Carlos M. Vilas: “Como los intereses económicos nunca se resignan, hay que mantener activas las capacidades regulatorias del Estado”. Entrevista al reconocido politólogo. Parte I

Reportaje de Telémaco Subijana y Federico Ghelfi

Invitamos a leer la Parte I de la entrevista exclusiva a Carlos M. Vilas, Presidente del Ente Regulador de Agua y Saneamiento (ERAS). Abogado y politólogo, es profesor e investigador de la Universidad de Lanús, en donde también dirige la Maestría en Políticas Públicas y Gobierno. Anteriormente se desempeñó como docente en las universidades de La Plata, Complutense de Madrid, Autónoma de Barcelona, Columbia, Duke, Florida, Autónoma de Santo Domingo y ocupó diversos cargos en el Estado nacional. En esta oportunidad analiza las formas de involucramiento del Estado en la economía y las características que asume en la actualidad la relación entre sociedad y Estado. También reflexiona sobre las principales transformaciones que se han dado del 2003 a la fecha y explica cuáles son las tensiones heredadas de la implementación del Consenso de Washington durante los ´90 que requieren ser superadas. Leer más.

¿Cuáles considera que son las principales transformaciones que se han dado desde el 2003 a la fecha en nuestro país?

Cabe destacar que son varias las transformaciones. En primer lugar, la recuperación sostenida y el crecimiento económico. Sin crecimiento económico no hay posibilidad de justicia social. Por supuesto, el crecimiento económico sólo no basta y debe estar enmarcado en un proyecto político, pero es la economía la que da los recursos materiales para poder materializar los cambios esperados. Entonces, ese crecimiento económico no solo se logró en función de un rediseño estructural, de una voluntad política muy fuerte, de una reasignación importantísima de recursos, sino también para lograr un fortalecimiento de la autonomía nacional. Esta es una segunda transformación importante y se expresa en dos o tres cosas muy centrales. En primer lugar, la extraordinaria quita de la deuda que se logró gracias al impulso del presidente Kirchner. En segundo lugar se logró saldar por completo la deuda que se tenía con el Fondo Monetario Internacional (FMI). Esto en su momento fue muy criticado pero en realidad el tema no era solamente económico-financiero o fiscal sino que era estrictamente político porque el FMI fue históricamente el instrumento de los grupos dominantes para mantener de rodillas al país. Más allá de su dimensión específicamente, esto dejó a la oligarquía y a los sectores del privilegio económico sin el instrumento estratégico que siempre habían podido esgrimir. Históricamente, en nuestro país, los factores de poder tuvieron dos grandes instrumentos: las fuerzas armadas y el poder económico financiero junto con los organismos multilaterales de crédito. Durante el kirchnerismo esos dos factores dejaron de ser factores de poder. Entonces, tuvimos un impulso económico y tuvimos una decisión de fortalecer nuestra autonomía como país soberano. En tercer lugar, considero importante destacar el proceso de fortalecimiento del mercado interno, de ampliación de las relaciones internacionales y de redistribución del ingreso. No se dio sólo a través de factores monetarios sino también por la reconquista y ampliación de derechos -como por ejemplo, el reestablecimiento de la negociación colectiva de las condiciones de trabajo o la re-estatización del sistema de jubilaciones y pensiones. Se trata de un conjunto de instrumentos y elementos que, aparte de darle capacidad de gestión al Estado, le proveyeron de recursos para hacer posibles los grandes objetivos de justicia social, inclusión e igualdad de derechos, que son varias de las características distintivas del proyecto kirchnerista.

¿Qué características asume hoy el “involucramiento del Estado en la economía” o la “relación Estado/mercado”?

Antes uno tenía una visión muy tradicional o anacrónica del modo en que esto se lleva a cabo. Es decir, cuando se hablaba de incrementar o fortalecer el involucramiento estatal en la economía se pensaba en estatizar empresas. En realidad, esta es una visión microeconómica. En este contexto, durante los últimos años, lo que ha hecho el Estado es fortalecer sus instrumentos de gestión, regulación y control. No desplazando la iniciativa privada pero sí controlando que ésta se desenvuelva de manera tal que contribuya al beneficio de todos y no solamente de algunos. En ese sentido, lo que tenemos es lo que en economía política se llama un sistema de economía mixta que, en realidad, es lo que existe en mayor o menor medida en todos los países del mundo. Por otro lado, hay que destacar que también hubo un reposicionamiento político del Estado en determinados aparatos. Esto adquiere importancia por el hecho de que la tragedia de los ´90 no solo fue la privatización de los activos físicos y empresariales del Estado sino que se privatizó la capacidad de decisión y conducción estatal. Es decir, no solo se privatizaron ferrocarriles, también privatizaron la política ferroviaria; no solo privatizaron Obras Sanitarias, privatizaron también la política de agua y saneamiento. Entonces, lo que el Estado no puede delegar es la política porque, quieran o no, el Estado es la expresión del conjunto de la sociedad. Cuando uno le deja a la empresa la definición de la política, la empresa va a hacer la política que mejor le corresponda a sus intereses. No podemos pedirle a una empresa una necesidad frente al bien colectivo. Si lo tiene, es muy bueno, pero si no la tiene, para eso está el Estado. Eso es lo fundamental de últimos 9 años: la recuperación del Estado democrático, representativo, popular y nacional con capacidad de conducción del conjunto social en función de objetivos de emancipación nacional, justicia social e inclusión.

Hecha esta aclaración y resaltando la importancia de que el Estado asuma un rol protagónico, ¿a qué tipo de Estado debe aspirar la Argentina?

El Estado nace de la sociedad y tiene, en líneas generales, la cara de la sociedad. Esta es una sociedad en donde los intereses provinciales son muy fuertes, es una sociedad con un elevado nivel educativo-cultural, con una conciencia de derechos muy desarrollada. Por lo tanto, el camino a seguir por este Estado es el de conjugar su lealtad hacia la voluntad y los intereses de las mayorías nacionales con el desarrollo de capacidad de gestión que permita satisfacer de manera adecuada esas demandas.

¿Considera que todavía quedan rastros, resabios o tensiones heredadas del Consenso de Washington que requieran ser superadas?

Por eso he manifestado que estamos en el post Consenso y hay muchas cosas que todavía existen que son producto de aquellos años, de aquellas decisiones y de aquella estructura de poder. Siempre es más fácil y rápido destruir algo que crear algo nuevo. Todavía quedan muchos rastros como la ley de entidades financieras (que sigue siendo la de Martínez de Hoz), el sistema tributario, el desguace del patrimonio nacional. Por su parte, la reforma constitucional del 1994 le confiscó a la Nación la propiedad de los recursos naturales y el patrimonio y se lo pasó a las provincias. Años después, las provincias se dan cuenta que en realidad lo que consiguieron fue convertirse en grandes concedentes de sus recursos a empresas transnacionales sobre las cuales no tienen ninguna capacidad de control. Entonces, ahí tenemos una clara evidencia de decisiones que se tomaron hace 15 o 20 años y que todavía generan efectos y nos están coartando. De todas maneras, también es cierto que frente a estas limitaciones lo que hay es una gran creatividad por parte de nuestro gobierno en cuanto a ir abriéndose paso en esa maraña de limitaciones y cepos para avanzar en el proyecto. Esto se da articulando conflictividad con consenso, empuje con negociación, a un costo social mínimo.

¿Qué ocurre en la actualidad con los actores de poder predominantes durante los ´90 y su relación con el Estado?

Los intereses económicos nunca se resignan. En economía, la ideología de la espontaneidad, del mercado que se autorregula, es una ideología producida por los propios sectores que dominan el mercado. Entonces, ahí hay que mantener activas y con eficiencia las capacidades regulatorias del Estado. Muchos de los actores del sistema financiero están ahí. Muchas de las contrapartes del sistema, o del mundo económico actual, son contrapartes que se gestaron durante los años de la dictadura y el neoliberalismo, y están ahí. En este contexto, uno no los puede borrar de un plumazo. Por eso hay que demostrar que uno tiene capacidad de negociación, que la ganancia empresarial es legítima en la medida en que sea una respuesta a una toma de riesgo a la producción de bienes de calidad, al pago de los impuestos. Me parece que la idea de los combates finales es muy grata para el romanticismo político, pero no existen. En política no hay combates finales. Sino veamos lo que ocurrió después de 90 años de comunismo: reaparecieron hasta los tipos que quieren reinstalar el zarismo en Rusia. También el hecho de que, a pesar de la derrota del nazismo, todavía el mundo tiene unos cuantos movimientos y experiencias racistas, antisemitas y fascistas. Entonces, hay que estar en guardia; la política es una carrera de larga distancia, de resistencia. Es como dice el poema que popularizó Joan Manuel Serrat, “golpe a golpe, verso a verso, caminante no hay camino; se hace camino al andar”. Por eso, lo que tiene que estar muy claro es hacia dónde uno quiere ir. En este sentido, la Presidenta Cristina Fernández de Kirchner fue muy clara en su discurso de apertura de las sesiones legislativas: “la política es cambio permanente, pero cambio en el sentido correcto”. Esto es así porque sino es oportunismo. Ése es el famoso pragmatismo: adaptarse a las circunstancias, responder a las necesidades que le plantea la vida; pero teniendo siempre una mirada fija hacia dónde uno quiere ir. Entonces, las peleas se dan de ese modo. Hay momentos en que los antagonistas pueden ser coyunturalmente aliados pero otras en las que los aliados se convierten en contradictores. Por eso hay que tener en claro cuál es la fuerza propia y hacia dónde uno quiere llegar.

En este sentido, la Ley de Medios viene a modificar las reglas de juego en ese campo, ¿cómo analiza este proceso y cuál considera que será su principal repercusión?

Esta ley toca un tema muy sensible y por eso se genera tanta resistencia. Esta resistencia se encuentra en ciertos ámbitos del poder judicial en donde todavía hay mucho que trabajar. A modo de ilustración, uno lo ve en el tema de los subterráneos en Buenos Aires: Macri subió un 140% la tarifa del subte y nadie dijo nada; no apareció en ninguna primera página. Por eso a uno le exalta la importancia de la Leyde Medios. Además, es importante señalar cómo fue previamente trabajada la misma a partir de un proceso muy democrático. Antes de llegar al parlamento pasó por centenares de debates populares, fue realmente una consulta, un gigantesco carril abierto. Esto también explica por qué había interés en trabarla. Está avanzando, no al ritmo que uno hubiera querido pero está avanzando.

¿Cómo cree que se da la relación entre la sociedad y el Estado a partir del rol más activo que ha asumido este último desde el 2003 a la fecha?

Siempre que un Estado quiera tener legitimidad, tiene que ser la expresión del sentir y del querer de un pueblo. Si un Estado no existe en el corazón y en la mente de su pueblo, ninguna ley le va a dar existencia real. En este sentido, durante los últimos años se ha ganado una convicción en relación a que la política y lo que se ejecuta a través del Estado sirve para mejorar la calidad de vida de la población. En ese proceso, el oficio político es distinto del oficio empresarial o sindical. Esto es importante porque la política, si quiere ser realmente expresión del todo de la Nación (de lo contrario no es política), tiene que articular los distintos intereses. Esto difiere de la dirigencia sindical. Un buen dirigente sindical es el que consigue las mejores condiciones de trabajo, de remuneración, para su sindicato, para su gente. Se puede decir “para los trabajadores”, “para toda la clase obrera”, pero esa es una parte de la sociedad. Lo mismo en relación a los movimientos sociales, son para su gente también, son sectoriales. Entonces, ¿cómo se fusiona todo esto en eso que nosotros llamamos Nación o Patria? Ese es el papel de la política. El político debe organizar los ingredientes como si fuera un gran pastelero y, por lo tanto, tiene que ver en qué medida va haciéndose cargo de las diferentes demandas y, sobre todo, reduciendo hasta donde sea posible el potencial de conflicto de las demandas que son contradictorias. Para eso, el Estado también tiene una serie de instrumentos permanentes como el sistema educativo (de hecho los medios de comunicación también forman parte de esto) que se encargan, generación tras generación, de formar una conciencia nacional o un sentido común nacional. Uno no necesita tener un policía al lado para saber que no tiene que manotear lo ajeno o faltarle el respeto a la señora mayor o cruzar un semáforo en rojo. En ese sentido el Estado surge de la sociedad pero el Estado también entrena a su sociedad a comportarse de la manera menos conflictiva posible.

Usted escribió un artículo en el que destaca el rol que le asigna al Estado la Constitución de 1949. ¿Cómo la analiza teniendo en cuenta los cambios habidos desde entonces en nuestro país y considerando que vivimos en un mundo globalizado e interdependiente?

Esa Constitución expresó lo más avanzado de las concepciones jurídico-políticas de la Argentina de mediados del siglo pasado. Considero que la reforma de 1949 fue la arquitectura jurídica de los cambios en las relaciones de poder que tenían lugar desde la reforma electoral de 1912, completada con la sanción del voto femenino en 1947. Para entonces, el movimiento obrero tenía un fuerte peso político institucional y el desenvolvimiento de la economía había estimulado la diversificación de las clases propietarias y el surgimiento de una pujante burguesía industrial y una vibrante clase media. La idea de que el Estado orientando y gestionando la economía (incluyendo la nacionalización de empresas, activos y servicios) tenía una amplia acogida. En este contexto, considero, con todo el respeto y el cariño que le tuve a Arturo Enrique Sampay, que esa Constitución es la de una época, de una Argentina. Tiene cosas que siguen siendo muy democráticas, muy progresistas y tiene cosas que ya no responden a la Argentina actual. No en el sentido de que una constitución tiene que ser exactamente el espejo en donde se refleja el país hoy, pero si en el sentido que la correlación de fuerzas o la estructura de poder que hizo posible esa constitución hoy no existe. Hoy en día tenemos una sociedad mucho más diferenciada, mucho más diversificada -para bien o para mal- y también tenemos una mayor concepción de derechos. Además, el movimiento obrero tiene menos fuerza que la que tuvo hace 60 años. El mundo ha cambiado y hemos hecho una experiencia de 60 años respecto de qué es posible esperar, y qué no, de una gestión estatal directa de la economía. Incluso los sectores son diferentes y tenemos problemas que no existían en aquel momento -como el problema de la pobreza, que, por lo menos, no existía con la magnitud y con las características que asume hoy esta problemática. A modo de ejemplo, lo que hoy es el cordón de la pobreza, de la degradación social, es decir el Conurbano, hace 60 años era el cordón industrial o la lista de espera del mercado de trabajo. Las personas seguían creyendo en la economía y se insertaban en el mercado de trabajo. En este sentido, hoy no soy partidario de una reforma constitucional porque considero que todavía no hay una decantación de las fuerzas sociales y políticas. Entonces, ¿para qué? Está en Aristóteles, en La Salle, incluso en Marx, entre otros pensadores; una constitución es la reflexión jurídica de una estructura de poder de la sociedad. ¿Cuál es hoy esa estructura? Todavía tenemos una estructura muy gelatinosa, no se ha dado una decantación. El poder está en los aparatos públicos, está en el Estado. Ahora, ¿cuál es la base social de ese Estado? Bueno, hay un conjunto muy variado de fuerzas que existen en función de la capacidad de ese Estado de darles cohesión. Pero en sí mismas no tienen la cohesión necesaria. Entonces, en esas condiciones, yo creo que más bien hay que seguir por este camino, explorando hasta sus últimos recovecos todas las posibilidades de acción que brindan los instrumentos político-institucionales y, si es necesario, forzando interpretaciones en función de las correlaciones de fuerza.