el sentido amplio y de cómo ir avanzando en la cadena de valor todavía estamos lejos. Se trata de desafíos generacionales y es necesario trabajar sostenidamente para profundizar el proceso de integración. A modo de ejemplo, temas como el energético o el de infraestructura hubieran sido muy difíciles de tratar hace 10 años; no solo porque a los gobiernos de ese momento no les interesaba sino también porque todavía ni siquiera había aumentado el comercio entre los países. Son todos temas que hoy sí pueden ser planteados en la agenda regional y llevará años poder materializarlos. Ante este escenario, hay que señalar el arribo de nuevas generaciones ocupando espacios de poder que antes no estaban. Esto se está dando en Argentina de forma muy rápida, en Brasil un poco más lento y también se produce en Uruguay. Y de cara a este proceso, el rol que nos va a tocar de acá para adelante es el de bajar a tierra esta idea que está bien revelada en todos los procesos de desarrollo en los países que hoy son avanzados -no solo del punto de vista del crecimiento sino en la distribución del ingreso, que es el objetivo último. Entonces, debemos aspirar a esa combinación de bonanza económica sumada a estructuras productivas más complejas y sofisticadas. Esto se puede visualizar en el caso argentino, los procesos de crecimiento son sustentables si se avanza en matrices productivas complejas acompañadas de gobiernos que las entiendan y promuevan. Este es el desafío más grande que tenemos hoy día.

Si insertarse en el mundo va a significar formar parte de cadenas de valor total o parcialmente, ¿cómo hacerlo sin que esto afecte a los intereses nacionales?

Considero que hay muchos abordajes posibles. La respuesta no es unívoca, no hace solo a un factor, pero sí hay uno que es muy importante: el rol que toman el Estado y las empresas públicas en ese proceso. Una cuestión es que uno diga “negocio mejor mi inversión extranjera para instalar patas del eslabonamiento productivo que antes no se hacian”. Esto puede ser una agenda pendiente y, en este sentido, ha habido avances: Brasil, por ejemplo, negocia, desde el punto de vista de su defensa, acuerdos de transferencia tecnológica entre Embraer y la francesa Rafale. Pero, de todas maneras, el Estado y las empresas públicas deben jugar un rol fundamental.

En el caso de Uruguay las empresas públicas no fueron privatizadas, y eso es algo interesante a observar en la matriz cultural. Hubo personas que le dieron el poder a través del voto a gobiernos de derecha liberales, igual que ocurrió en otros países de la región, pero en el momento en que ese gobierno planteó privatizar las empresas se dijo que no, las mismas personas que los votaron dijeron “esto no se toca”. En nuestro caso contamos con empresas petroleras, de energía, de agua -desde el punto de vista estratégico y no del negocio- y cumplen un trabajo importante. Ahí se forman ingenieros, se negocia infraestructura para el crecimiento que se viene y permite pararse de igual a igual en los casos de que se encuentren reservas, como en el caso de presal brasileño o el gas natural en Argentina. Son recursos del país y si están en manos del Estado implica que no estén en manos foráneas. Entonces, es necesario comprender el rol que tienen que jugar las empresas públicas. Y, en este sentido, en Argentina se está dando un ejemplo importante de avance en esa materia.

Ante la posibilidad de que el multilateralismo de lugar a que existan multipolaridades y coexistan varios centros de poder contra-hegemónicos. En este sentido, ¿cómo fortalecer el bloque regional? ¿Considera necesario implementar cambios a nivel de las diferentes instituciones?

Esa pregunta es interesante y no tengo una respuesta que satisfaga este proceso. Esto porque considero que las instituciones, en este caso, van a tardar mucho más en acoplarse que el propio discurso que se está instalando en relación a la importancia de avanzar en el proceso de integración. Esto se hace con o sin las instituciones pero no despreciando la importancia que las instituciones tienen. Es decir, reconociendo que los tiempos, que están cambiando, no son leídos con la rapidez que debe ser leído por parte de las instituciones. En ese marco, los países deciden su proyecto de integración en el seno de los gobiernos, a través de los liderazgos políticos, y las instituciones no responden rápidamente a esa necesidad estratégica. Entonces, siempre siendo muy cuidadoso ya que es evidente que son las instituciones las que trascienden, los gobiernos tienen el deber político de reconocer cuando la institución no puede acompasar el cambio de época. Y eso es innegable no solo en América Latina sino que puede ser replicado en el Sudeste asiático, Europa y el resto del mundo.

Ante la aceleración indudable de los procesos tecnológicos y la distancia que hay entre los países de la región y los países con mayor nivel de industrialización, ¿cómo acortar la brecha y promover la innovación tecnológica y productiva?

En principio, al hacer un análisis de la historia reciente, del 2001 a la fecha, se puede observar que muchos de los indicadores no reflejan cuestiones que uno quisiera ver. A modo de ilustración, la capacidad de patentamientos, cuál es el número de investigadores, etc. En ese sentido, al estudiar países como Argentina, Uruguay o Brasil, uno observa que los recursos públicos destinados a ese tema han crecido de forma exponencial. Y esas acumulaciones, en 10 años, no tienen resultados inmediatos. Se sabe que la construcción de un sistema nacional de innovación implica políticas de Estado que llevan 40, 50, 60, 70 años. Entonces, si bien uno podría ver el vaso vacío y decir que seguimos dependiendo de tecnología que se importa, que nuestros investigadores no pueden publicar en determinadas revistas internacionales o que en realidad no vuelven todos los científicos que quisiéramos, lo cierto es que en 10 años nuestros países han aumentado notoriamente los recursos destinados a esta área. Así, desde este punto de vista, de seguir esta corriente de financiamiento a la innovación, la visión es claramente optimista. Por eso está bien evaluar pero hay que tener cuidado sobre cómo se miden los resultados, porque en materia de políticas de innovación los logros se ven a mediano y largo plazo. Es importante destacar que Argentina tiene hace 4 años un Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación Productiva con lineamientos estratégicos muy precisos y con recursos como nunca antes en su historia. Lo mismo ocurre en Brasil y en Uruguay se creó la Agencia Nacional de Investigación e Innovación y el Sistema Nacional de Investigadores. Entonces, como decía Néstor Kirchner, “que florezcan mil flores”. Estamos sembrando y en algún momento, esto es indudable, esto va a generar resultados.

Por otra parte, una agenda pendiente tiene que ver con cómo se integra el sistema de innovación con los aspectos productivos. En este sentido, en Uruguay organizamos una importante conferencia en la que participaron varias instituciones que están en el tema tecnológico y, a partir de esto, se va a conformar una organización de transferencia tecnológica. Y ante la cuestión de cómo articular entre academia, sector privado y sector público, a partir del año que viene desarrollaremos Centros de Vinculación Tecnológica. Ya contamos con financiamiento y el objetivo es generar herramientas de innovación desde la demanda y no la oferta; vamos a trabajar con los sectores que definimos como estratégicos y trataremos de desarrollar soluciones a sus restricciones tecnológicas, es decir, entender y dar cuenta de cuál es la demanda tecnológica. En muchos casos pueden ni siquiera tenerla -porque no la visualizan- y en otros tenerla pero al mismo tiempo desconocen las herramientas. En este sentido, hay una experiencia muy interesante que se hizo en Dinamarca y queremos replicar en Uruguay: se trata de armar equipos -conformados por un ingeniero industrial, un economista y un gestor que conozca las herramientas públicas disponibles- que vayan a insertarse directamente en los tejidos productivos. Ya empezamos con los sectores metalmecánico y de alimentos elaborados y pensamos continuar, próximamente, con la industria química y el resto de las actividades industriales. Parte de la idea de cambiar la lógica y va en la dirección de continuar con los avances que se han dado en los últimos años en cuanto a financiamiento y herramientas tanto en la academia como en el sector público. Además, da cuenta de aquella vieja crítica de que el Estado desoye la demanda de los sectores. Este tipo de medidas está orientada a la generación de herramientas e instrumentos de innovación tecnológica productiva.

Relacionado a esto, usted también ha estudiado la cuestión migratoria en América Latina. Por otra parte, Argentina tiene una ley migratoria de avanzada. ¿Es posible aspirar a políticas que respeten y promuevan la migración entre todos los países desde la perspectiva de los derechos humanos? ¿Cómo analiza la situación migratoria en el MERCOSUR?

Se trata de un tema importante y complejo, tiene que ver con poder acompañar estos procesos que se van a dar de los trabajadores cada vez más transmigrantes. Inclusive no pensar la inmigración como pasos definitivos en la vida de un ser humano. Cada vez se da más el fenómeno de personas viviendo en varios países a la vez y generando esos lazos que se llaman de trasmigración. En este sentido, considero que, a pesar de las críticas, la política europea ha tenido muchas virtudes en cuanto a la construcción de una identidad europea -que ahora está en debate, en el tapete. Si bien se discute que la política migratoria europea dejo afuera al resto del mundo, en la actualidad hay una concepción del ser europeo que no estaba presente antes.

Ante este marco, el avance que se podría llegar a dar tiene que ver con lograr una política migratoria común. Creo que en el ámbito del MERCOSUR -que recientemente ha incorporado a Venezuela- tenemos cuestiones muy importantes para avanzar. Primero, la libre circulación de las personas desde el punto de vista más elemental del derecho humano y, luego, cuestiones concretas que dependerán del carácter que se le quiera dar. A modo de ejemplo, sería importante avanzar en todo lo que tiene que ver con el trabajo y la actividad académica en cuanto a la convalidación de certificados -desde uno de soldadura e ingeniería hasta los diferentes postgrados. Son todos pasos que desde los Estados podríamos dar. Por eso considero que, primero, hay que concretar la unión desde ese punto de vista de la libre circulación -que es un avance indudable- pero también avanzar en cuestiones que hacen a la vida del ser humano como el reconocimiento pleno de los derechos en el ámbito del país al que vaya -derechos laborales, civiles, políticos, culturales y económicos. Y en este aspecto, también, las instituciones van más lento de lo que a uno le gustaría.

¿Cómo analiza la crisis económica europea y las soluciones que están proponiendo sus líderes?

Para responder esta pregunta considero importante hacer mención de Estados Unidos porque este país se anticipó a tomar medidas que la Unión Europea todavía hoy no reconoce. Me refiero a la política monetaria expansiva y a una fuerte política fiscal que en EE.UU. siempre es más fácil de coordinar por su propia Constitución. El Estado federal puede rápidamente transferir fondos, cosa que en Europa no pasa y es el problema que tienen en la actualidad. Desde el punto de vista político, Estados Unidos está aventajado al momento de encontrar una solución y Europa no termina de dar en el clavo: ha probado sin éxito con el martillo a la derecha y se ha ido acercando un poco hacia el centro pero no termina de cerrar la cuestión luego del colapso del tamaño que tuvo el sistema financiero. En este sentido, pretender que la crisis de la valorización financiera la termine pagando el sector real y los pueblos ha demostrado que históricamente no solo retrasa la recuperación en el tiempo -hace más agónico el ajuste- sino que del punto de vista de la propia eficiencia del sistema económico es malo. Por eso creo que, en ese sentido, EE.UU. ha sido mucho más astuto, aunque siempre dentro del ámbito del sistema, sin plantear grandes paradigmas nuevos. El Estado tiene un rol fuerte que jugar, la crisis es responsabilidad del sistema financiero y hay cuestiones que se pueden ajustar. Ahora bien, ¿cómo analizo la situación de aquí en adelante? Considero que la crisis de Europa va a seguir sin resolverse durante 2 o 3 años. El proceso de ajuste va a ser lento y va a traer, aún más, problemas serios de ingresos, de empleo y la proyección. En este sentido, Europa, acompañando este proceso de ajuste lento por políticas que no son adecuadas -al menos en la visión que nosotros tenemos de cómo debería ajustarse la economía-, va a perder peso a nivel del sistema geopolítico mundial. Y esto refuerza la pregunta anterior acerca de las posibilidad de un mundo multipolar: está claro que esto es más que un ajuste mirado desde la lógica del sector real y del sector financiero de la Unión Europea; es un ajuste de poder a escala global. Como resultado, China se va a consolidar, el sudeste asiático va a seguir jugando un rol fuerte y, por último, no sería tan pesimista con el papel de EE.UU. En definitiva, visualizo una Unión Europea más debilitada, en parte por como se está resolviendo la crisis y, además, porque esta crisis es consecuencia de una disputa de poder hegemónica. En Europa, la resolución del problema de coordinación entre Estados nacionales es mucho más compleja que en el caso americano. China, por su parte, tiene 4000 años de experiencia e integración de unidad nacional y es evidente que ese tipo de problemas lo puede resolver de forma más centralizada.

Ante este escenario, ¿qué oportunidades y amenazas visualiza para América Latina?

En relación a las amenazas, cabe señalar que indudablemente existen desde el punto de vista, primero, del impacto que tiene el sistema financiero en el sector real. Nuestros países han recibido de forma sistemática durante los últimos años 2 cosas: por un lado, capitales extranjeros que se fugan de Estados Unidos y la Unión Europea y tienen como fin especular con recibir altas ganancias a corto plazo en los países emergentes mientras colapsa el norte. Cabe destacar que, ante este problema, recientemente Uruguay decidió imponer un encaje del 40% a esos capitales siguiendo la lógica de la política brasilera de hace unos meses. Esto Latinoamérica lo tiene que tener claro y es un aprendizaje de años anteriores. Cuando la cuenta de capital se dispara por el ingreso desmedido de capitales golondrina, de corto plazo, que buscan una renta especulativa, tarde o temprano esto va a traer problemas en el sector productivo, en el sector real, en la macroeconomía y en la sociedad. Por eso Uruguay ha dado esa señal, que es seguir lo que han hecho otros países, y que también implica haber hecho un aprendizaje de las lecciones que dejó la década de los ´90. Se sabe que en aquel momento estos capitales especulativos eran bienvenidos sin importar si venían a comprar fábricas, tierras o a depositarse en los bancos. En este contexto, aún a pesar de la opción de medidas de política macroeconómicas -macroprudenciales-, los capitales especulativos -y cómo se actúa ante ellos- siguen siendo una amenaza latente para nuestros países. De hecho el tipo de cambio en Uruguay siguió bajando y no es casual. Significa que continúan las tensiones de tipo de cambio real apreciado porque los dólares siguen ingresando; porque nuestros países tienen mejores previsiones de crecimiento que Europa y es evidente que a pesar de los encajes van a seguir invirtiendo. Esa tensión, por el tamaño que además tiene la economía financiera versus la economía real -y cada vez más la brecha aumenta-, es un aspecto muy complicado de manejar para nuestros países como Estado-naciones de forma individual. Por eso la importancia que adquiere el bloque regional.

La segunda amenaza tiene que ver con las dos caras de una moneda e implica un análisis del sector productivo. La primera es que la liquidación de la industria en muchos de estos países del norte europeo ha traído aparejado una venta a precios de remate de bienes industriales que son los que, paradójicamente, nosotros también queremos desarrollar. Es interesante porque, por un lado, es una competencia directa y, por otro lado, puede ser una ventaja desde el punto de vista de algunos insumos que nosotros no estemos en condiciones de producir. Esta es otra tensión importante. A modo de ilustración, Uruguay quiere desarrollar fuertemente las energías renovables -la apuesta es que el 50% de la matriz energética al 2015 sea proveniente de estas fuentes- y combinarla con industria nacional. Ahora bien, si al momento de abrir licitaciones las abrimos solo a los privados, vienen las empresas desde Europa a precios de remates y esto implica tensiones desde todo punto de vista -económico, político y social. Por un lado permitiría avanzar en la producción de energía renovable -ya que puedo comprar a precios muy baratos algo que hace 10 años era impensable- y por otro lado, a esos precios, es imposible llevar adelante una política industrial. En definitiva, son todas tensiones a tener en cuenta.

La tercera amenaza viene por el lado de la recesión instalada en los países desarrollados que desencadena la pérdida mercados. Pero, sin embargo, me preocuparía más por la caída continua de China como compradora de nuestros productos, que son primarios, si pasa de crecer del 13 al 7,8 %, con el impacto que eso implica sobre la demanda. De todas formas, es importante destacar que nuestros países, en contraste con los ´90, han avanzado en la diversificación de su producción. Volviendo al caso uruguayo, a pesar del proceso de primarización, nuestro país vende muchos más bienes que antes y de una forma mucho menos concentrada. Por eso es evidente que si la economía mundial no recupera eso nos va a afectar -de hecho las estimaciones de crecimiento para la región son cada vez mas bajas-, pero en adelante, ante cifras más auspiciosas, se estaría recuperando la demanda y nuestros países, abasteciendo materias primas, alimentos y energías, van a seguir teniendo un nicho de crecimiento.

En relación con las oportunidades, considero que nuestros países tienen muchas potencial para provocar cambios fuertes desde el punto de vista de cómo acumulan y de la transformación de la matriz productiva. Pero son desafíos que se pueden volver en problemas desde el punto de vista político. Si, como todo parece indicar, el mundo continúa demandando alimentos, energía y metales, nuestros países continuarán creciendo a tasas importantes -algo sin igual en la historia de nuestros países. Ante este escenario, el problema es cómo lograr que ese crecimiento se distribuye. Y este es un desafío que tiene sus riesgos, como que cambie la orientación política de los gobiernos, y requiere que se refuerce la agenda actual. Implica generar matrices productivas más complejas, que nos den una sociedad mucho más igualitaria con el pleno goce de los derechos humanos y, al mismo tiempo, estén más integrada a nivel de América Latina. Por otro lado, no solo se necesita de un Estado más participativo sino también que sea uno mucho más ágil, que resuelva problemas e intervenga positivamente con políticas micro -ya que no solo se trata de contar con una estabilidad macroeconómica. Y en este sentido, otro desafío grande es cómo vincular la educación con el rol del Estado. Necesitamos de burócratas -en el buen sentido- que gestionen la cosa pública y se hagan cargo de nuestra utopía.