Razones de necesidad y de oportunidad. La pregunta por las posibilidades de una nueva articulación oficialismo-oposición. Por Federico Montero

Por Federico Montero*

La pregunta por las posibilidades de una articulación diferente entre oficialismo y las oposiciones encuentra razones de necesidad y de oportunidad. Necesidad, a partir de los desafíos políticos y económicos derivados de los efectos de la crisis y el reacomodamiento de los factores de poder del capitalismo central, y oportunidad en las reiteradas convocatorias a la unidad nacional por parte de la presidenta Cristina Fernandez de Kirchner antes y después del triunfo de octubre. Se podría agregar también de “necesidad y urgencia”, visto el bajo acompañamiento social y electoral a la crítica frontal desplegada por los principales líderes de la oposición.

¿Cómo posicionarse frente a un gobierno que ha delineado un rumbo de desarrollo nacional con inclusión social y ampliación de derechos ratificado además por amplias mayorías? Una posibilidad la esbozó el intelectual Martín Caparrós, desde Madrid, al cuestionar la “razón democrática” como criterio de legitimación del rumbo político. Planteo provocador, acaso, pero falaz e improductivo para los estrategas opositores que deben reconstruir legitimidad social en el marco del juego democrático. Otra alternativa es entrar en la discusión del rumbo que propone el gobierno a partir de un análsis objetivo sobre las condiciones, valores y fines de la acción política en nuestro país. El oficialismo no sólo se sustenta en las mayorías, sino también en una serie de acciones de gobierno no exentas de contradicciones –“el modelo”–, capaces de articular densidades sociales con objetivos de justicia, igualdad y soberanía que incluso lo trascienden. Así lo atestigua el memorable discurso de Cristina Fernández en el G-20, que se inscribe en la búsqueda de alternativas a la hegemonía del capital financiero aún vigente: el campo de las diversas alternativas  posneoliberales –al decir de Emir Sader– que se despliegan en América Latina.

Esto no implica, por supuesto, abrazar “el relato”, ni rendirse ante una supuesta “hegemonía” kirchnerista, sino construir un espacio de discusión común que parta del reconocimiento de que ciertos avances cruciales no son sólo mérito del actual gobierno, sino conquistas democráticas del conjunto de la sociedad argentina, que además habilitan a sentar la discusión –y la disputa política– en un piso más alto. La mayor autonomía de la política frente al poder económico y mediático, y su contrapartida, mayor compromiso con la justicia, la igualdad y la construcción de poder popular, inauguran un nuevo campo que algunos sectores de la oposición parecen empezar a explorar. Tal es el caso de la UCR y su abandono de la alianza con derecha peronista a través de De Narváez, del ARI y su búsqueda de volver a los planteos progresistas fundacionales, tras el fracaso de la aventura con la centroderecha liberal y del mutismo de Eduardo Duhalde. Comentario aparte para Hermes Binner, que en su intento de esbozar una oposición progresista, debe lidiar con las dificultades propias del intrincado complejo de acuerdos inestables y faccionalismos en el FAP y al interior del propio Partido Socialista.

En cualquier caso, el análisis de estos primeros movimientos de las oposiciones permite imaginar, como señalara el politólogo Edgardo Mocca, la posibilidad de su revisión de la estrategia en, por lo menos, cuatro puntos centrales: la oposición frontal y sin alternativas propositivas en todos los planos, la subestimación de los cambios en el mundo y del país frente al mundo en los últimos años, las dificultades para sintonizar con el clima político de nuestra sociedad exceptuando las expresiones episódicas de indignación o las operaciones mediáticas y, por sobre todas las cosas, la sujeción al formato y discurso mediático.

En un mundo donde los gobiernos deben reconstruir su inestable mayoría día a día frente a los intereses económicos concentrados y las demandas particulares de distintos sectores, es la oportunidad para la búsqueda de coincidencias de lo que Néstor Kirchner llamaba “verdades relativas”. Y también, dicho sea de paso, de la reinvención de los propios lenguajes y metáforas para imaginar esas convergencias, abandonando las abstractas e intencionadas ensoñaciones de los “Pactos de la Moncloa” o la “Transición Chilena”. Se trata de pasar, para la oposición, de un diagnóstico político en blanco o negro a un diagnóstico con claroscuros y matices, en el que el reconocimiento de los avances y la convergencia en ciertos fines estratégicos como pueblo frente a la escena global sean también el escenario para el despliegue y la representación de intereses, conflictos y discusiones pendientes.

*Politólogo UBA.