Dilemas estratégicos de la oposición. Por Edgardo Mocca

Por Edgardo Mocca

La oposición al gobierno de Cristina Kirchner es un espacio social amplio, aunque minoritario. Es fuertemente heterogénea su estructura sociodemográfica -aunque con claro predominio de los sectores de altos ingresos- y también su sesgo ideológico, que abarca desde los nostálgicos de la dictadura militar hasta núcleos político-intelectuales de inspiración liberal progresista, pasando por lo que podría considerarse su núcleo central: el mundo de quienes consideran la protección jurídica del capital como un capítulo central del Estado de derecho.

También es muy amplio el registro de la intensidad de esta oposición social. Va desde quienes aceptarían cualquier tipo de experiencia política con tal de terminar con el kirchnerismo hasta aquéllos que conviven pacíficamente con la realidad y consideran que para desalojar a este Gobierno hace falta una promesa política superadora. No puede descartarse que muchos de los que pertenecen al sector “tolerante” de la oposición social hayan engrosado en octubre el capital electoral de la Presidenta, en ausencia de alternativas confiables.

El contexto de debilidad de los partidos políticos, en términos estratégicos, organizativos y de liderazgo, ha permitido que la maquinaria comunicativa hegemónica ocupe el lugar más dinámico e influyente dentro de esta vasta constelación. Así fue, de manera visible, por lo menos desde el conflicto agrario de 2008 hasta las elecciones presidenciales de octubre último. Las líneas editoriales de los medios hegemónicos constituyen los principales y casi únicos documentos orgánicos de la resistencia antikirchnerista en este período. No se trata, claro está, de una hoja de ruta programática e ideológica consistente y coherente; es, más bien, un conjunto relativamente articulado de argumentos muchas veces contradictorios entre sí que confluyen en un único punto: la necesidad de terminar con el ciclo kirchnerista de cualquier manera y en los tiempos más rápidos que sea posible. Desde esa perspectiva se somete a partidos y a líderes de la oposición a un sistemático monitoreo y a una rigurosa evaluación según el modo con que adopten ese inflexible curso estratégico.

El mensaje mediático a la oposiciónpolítica tiene solamente dos premisas: la radicalidad de su enfrentamiento al Gobierno y la unidad de acción entre sus componentes. Entre 2008 y 2011 consiguieron imponer la primera de esas premisas: ningún líder opositor pudo esbozar un discurso que no pasara por la línea del “todo o nada”. En cambio, la segunda de las premisas naufragó; el punto más alto de su desarrollo fue la constitución del grupo A en la Cámara de Diputados, pero lo que se unió para repartirse la dirección y la mayoría en las comisiones parlamentarias -en un procedimiento sin precedentes históricos- no sobrevivió a la dinámica de la competencia política en el interior de ese bloque por afianzarse en su liderazgo. Ocurre que la lógica empresario-mediática sobreimpuesta a partidos y líderes políticos, obliga a éstos a un comportamiento completamente irracional. Para seguir esa lógica, los partidos deben poner el objetivo de desplazar al Gobierno por encima del objetivo de alcanzar ellos mismos el gobierno o, por lo menos, tener en éste un papel preponderante. Esta perspectiva, que incluye unir fuerzas políticas inspiradas en tradiciones antagónicas (radicales con neoliberales, centroizquierdistas con centroderechistas, peronistas con antiperonistas) puede imponerse solamente a condición de que sus componentes consideren a su adversario el mal absoluto. Es la idea de los “amplios frentes antifascistas” de la época de la Segunda Guerra Mundial. Claro que convencer a los partidos políticos argentinos de que vivimos una situación análoga a aquélla parece un poco trasnochado; y mucho más trasnochada parece la pretensión de convencer de eso a una mayoría social. Por eso, la unidad “en defensa de la democracia” quedó el año pasado en una conferencia de prensa y en un vago “programa de coincidencias” leído por Mauricio Macri. Nadie tomó en serio la iniciativa ni sus argumentos.

Incluso la primera premisa, la del combate sin cuartel contra el kirchnerismo plantea problemas que hoy se revelan como insolubles para muchos espacios opositores. Suena muy bien a los oídos de “minorías intensas”, como las que salen a golpear cacerolas en la Recoleta, pero alienan a la oposición de amplias audiencias potenciales que pueden querer un cambio de signo en el Gobierno pero no creen estar viviendo en el peor de los mundos. Además, la cruzada existencial contra el Gobierno incluye una apuesta sistemática contra el país, cualquiera sea el tema que esté en discusión. Así se apoya sin matices la posición del Reino Unido y su argumento favorable a la “autodeterminación” de los malvinenses contra el reclamo argentino. Así se mezcla ridículamente un spot televisivo sobre los Juegos Olímpicos de Londres con la estética de la maquinaria propagandística nacional-socialista. Así se invocan los argumentos jurídicos de Repsol contra la decisión argentina de la expropiación de YPF en un casi solitario acompañamiento a la voz del gobierno conservador de España. No hace falta ser un nacionalista sectario para considerar que todo este repertorio no lleva a ningún resultado electoral positivo.

El alcalde porteño parece hoy la gran esperanza de este centro coordinador mediático-empresarial. ¿Es un síntoma de fortaleza? Veamos. El radicalismo que, entre 2008 y 2011, construyó su expectativa electoral alrededor de Julio Cobos -líder carismático surgido en los estudios de un canal de noticias-, vive hoy la amenaza de un desangramiento definitivo por la presión de quienes quieren convertirlo en un yacimiento federal de recursos para la candidatura de Macri. Con toda racionalidad, sus bancadas parlamentarias rechazaron en amplia mayoría esa presión, que se expresó en la demanda de un voto contra la nacionalización de YPF. Claro está que el operativo de gestación del macri-radicalismo seguirá actuando. Pero su eventual triunfo no significaría un avance de la unidad opositora sino la licuación de la fuerza histórica del radicalismo que no aportaría a la derecha muchos más votos que los que hoy, sin ese apoyo, podría obtener.

Claro que el Frente Amplio Progresista que lidera Hermes Binner no confluirá detrás del hipotético liderazgo macrista. La ilusión posmoderna del fin de las ideologías no puede confundirse con la pragmática necesidad de un espacio en formación de crecer sobre sus propias bases y sus propias inspiraciones ideológicas. No hay razones para cambiar una línea que ha conducido a su líder a un importante resultado electoral y que genera expectativas de desarrollo.

El “peronismo disidente” -entendido por aquellas líneas que actúan por fuera del PJ- no sobrevivió a la experiencia de la candidatura de Eduardo Duhalde. Hoy no logra conciliar posiciones en su propia bancada parlamentaria y las voces de sus referentes más iracundos en la pelea contra el Gobierno lucen como ecos del discurso antiestatista y antipolítico del neoliberalismo. Pueden algunos de sus dirigentes pasarse definitivamente al macrismo sin que eso alcance importancia alguna en términos político-electorales. El peronismo que realmente importa, el de su red territorial de gobernadores provinciales e intendentes, el de su estructura sindical y su influencia social popular no parece ansioso por sumarse a una aventura de ese porte. ¿Qué razón tendría hoy un gobernador para sumarse a la gesta macrista, cuando la actual inhibición para una reelección de Cristina abre la posibilidad de una competencia por la sucesión en el interior de la coalición que la apoya? Tendría que aparecer un ideólogo antipragmático fascinado por el relato de Joaquín Morales Solá o de Eduardo van der Kooy; y se sabe que esa especie no abunda en el peronismo.

Desde la perspectiva que estamos exponiendo, podría verse bajo otra luz el unánime impulso actual de los grandes medios a la figura del alcalde porteño. Acaso se trate, no de un preparativo para 2015 sino de una acción más coyuntural. Macri es el único opositor con recursos político-institucionales para aportar seriamente a la erosión de la legitimidad del gobierno nacional. No puede evitar la pelea si quiere entrar de alguna manera en la grilla opositora de las próximas elecciones. Y puede crear problemas de gobernabilidad, con el simple expediente de “no gobernar”. Así está ocurriendo, por ejemplo, en el conflicto alrededor de los subterráneos.

El juego de la derecha mediático-política en estos días se concentra en la posibilidad de generar problemas de gobernabilidad y, si es posible, generar un clima de inestabilidad política. Las eventuales repercusiones internas de una grave crisis del capitalismo mundial conforman, acaso, la carta principal. Pero la estrategia tiene dos obstáculos: uno es que el peronismo “realmente existente” no puede jugar, aun cuando alguno de sus referentes quisiera, a favor de una crisis del Gobierno porque el entero universo del PJ sufriría sus consecuencias. La segunda razón es la capacidad de iniciativa política del Gobierno que hasta ahora ha sabido combinar la construcción de dispositivos preventivos contra los ecos de la crisis con una fuerte agenda nacional-popular y de expansión de derechos.

Fuente: http://www.revistadebate.com.ar/2012/05/11/5412.php