Sabina Frederic: “El Ministerio de Seguridad trabaja para que la perspectiva de DDHH se reproduzca al interior de las fuerzas”. Entrevista a la antropóloga social, ex Subsecretaria de Formación en el Ministerio de Defensa

Reportaje de Telémaco Subijana

Entrevistamos en exclusiva a Sabina Frederic, ex-Subsecretaria de Formación del Ministerio de Defensa de la Nación. Doctora en Antropología, es docente e investigadora de la Universidad Nacional de Quilmes (UNQ). En la actualidad, coordina, en el marco de un convenio entre dicha casa de estudios y el Ministerio de Seguridad, investigaciones que permitan hacer diagnósticos más certeros sobre la formación de la Policía Federal y el resto de las Fuerzas de Seguridad. En esta oportunidad, explica la reforma realizada por el gobierno en materia de formación militar que, destaca, incorpora contenidos en derechos humanos y ubica a la Argentina por delante del resto de los países de la región. También analiza la formación de las fuerzas de seguridad, reflexiona sobre la vocación policial y las representaciones sociales sobre esta fuerza y opina cuales son los principales desafíos en materia de seguridad. Leer más.

¿Cuál fue el diagnostico y cuáles fueron los principales ejes de trabajo en tu tarea como Subsecretaria de Formación Militar?

Los ejes principales sobre los cuales se desarrolló la reforma se fueron definiendo a medida que fuimos conociendo la formación militar argentina, regional y, sobre todo, la del mundo occidental. Ese fue un proceso que desarrollamos, en parte, a partir de un estudio con trabajo de campo etnográfico, que nos permitió profundizar y ampliar nuestro conocimiento de la realidad argentina, y mantener diálogo permanente con los militares que estaban en diferentes puestos educativos en cada una de las fuerzas. Por supuesto, estaba claro quien conducía las Fuerzas Armadas, pero era importante que, sobre todo considerando que se trataba del campo educativo, quienes fuesen a tomar esas medidas estuviesen convencidos de como mejoraría la formación militar. Entonces, sobre la base de este modo de acercarnos a los militares, se fueron definiendo los ejes teniendo en cuenta ese contexto que fuimos produciendo. Eso fue un factor fundamental al momento de comprender cómo pudimos hacer lo que hicimos.

Realizada esta aclaración, cabe señalar que en principio modificamos contenidos teóricos, conceptuales, bibliográficos. Sin embargo, este no fue el único aspecto de lo que se denomina la “Modernización de la Formación Profesional de los Oficiales de las FFAA”. Otro eje fue el de trabajar sobre las reglas de incorporación y promoción de los docentes. En ese sentido, se apuntó a que tanto los contenidos como los docentes estuviesen asimilados a las regulaciones que rigen el sistema educativo nacional en cada nivel. Como nos concentramos, por el tiempo que tuvimos, en la formación básica de los oficiales -que se corresponde con el nivel universitario de grado-, las normas de carrera docente que rigen en el sistema universitario nacional nos ayudaron a orientarnos. Un tercer eje, para nosotros de los más importantes, era repensar la sociabilidad interna de estas instituciones. La cuestión era cómo hacer para que esa sociabilidad no atentara contra la formación universitaria, que es la que de cierto modo promueve la calidad de la educación. Es un método -mas que un principio dogmático ideológico-, y, al mismo tiempo, cómo hacer para que ese método no atentara contra los requerimientos de la formación militar -que implican introducir un sentido de la jerarquía, de la autoridad, y de la disciplina. Este fue el punto más complejo y difícil y exigió un dialogo con los militares para poder adecuar ese método de enseñanza/aprendizaje a los requerimientos de la formación militar.

Al momento de pensar un modelo de defensa que tenga una perspectiva de respeto de los derechos humanos, ¿cómo impacta la formación y qué otros mecanismos de reproducción simbólica hay que tener en cuenta?

Incluso antes de ocupar el cargo de Subsecretaria de Formación, la Dra. Garré ya había incorporado contenidos en derechos humanos. En este contexto, nos planteamos el objetivo de adecuar esos contenidos al régimen de estudio a partir de 3 ejes: por un lado, la enseñanza de los derechos humanos a través de una materia obligatoria -tanto en las Escuelas de formación básica como en lo niveles superiores- denominada “Derechos Humanos y Derecho Internacional Humanitario”. En segundo lugar, trabajamos en la revisión de los antecedentes de los docentes. Actualmente no hay ningún docente comprometido con causas de derechos humanos, cuestión sobre la que se pudo trabajar a partir de que se iniciaran los juicios contra delitos de lesa humanidad en el 2004. Entonces, al detectar cualquier docente militar o civil que hubiese estado involucrado en este tipo de crímenes o que realizara manifestaciones públicas de apoyo al terrorismo de Estado, el Ministerio de Defensa lo separó de la docencia como de otras esferas militares y/o estatales. Por otra parte, una tercera línea fue la de la protección de los derechos humanos de los propios militares. En el plano educativo conjuramos esa idea del sacrificio, como el aspecto medular de la formación militar, buscando limitar el costo que paga el cuerpo y con ello el obstáculo que produce a la incorporación de saberes de orden conceptual más complejos y adecuados al modo en que se presentan los conflictos y se dirimen en el mundo contemporáneo. Cuando llegamos a la gestión el carácter sacrificial de la formación ya no pasaba por la ejecución de “movimientos vivos”, como hasta hace 10 años, pues estaban siendo severamente prohibidos. Sin embargo, hasta la reforma que llevamos adelante, persistía el sometimiento a los cadetes en la obligación de transitar con éxito lo humanamente imposible, el cursado de una licenciatura y a la vez, la tradicional formación militar. En esta superposición y exigencia de un imposible, anidaba el sacrificio, y la desarticulación entre contenidos y prácticas pedagógicas. Por eso la reforma se dirige a despejar las mutaciones recientes de ese mecanismo. Pueden leerse los lineamientos básicos de la misma en la resolución MD 1648/2010.

Respecto del antiguo estilo formativo es posible encontrar generaciones de oficiales que dan cuenta de sus efectos al relatar encuentros con quienes fueran sus instructores en la academia, y mencionar señalando sus rodillas: “ellas se acuerdan de usted, mi General”. Es decir, se trata de gente que sufrió corporalmente un tipo de exigencia que derivó en daños corporales crónicos. De ahí la importancia de atender y proteger los derechos humanos al interior de esta institución y de que estos redunden en una formación militar de calidad. Por supuesto que es necesario que el soldado resista ciertas condiciones extremas, pero hay que controlarlas para no atentar contra la seguridad y el cuidado mínimo que requiere su cuerpo cuando es joven -sobre todo porque esto se hace en nombre del Estado. Este tiene la obligación de protegerlos, más aún si no corren tiempos de guerra. Todo lo contrario, puesto que asistimos a un período continuado de 30 años de paz, ciertamente inéditos. No ha habido episodios violencia ni interna ni externa que requieran la intervención de los militares. Considero que la mayoría de los militares reconocen claramente esta diferencia que aunque pueda parecer una obviedad, no lo era en el pasado y aún permanece entre una minoría de ellos, a quienes se los suele calificar de “locos”. Aún fuera del ámbito educativo militar hay quienes persisten en no distinguir entre la realidad y su simulación, provocando condiciones extremas que atentan contra la seguridad y el cuidado básico. Ese es un punto importante que nosotros tratamos de resguardar porque, como mencioné, además de atentar contra el cuidado y la protección, obstruye la calidad de la formación. Cuando vos tenés una persona que está sobre-exigida física y mentalmente, la posibilidad de que se siente a estudiar, retenga y piense sobre ello, es casi nula. Esto se advierte claramente en el libro “Militares o Ciudadanos”, de Máximo Baradó. Si bien su estudio es sobre lo que sucedía hace diez años, describe este fenómeno cuando se refiere a los cadetes que se quedan dormidos en clase o que están “prendidos fuego”. Más recientemente durante nuestro estudio sobre la profesión militar, también pudimos apreciar este fenómeno. Así como hemos detectado cómo los docentes elaboran material procesándolo previamente –recurso propio de los niveles secundario o terciario más que del universitario-, para que los cadetes puedan estudiar todo el material bibliográfico de la asignatura con esos apuntes.

¿Qué ocurre en el resto de los países de América Latina?

En realidad nuestro país, en materia de educación militar, está delante de varios países de la región. Si tomamos como ejemplo a países como Chile, Ecuador, Bolivia, Perú o Uruguay, el proceso de pasaje de la formación militar a una universitaria se dio primero en Argentina. En Chile está empezando y también se están dando cambios en este sentido en Uruguay y en Perú. Brasil, en cambio, está totalmente fuera de esa orientación cuyo eje es la integración con el medio educativo civil. En verdad, en América Latina la educación militar argentina es considerada de gran calidad. Por otro lado, a la hora de pensar lineamientos, estudiamos las Fuerzas Armadas de otros países como Estados Unidos, Francia, Alemania y España para compararlas con nuestras modalidades de formación de oficiales. Para compartir dicho estudio y reflexionar sobre ello, generamos un ciclo de encuentros durante el primer semestre del año 2010 que se llamó “Seminario Internacional sobre la integración de la formación militar en la educación superior universitaria del siglo XXI”. Reunimos allí a las autoridades militares de los institutos, especialistas, agregados militares de Francia, Alemania, España y Estados Unidos, funcionarios, y asesores civiles. Trajimos a los oficiales superiores encargados de la educación en cada uno de estos países. Por ejemplo, uno de los modelos que se expuso fue el norteamericano. Se describieron los detalles de un programa muy interesante denominado Reserve Officer Training Corps (ROTC), por el cual se forma alrededor del 75% de las/os oficiales en actividad del ejercito norteamericano. Se trata de una experiencia adosada a las universidades públicas y privadas. Son estudiantes universitarios que, si reúnen ciertas condiciones, son reclutados por las Fuerzas Armadas y se gradúan con el título universitario que eligieron y un grado militar. Muchos de estos egresados quedan en la reserva, pero ese 75% recibieron su formación en la universidad. En tanto, el 25% restante procede de la academia militar, de West Point que presenta un esquema como el del Colegio Militar de la Nación. Se trata de un modelo muy diferente al que tenemos nosotros. En definitiva, el estudio de modelos como el alemán, el francés o español, en los que en todos los casos la formación del oficial implicaba la educación universitaria, nos sirvió para relativizar la formación militar impartida aquí, que era presentada con mucha frecuencia como la única posible, y tratar de encontrar los aspectos comunes y lábiles para modificar ciertos aspectos, sin perder ni el objetivo, producir militares, y ganando en calidad.

Usted también lleva adelante estudios sobre las Fuerzas de Seguridad. ¿Cuáles son las representaciones sociales que priman en la sociedad sobre la Policía?

Considero que hay distintos sectores sociales y que estos tienen percepciones diferentes sobre la seguridad, y a veces esas percepciones son ambiguas y hasta contradictorias. La sociedad es una unidad muy grande, difícil de homogeneizar. De todas maneras, si uno lee los diarios y se rige por la opinión pública expresada en los periódicos, en general, hay una imagen de las policías (que suele distinguirse de las otras Fuerzas de Seguridad) que refleja instituciones corruptas, ineficientes, poco profesionales. Esta representación posiblemente sea mayoritaria. Por otra parte, hay otras Fuerzas de Seguridad, como Prefectura o Gendarmería, que detentan mayor legitimidad. De hecho esta última es una fuerza sobre la cual el Estado ha invertido mucho en los últimos 10 años, que creció muchísimo en número de efectivos y que está asumiendo funciones poco tradicionales para la propia fuerza. Y en este sentido, me parece que ahí hay otras representaciones públicas que hacen que las Fuerzas de Seguridad no sean del todo homogéneas tampoco.

En las discusiones en torno a las políticas de seguridad continuamente aparecen iniciativas tendientes a generar dispositivos de control y vigilancia. ¿Cómo analiza esta relación entre seguridad y acceso y aprovechamiento del espacio público?

Algunas personas se sienten más seguras teniendo cámaras que vigilan a otros y a si mismas, por eso ponen cámaras en sus casas y exigen hacerlo en la vía pública. En este sentido hay toda una línea de estudios sobre la sensación de inseguridad. Hoy la tendencia en seguridad según señalan algunos autores extranjeros, es más que pretender luchar contra la criminalidad, combatir las percepciones que la gente tiene acerca del crimen y el delito y que producen miedo y sentimientos de vulnerabilidad y riesgo. Se ha estudiado que la gente se siente más segura no porque el crimen disminuye sino porque todos estos recursos, presencia policial, cámaras de seguridad, alarmas, que le permiten percibir ambientes seguros y bajar su nivel de incertidumbre. Entonces considero que el Estado no puede rehuir la atención de estas cuestiones.

Por otro lado, este tipo de medidas obviamente aumenta el nivel de vigilancia y control que pueden sentir algunos que rechazan el rol casi de espía de las agencias del Estado. Lo cierto es que muchas personas están muy atentas a la televisión y la verdad es que es muy difícil no sentirse inseguro si estás permanentemente escuchando mensajes de hechos delictivos y violentos. Es cierto que el nivel de violencia producido por episodios de robo o demás ha aumentado, aunque también esto es cíclico y está socialmente diversificado. Todo sucede como si esa violencia producida por la política cuatro décadas atrás hoy está fragmentada en violencias que básicamente no se producen entre sectores segregados y sectores medios sino entre aquellos. Los que más violencia sufren son las poblaciones segregadas. A modo de ilustración, si se tiene en cuenta lo relevado por Gendarmería en las zonas donde está encargada del patrullaje hay muy pocos homicidios, la mayor parte de los incidentes que se producen son por riñas o por violencia doméstica. Entonces, hay como una tensión permanente en la intimidad de esas poblaciones que no pareciera existir en otros espacios sociales.

¿Es posible hablar de una cultura policial al interior de la Policía?

Siendo antropóloga, hablar de cultura es un desafío crítico porque se trata de un concepto ampliamente debatido en nuestro campo y que suele conllevar el riesgo de homogeneizar internamente lo que efectivamente no lo es. Si bien puede ser visto así, cuando una se sumerge en ese mundo encuentra otras realidades. En mi caso, empecé a aproximarme al tema de las Fuerzas de Seguridad y de las Fuerzas Armadas a partir del estudio de la Policía de la Provincia de Buenos Aires en el 2005. El análisis de las aproximaciones teóricas me indicaba que sobre todo las orientaciones de origen anglosajón eran escencialistas, pues tienden a pensar a las policías de esa manera, a encapsularlas como unidades autónomas con valores y creencias propias que no encontraríamos en la sociedad. Esto resulta en que se pierdan de vista las condiciones, históricas, sociales y culturales que hacen que las policías hagan lo que hacen. No es lo mismo la Policía argentina, la francesa, la brasilera o la española. Incluso tampoco es lo mismo la Policía actual que de hace 40 años. Por otra parte, si tomamos la perspectiva teórica francesa encuentra otros abordajes donde la idea de cultura se pierde y aparecen diversidad y divergencia en creencias, prácticas, saberes hacer, etc. Mi perspectiva es coincidente con esta línea. Creo que la investigación empírica muestra que es muy difícil escencializar a la Policía. Obviamente hay reglas de juego que son propias, pero estas se ponen en juego siempre en relación con otros no policías: desde delincuentes, hasta jueces, pasando por funcionarios, etc. Por eso creo que hay que explicar por qué y no caer en las explicaciones tautológicas del tipo de que tienen determinadas reglas de juego porque son policías. En este sentido, hay aspectos importantes para pensar: como por ejemplo las condiciones de trabajo, que es un problema que la propia Policía reproduce. Ante este contexto, actualmente el Ministerio de Seguridad de la Nación está trabajando sobre este tema donde tiene mucho por hacer. En un sentido integral, este camino tiene que ver con que la perspectiva de los derechos humanos también se reproduzca al interior de las Fuerzas de Seguridad. En la Policía hay que castigar la corrupción y la impericia, pero al mismo tiempo alentar el buen desempeño en la prevención entre otros elementos que propicien mejores condiciones de trabajo.

¿Qué definiciones acerca de su trabajo es posible encontrar por parte de los integrantes de la Policía?

Ahí hay convergencias y divergencias. Es posible encontrar policías que se refieren a lo que hacen como a cualquier otro trabajo y otros que te dicen que ese trabajo no es como cualquier otro, que la Policía no es una fábrica en donde uno cumple un horario fijo y se va. Por otro lado, también hay oficiales de grados superiores o más antiguos que critican a los jóvenes porque no se toman a la Policía como a un servicio de 24 horas y están mirando el reloj esperando para irse. Ahora, si bien es posible encontrar este tipo de divergencias, también es cierto que hay normas o ideales que presionan a las personas y las califican internamente según si se adecuan a un imaginario de lo que debe ser el trabajo policial, construido por los más antiguos. En la actualidad, por ejemplo, está en discusión el uso de armas fuera del horario del servicio. Portarlas, deriva de esa idea de que el policía es policía las 24 horas, solidaria del hecho de la mayor cantidad de las muertes de agentes durante los últimos años, se produjera fuera del horario de servicio. Entonces, hay que tener en cuenta que ser policía no se reduce a portar un arma, es muchas otras cosas. Cuando esas otras cosas no están, quien ejerce la función policial es sumamente vulnerable. Por eso se trata de algo importante sobre lo cual la institución debería reflexionar: la cuestión de imponer ideales que terminan atentando contra la seguridad del propio policía.

¿Cómo repercute la cuestión de la vocación?

Creo que la cuestión de la vocación debe ser vista como una exigencia institucional fuerte para que los jóvenes se adecuen a un cierto modelo de lo que la “vocación” significa. En este contexto, la realidad es que uno se encuentra con policías de 30 años de antigüedad que te reconocen que entraron sin vocación, con una vaga idea de lo que iban a hacer o lo que les interesaba, y que al mismo tiempo pensaban en cambiar rápidamente de trabajo; pero que, con el tiempo, adquirieron una cierta vocación o gusto por lo que hacían. Aún siendo una de las opciones de trabajo “seguro” en el Estado, no quiere decir que esa persona que ingresa no tenga a la vez cierta vocación, como gusto por ser policía de acuerdo a un ideal que no necesariamente es el que se administra institucionalmente. Me parece que lo que hay que destacar es que el discurso de la vocación es un discurso institucional que busca que los jóvenes, los recién llegados, se adecuen a un estándar. Y eso es un problema porque ese estándar muchas veces termina generando prácticas negativas. Se trata de un discurso fuerte y selectivo: el que tiene vocación y el que no la tiene. Es una manera interna de seleccionar, segregar, castigar y privilegiar.

¿Cómo es la formación de la Policía y hacia dónde cree que deberían orientarse futuras modificaciones tendientes a profundizar un modelo de seguridad que hace hincapié en el respeto de los derechos humanos?

Desde el grupo de investigación que coordino hemos podido mantener un esquema similar al utilizado con la Doctora Nilda Garré en el Ministerio de Defensa, al que antes me refiriera, de producción de información etnográfica sobre las lógicas de la formación. Así, en el año 2011 se suscribió un convenio entre la Universidad Nacional de Quilmes y el Ministerio de Seguridad para desarrollar investigaciones que permitan hacer diagnósticos más certeros sobre la formación de la Policía Federal y el resto de las Fuerzas de Seguridad -este año es sobre la Gendarmería- y, además, recomendar o sugerir orientaciones de política pública. Finalmente, desde la Dirección Nacional de Formación Profesional, Capacitación e Investigación del Ministerio de Seguridad, a cargo de Javier Alonso, se evalúan nuestros análisis y otros insumos para la toma decisiones que desarrollen políticas orientadas a mejorar la calidad de la formación. Cabe destacar que las líneas de trabajo que estuvimos desarrollando con el área de capacitación y formación del Ministerio de Seguridad van en un sentido análogo, no idéntico ni semejante, al de las instituciones educativas de las Fuerzas Armadas; considerando que hay diferencias importantes: las Fuerzas Armadas no tienen que estar interviniendo permanentemente en el mundo concreto y real como sí lo tienen que hacer las Fuerzas de Seguridad (especialmente la Policía). La Policía tiene una presión muy grande para sacar agentes a la calle pero a la vez tiene la responsabilidad de que estén bien preparadas para que ni hagan desastres ni atenten contra su propia seguridad, y las de los otros ciudadanos. Ese es un factor diferencial importante, esa tensión no se da en las Fuerzas Armadas.

Ante ese contexto, hemos colaborado con dicha área del ministerio en fortalecer la formación básica de oficiales y de agentes para que se adecue mejor al desempeño profesional, a lo que tiene que saber hacer un policía hoy -tanto cuando es suboficial como cuando es oficial. Pudimos detectar un cierto desajuste en la formación de oficiales, sobre todo en relación a la tarea que tiene que hacer, que es de conducción -que está bastante despreciada en la formación- y debe ser un punto central en este tipo de instituciones. Por otra parte, también notamos que había una preparación que se enfocaba a través de las pasantías en el primer puesto que va a ocupar el oficial cuando egresa, que es el de oficial ayudante en las comisarías, en lugar de pensar la formación básica como medio de estructuración de la formación posterior, y de preparación para una mayor diversidad de puestos y funciones con los que cuenta la Policías Federal.

Otro aspecto central tiene que ver con el re-entrenamiento. Cabe destacar que recientemente el Ministerio de Seguridad sacó una resolución para ordenar y coordinar ese terreno. Esto es fundamental porque en estas fuerzas, que están permanentemente atravesando situaciones de estrés, riesgo y jornadas de mucha tensión, tiende a haber una especie de normalización del comportamiento y, ante esto, la instrucción es una instancia que les vuelve a resaltar la importancia de estar atentos, de prever situaciones, de no relajarse y creer que la situación va a ser la misma de siempre. Por eso este espacio es fundamental, y no puede reducirse a las denominadas “academias”.

Por último, otra línea importante tiene que ver con las especialidades, sobre todo en la Policía Federal. No hay una conexión entre perfeccionamiento en determinadas áreas y puestos que van a ocupar. Entonces, hay mucha rotación a veces como castigo, poca especialización. Esta es otra de las líneas que impulsó el Ministerio de Seguridad el año pasado desde la Escuela Superior de la Policía Federal, motorizada también por oficiales superiores que también promueven estos cambios.

¿Cómo articular entre las diferentes policías provinciales y la Policía Federal?

Incluso antes de la creación del Ministerio de Seguridad de la Nación se desarrollaron, desde la ex-Secretaría de Seguridad, eventos y jornadas en las distintas provincias que unían a las autoridades policiales. Producto de esto, se formuló un documento que contenía estándares básicos de la formación de los agentes y oficiales. Creado el nuevo ministerio, cabe destacar que el año pasado se aprobaron mediante una resolución, resultado del trabajo desarrollado durante los años 2006 y 2007 desde el PRONACAP (Programa Nacional de Capacitación y Perfeccionamiento).

Por otra parte, hay una línea de trabajo que la Ministra de Seguridad está haciendo a partir de sus visitas a las provincias para empezar a articularlas con los lineamientos desarrollados a nivel federal.

¿Cuáles son las formas de acercamiento de las Fuerzas de Seguridad con la comunidad?

Como parte del convenio mencionado anteriormente, estuvimos trabajando en la Escuela de Gendarmería Nacional “General Don Martín Miguel de Güemes” y nos avocamos a investigar cómo hacia la Gendarmería Nacional para brindar seguridad en el polo sur de la ciudad. En este sentido, vimos que varía según la unidad operativa, por la realidad del barrio, así como se distingue del patrullaje que hacía la Policía en ese lugar. Durante el año pasado trabajamos en la Villa 34 y pudimos compararlos. Es muy interesante cómo la Gendarmería se vincula directa y permanentemente con referentes o dirigentes de organizaciones sociales e instituciones de los barrios, y están atentos a las demandas de los vecinos y de las organizaciones. Al mismo tiempo, ofrecen un tipo de seguridad de carácter absolutamente público o colectivo. En cuanto a los problemas observados, uno es el ya mencionado común a las otras fuerzas y es la necesidad de mayor instrucción o reentrenamiento. Como señalé esto ya se está diseñando para ser implementado pronto. Es importante destacar que la Gendarmería aprendió mucho, desde su intervención en el barrio denominado Fuerte Apache, en cuanto a cómo hablar con la gente, cómo dialogar, entenderse y tratar de encausar las demandas con los diversos esquemas de patrullaje preventivo. Este es el trabajo que asumió Gendarmería y lo hace tratando de entender las demandas de la gente que a su vez está más segregada en la ciudad.

Teniendo en cuenta la creación del Ministerio de Seguridad y sus trabajos de investigación, ¿cuáles cree que son los principales desafíos que quedan por delante en materia de seguridad?

No hay que poner a todas las Fuerzas de Seguridad en la misma bolsa – es notable por ejemplo, cómo la Gendarmería tiende a cuidar a su gente, pero considero que todo lo que tiene que ver con el tema de las relaciones y funciones laborales es un punto para desarrollar fuertemente. Tampoco estoy diciendo que haya que sindicalizarlos, pero sí que hay que pensar en cómo se compensa lo que en otros ámbitos laborales gestiona el gremio, el sindicato. Entonces, la búsqueda de un instrumento que tienda a este objetivo contribuiría sin duda a mejorar el tipo de servicio que ofrecen.

En relación a la cuestión de la educación, todavía hay mucho por hacer. Hay que desarrollar centros de re-entrenamiento y tratar de establecer circuitos que garanticen que la gente ingrese a esos espacios. Estos no deben ser solo para concurrir al polígono con sus armas cada tanto, es necesario pensar otros aspectos que hacen al desempeño cotidiano de las fuerzas.

Por otra parte, considero que hay mucho por hacer en cuanto a la relación con la justicia. El Ministerio ha creado un área para llevar adelante la articulación con el poder judicial y, en este sentido, creo que hay que pensarlo desde el punto de vista de cómo la relación de las fuerzas de seguridad con los procesos y agentes del sistema judicial, incide en sus prácticas y saberes; dado que la Policía es una agencia situada entre el poder ejecutivo y el poder judicial. Ese es tema muy importante, sobre el cual la investigación en ciencias sociales recién comienza a asomar.