El lugar de la crítica en el proyecto nacional

Por Ariel Goldstein*

¿Cuál es el papel que cumple la crítica reflexiva en un proceso de transformación?

La crítica permite resituar la acción de los sujetos en relación con el mundo en el que habitan y les provee de herramientas para evaluar sus limitaciones así como sus capacidades. El ejercicio de la crítica y la pregunta por su lugar, surgen con el ascenso de la racionalidad en el siglo XVIII, ligada al movimiento iluminista. Una mínima reconstrucción en este sentido nos remite al texto ¿Qué es la ilustración?, donde Kant identifica la adquisición de la propia madurez con la capacidad de pensar por sí mismo. Es esa capacidad que permite el libre ejercicio del pensamiento la condición indispensable en los sujetos para desarrollar su propia autotransformación.

Durante el siglo XX, la crítica que ejercieron los intelectuales a los procesos políticos revolucionarios, incluso quienes que se identificaban con ellos, fue problemática y no estuvo exenta de tensiones. Por citar sólo un ejemplo, la historia de los intelectuales y los Partidos Comunistas, a nivel local e internacional, ha sido una historia de fuertes tensiones que en numerosas ocasiones derivó en expulsiones y rupturas.

Durante el período estalinista de la Revolución Rusa, fue conocido el exterminio de aquellos intelectuales que manifestaban sus diferencias y críticas respecto del marxismo estandarizado que promovía el Partido Comunista de la URSS y la falta de libertades del régimen. Estas disyuntivas, bajo condiciones distintas, también fueron experimentadas por quienes durante el proceso de la Revolución Cubana manifestaron sus disidencias al castrismo. En su momento, Fidel Castro definió las características que asumiría aquella tensión con la frase “Dentro de la revolución, todo. Fuera de la revolución, nada”. En este caso, la falta de precisión respecto de la fina línea que separaba el “adentro” y el “afuera” circunscribió las tensiones propias de este dilema durante aquel proceso revolucionario.

Actualmente esta tensión de históricas resonancias se encuentra en debate en la sociedad argentina a la luz del kirchnerismo. Las repercusiones provocadas por las críticas de Carta Abierta respecto del modo en que se desarrolló la campaña del FPV en las elecciones a Jefe de Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, así como el debate sobre la pertinencia de un “periodismo militante” actualizan una cuestión que se ha manifestado en otras épocas históricas con diversos ropajes. ¿Cuál debe ser la posición de los intelectuales y militantes que manifiestan su apoyo al kirchnerismo respecto de aquellos temas que resultan problemáticos para el proyecto? El problema del acceso a la tierra, la minería contaminante, la estructura de poder del sistema financiero, la persistencia de lógicas de corrupción en áreas del estado que deben combatirse o el sostenimiento de poderes provinciales que apelan a lógicas represivas en un país que ha enseñado otros caminos para resolver los conflictos.

Si la crítica situada resulta un factor dinamizador en un proceso político, ese papel debe ser cumplido por los intelectuales, que justamente se caracterizan por ejercer su independencia de pensamiento frente a las corporaciones y los poderes establecidos. Alvin Gouldner, sociólogo radical estadounidense, enunciaba que el compromiso intelectual implica asumir una posición “enemiga de todos los poderes establecidos” Ha resultado un ejercicio de lucidez en determinadas circunstancias dejar en la esfera privada ciertas críticas, pues fundamental es comprender que las coyunturas políticas marcan prioridades de carácter defensivo u ofensivo en un proyecto, donde se sitúan las intervenciones políticas y discursivas y los efectos que éstas producen.

Sin embargo, el período que transita actualmente el gobierno nacional se caracteriza por su consolidación, con un apoyo del 54% de la población, frente al período defensivo previo, marcado por la existencia de un “clima destituyente”, propio de 2008-2009. Luego de la muerte de Kirchner, se ha consolidado una “hegemonía kirchnerista”, que ha sido caracterizada en esos términos no solo por quienes defienden este proceso, sino por intelectuales que hacen de un análisis serio de los acontecimientos reales condición del ejercicio de su pensamiento. Por lo tanto, desde este contexto inicial hacia el futuro, el papel de la crítica es fundamental para dinamizar el proceso de cara al ciclo 2011-2015 que se viene.

Son las diversas enunciaciones positivas con que ha sido denominado este proyecto, “progresista”, “emancipatorio”, “nacional y popular”, las que se encuentran en discusión en nuestra sociedad. Si esta discusión será saldada por una mayor correspondencia entre estos nombres y la práctica política concreta del proyecto kirchnerista, es algo que depende no solo del sostenimiento de una acción política disruptiva y reparadora, como la que ha caracterizado al gobierno en estos años, sino de la incorporación de nuevos temas no inscriptos previamente, señalados por la imaginación de la crítica. Estos temas son condición no solo para producir una ampliación del horizonte político kirchnerista, sino para generar nuevas interpelaciones hacia sujetos sociales conocidos y aquellos que no conocemos.

El peronismo histórico, una identidad política donde la “lealtad” es un valor constitutivo, ha mostrado una particular reticencia al ejercicio de la crítica al interior del movimiento, donde en reiteradas ocasiones este ejercicio es interpretado como representativo de la otra polaridad a partir de la cual se define la lealtad: la traición, o incluso, el “entrismo” en el movimiento. En este sentido, el ejercicio de la crítica confirmaría el escaso alineamiento de quien la enuncia, que tendería a la fragmentación que amenaza el movimiento. En la sociedad argentina de 1945, que da lugar a la formación de la identidad política peronista clásica, aquellos clivajes irreductibles, que se sustentaban en planteamientos polares y dicotómicos, encontraban eco en la realidad social efectiva. Nos hallábamos entonces ante una sociedad en un fuerte proceso de industrialización, con una clase trabajadora relativamente homogénea y organizada, así como con un ejercicio de resistencia de clase descarnado por parte de los sectores dominantes. Actualmente, con el desarrollo de la revolución científico-tecnológica, la expansión de la globalización, la mutación de las formas de organización, la mediatización de las comunicaciones, nos encontramos ante una sociedad más dinámica, compleja y pluralizada, situación que exige una renovación de las identidades políticas.

Cuando la política es concebida en forma conservadora, la crítica como ejercicio interno se convierte en herejía y traición, porque amenaza con disolver las propias certezas concebidas como verdades incuestionables. Es entonces cuando las posibilidades del cambio constante a las que aspira el kirchnerismo corren el riesgo de quedarse estancadas. Este proceso ha concitado un gran apoyo popular, entre otras cosas, por haber organizado a sectores de la sociedad para enfrentar importantes temas nacionales que hace poco tiempo parecían resguardados por los núcleos corporativos. Sintonizar con esa concepción requiere un ejercicio crítico permanente para identificar los nuevos temas pendientes, las injusticias que no han sido saldadas y continuar avanzando de forma equivalente en la senda que se ha iniciado en 2003. Esto implica, como ha señalado Laclau, producir nuevas fuerzas organizativas en condiciones de actualizar el poder popular del movimiento de cara a los nuevos desafíos pendientes.

Como se ha referido Pierre Ansart, cuando los regímenes políticos cuentan con un apoyo popular tan significativo -como el que obtiene la presidenta hoy producto de virtudes diversas del kirchnerismo que no es éste el lugar de enumerar- existe el peligro de considerar la crítica como un aspecto superfluo e innecesario frente a los abrumadores logros conseguidos, traducidos en apoyo popular. La verdad histórica se transfiere únicamente a la conciencia de las masas y la crítica que proviene de otros sectores se interpreta como propia de quienes intentan encontrar deficiencias imaginarias.

Como señaló María Pía López cuando se refirió a que “este proceso necesita más intérpretes y menos soldados”, queda pendiente la posibilidad de lograr una adscripción militante que exprese una subjetividad más plural y no únicamente la propia de quien ocupa una trinchera. La actualización de estos temas que produce el kirchnerismo y su continuidad en nuestra sociedad, deberían permitir una perspectiva más abierta de cara a los años que vienen, de modo que la expresión crítica se constituya en una condición indispensable para preservar la originalidad del proceso.

* Sociólogo.