Mariano de Miguel: “El desarrollo económico expresa un proceso político e ideológico que no es neutral, por eso se debe avanzar hacia una construcción política e ideológica novedosa”. Entrevista al Presidente de SIDBaires-ONU. Parte II.

Reportaje de Telémaco Subijana y Federico Ghelfi

Iniciativa presenta la Parte II de la entrevista exclusiva al economista Mariano de Miguel (ver aquí la Parte I). Es Presidente del Capítulo Buenos Aires de la Sociedad Internacional para el Desarrollo (SID-Baires) -red global creada bajo la órbita de Naciones Unidas- y Director del Instituto de Economía Aplicada de la UCES. En esta oportunidad caracteriza el esquema macroeconómico de Argentina iniciado en 2003 y explica cómo repercutirá la crisis económica internacional. También analiza cómo integrar las economías regionales y transformar la estructura productiva, de cara a la profundización del modelo. Leer más.

¿Cómo caracteriza el esquema macroeconómico iniciado en 2003? ¿Cuáles son los desafíos para pasar del crecimiento al desarrollo?

El año 2003 marca sin dudas, con el comienzo de la Presidencia de Néstor Kirchner, un punto de inflexión político e ideológico, como también económico. En lo que se refiere a lo especialmente económico, y si de periodización se trata, encuentro muy atractiva la metodología que diferencia etapas sucesivas de acuerdo al régimen económico que prevalezca. Por ejemplo, como lo hacen Demián Panigo y Pablo Chena, en un interesantísimo artículo que forma parte de un flamante libro de ensayos en honor a Marcelo Diamand: “Del neo-mercantilismo al tipo de cambio múltiple para el desarrollo. Los dos modelos de la post-Convertibilidad”. En dicho trabajo, los autores defienden la hipótesis según la cual, desde el año 1992 existieron esencialmente tres regímenes de política económica que pueden distinguirse por sus esquemas cambiarios; éstos son el régimen de tipo de cambio real financiero, que prevaleció hasta 2001, el régimen de tipo de cambio neo-mercantilista, dominante hasta finales del 2004, y finalmente, el régimen de tipo de cambio múltiple para el desarrollo, que sucede al anterior, consolidándose gradualmente.

El primero de los regímenes (como lo fue el de la Convertibilidad) supone una moneda muy apreciada que encarece artificialmente la economía e implica una inmensa carga para la competitividad externa, que trae aparejada presiones deflacionarias, de ajuste y contracción del empleo y la producción en los sectores transables; más aún si se combina como ocurrió con una apertura indiscriminada de la cuenta comercial y de capitales. Quienes defendieron dicho esquema, y aún lo hacen, porque eliminó la inflación, no perciben que el costo asociado a ello fue la desintegración productiva y la exclusión social, precio demasiado alto para contener los precios; tan alto como curar la enfermedad matando al enfermo. El segundo de los regímenes, que para los autores citados transcurre desde 2002 hasta fines de 2004, recibe su nombre de “neo-mercantilista”, en función de que si bien torna más competitiva la producción nacional, eliminando la insoportable carga que significaba la Convertibilidad, supone también un deterioro marcado de la capacidad de compra del salario. El éxito de éste régimen descansa en el consumo de ingresos medio-altos y en una significativa transferencia de riqueza, como lo fue la pesificación y el default; y, por lo demás, beneficia excesivamente a los sectores concentrados y portadores de una naturalmente elevada productividad, como es el sector primario exportador de nuestro país. Por su parte, el tercero de los regímenes, administra y gestiona la política económica, de forma tal de compatibilizar las ventajas naturales internacionales del sector primario con el insoslayable y necesario impulso y estímulo a la producción con creciente valor agregado, en función de desenvolver un proceso de crecimiento y desarrollo, con integración social, donde el salario pueda ganar protagonismo y la masa salarial representar paulatinamente porcentajes mayores del valor agregado. Es importante recordar que la producción con alto valor agregado no posee por definición ventajas naturales y que a menudo en nuestro país quienes oponen la elevada productividad del sector primario con la relativamente más baja que rige en términos promedio en la industria, olvidan que el desarrollo y la agregación de valor son el resultado de vencer a la naturaleza y no de rendirse ante ella.

El 2005 fue un año clave. En ese momento, había posibilidades de adoptar otro camino al finalmente tomado -y yo creo que acertadamente- por nuestro país en términos generales. La primera de ellas era ir hacia un esquema de crecimiento más parecido y similar al del Brasil en el presente; vale decir, combinar, desde el punto de vista macroeconómico, una política de tipo de cambio apreciado, atractor de capitales especulativos, que en un contexto internacional favorable permite crecer (aunque en menor grado) generando serios riesgos de primarización de la economía, de concentración y de generación de rentas que atenten contra la producción de alto valor agregado, generadora de empleo en cantidad y calidad.

La otra opción era hacer lo que hizo Argentina: no quedarse con esa alternativa y aprovechar las circunstancias externas favorables para implementar un modelo de crecimiento esencialmente centrado en la recomposición de la demanda agregada y la distribución progresiva del ingreso. Asimismo, ampliando el acceso de una parte importante de los sectores de bajos ingresos que estaban excluidos, ya sea por pobreza o por indigencia. Medidas como la Asignación Universal por Hijo son la expresión última de esta línea, pero, mucho antes, debemos mencionar el crecimiento del salario mínimo, vital y móvil y el retorno a las paritarias y a los convenios colectivos de trabajo, herramientas indispensables para la recomposición del salario y de la masa salarial, eje de una distribución funcional del ingreso más igualitaria.

Entonces, considero que lo que hizo la Argentina fue pasar, desde 2002, de una macroeconomía favorable al ajuste y al atraso hacia una macroeconomía que tornaba realizable el crecimiento. Y luego, en 2004-2005, podemos decir que se pasó de una macroeconomía favorable al crecimiento a una macroeconomía favorable al desarrollo económico.

Ahora bien, a la macroeconomía no se le puede pedir todo. Es decir, puede ser favorable al desarrollo pero no lo garantiza per se. Una macroeconomía favorable al desarrollo maneja los incentivos de manera tal que la demanda no se reduzca sino que crezca, que la distribución del ingreso sea progresiva y no regresiva, que el gasto público tenga un rol director y orientador, etc. Esto quedó en evidencia durante la crisis internacional de 2009, cuando el Estado Nacional trabajó activamente para sostener todo lo posible el crecimiento económico. Desde ese punto de vista, la macroeconomía puede generar las condiciones favorables para potenciar y exigir el desarrollo. Considero que eso es fundamental.

Algunos observadores dicen: “con esta macroeconomía tenemos problemas de cuello de botella”. Pero el problema del cuello de botella aparece cuando se llega a cierto punto y  no antes. Pasar del crecimiento al desarrollo es complementar o conjugar la macroeconomía favorable al crecimiento y el desarrollo, con políticas específicas.

¿De qué se tratan estas políticas?

Se tratan de políticas muy específicas en tres planos. Uno de ellos es la matriz productiva argentina, que todavía tiene rasgos de atraso; tenemos que integrarla mucho más. Hay que apostar a un conjunto de sectores que tengan altos multiplicadores de empleo, elevados porcentajes de agregación de valor y fuertes encadenamientos hacia adelante y hacia atrás, para integrar la matriz productiva y desarrollar las cadenas de valor desde su nacimiento hasta su desembocadura.

Un segundo plano tiene que ver con que, además de la macroeconomía y de la estructura productiva, hay que federalizar el crecimiento y, de este modo, “colonizar” el territorio argentino. En este sentido, para que esto ocurra tienen que existir incentivos y políticas institucionales que lo hagan viable. Como por ejemplo, políticas que federalicen el crédito en la Argentina, descentralizándolo. Ya sea a través de una reforma de la Carta Orgánica del Banco Central, o sea con un Banco del Desarrollo a la manera de Brasil, sea con la reforma de la ley de entidades financieras de Martínez de Hoz o vía una reforma tributaria. Toda una serie de elementos cuya discusión hoy es posible gracias a que existe una macroeconomía favorable al crecimiento y al desarrollo pero sin los cuales ésta va a agotar sus posibilidades e inclusive tener problemas para sostenerse.

Un tercer y último plano se relaciona con una serie de políticas del sector externo. Tengamos presente que en el mundo previo a 1970 había un margen mucho mayor para hacer política comercial y de defensa de la producción nacional. Hoy día eso es muy complejo. En consecuencia, hay que buscar métodos alternativos y no tener una actitud derrotista. Agregar cada vez mayor valor a nuestras exportaciones, diversificándolas y disputando mercados, constituye un objetivo deseable y funcional a la superación de la restricción externa que tantas veces hemos sufrido en nuestra historia, pero por sí sólo, ese objetivo se transforma en insuficiente y, por lo menos, ingenuo. En un mundo cada vez más violento comercialmente, dentro de una organización económica capitalista de mercado, y bajo condiciones políticas democráticas, la apuesta a la exportación es una apuesta que finalmente no tiene viabilidad.

Por ello, apostaría aún más a ganar independencia y autodeterminación económica vía sustitución de importaciones. Ahora bien, si se aplican esas políticas, para llevarlas a cabo es necesario tener poder político y, para eso, es indispensable ganar elecciones y también que la sociedad civil soporte ideológicamente ese programa; es decir, que la superestructura ideológica internalice la necesidad de que la superestructura política y sus instrumentos e instituciones produzcan esa transformación. Y esto no depende de una, dos o tres gestiones gubernamentales sino que depende de llevarlo a cabo durante 30, 40, o más años.

Esto tiene diferentes consecuencias…

Claro, también resulta decisivo comprender que si se lleva a cabo una política de desarrollo generalizada, van a existir ganadores y perdedores. En la Argentina hay un horror al disenso: hay gente que le teme al conflicto. En mi caso, le temo a las soluciones autoritarias de los conflictos, entre las que se encuentra demonizarlo discursivamente como generador de crispación. Para funcionar en forma relativamente adecuada, la democracia requiere hacer posible el disenso, brindándole canales de expresión y resolución pacífica.  Esto hay que tenerlo bien presente porque el desarrollo económico es un proceso político e ideológico que es no neutral. Si uno mira la experiencia de desarrollo por ejemplo de los Estados Unidos, constata rápidamente que ese proceso supuso tensiones muy grandes.

Habría que apostar a que esas tensiones se encuadren dentro de un marco estable, democrático y de no violencia. Pero no hay que resignarse a ese proceso y, por ende, hay que saber que esas tensiones van a estar presentes y no hay que dejarse ganar por aquellos que frente a la existencia de la tensión ven un síntoma de autoritarismo. En realidad, el autoritarismo está en la imposibilidad de generar la tensión, porque donde no hay tensión no hay cambio. Este elemento político me parece decisivo. No sólo falta profundizar las transformaciones económicas, sino que hay que consolidar mucho más la dinámica de conflicto político para que haga posible esa transformación, que es lo que muchas veces faltó en nuestra historia. De otro modo, todo termina dependiendo de una persona o de un conjunto de personas que tengan visión sobre el futuro, y, por más que esas personas existan, si es sólo un grupo y la sociedad no hace propio ese cambio como tal, finalmente los intereses de la conservación terminan primando porque tienen muchos elementos para tornar volátil esa posibilidad. Entonces, la mejor forma de ayudar a la profundización del modelo no es sólo con medidas económicas sino también con una construcción política e ideológica novedosa.

¿Cómo integrar las economías regionales?

Si uno piensa en integrar las economías regionales, hay muchos factores a considerar. Por un lado, la dotación de recursos que hay, no sólo naturales sino de equipo productivo y de recursos humanos. Eso es un dato inicial. Luego hay que considerar en qué medida eso posibilita la generación de emprendimientos económicos que sean rentables y sustentables en el tiempo. Donde estas condiciones de rentabilidad no estén presentes aún, pueden crearse, literalmente, a partir de una política de incentivos gubernamental.  Pero esto requiere saber que hay un principio rector anterior que obliga a socializar el costo del desarrollo de todo el espacio económico nacional: si la economía no se integra y no se federaliza, el desarrollo interno no es posible.

Esto lo demuestra el caso norteamericano. Allí podemos ver qué medidas se pueden tomar para la colonización del territorio nacional, para incentivar la inversión y crear mercados potenciales. Resuelta la infraestructura económica básica, en términos de energía, caminos, comunicaciones, etc., el desenvolvimiento posterior de cadenas de valor regionales no se torna en absoluto imposible.

¿Y en relación a transformar la estructura productiva?

En relación a la actual matriz productiva, se requieren acciones para incentivar y mejorar lo que ya está bien y después realizar las transformaciones de lo que falta. Pero dicho esto, ¿qué transformaciones son importantes? Considero que es necesario disminuir sensiblemente el coeficiente de importación sobre el valor agregado de muchos sectores de la economía argentina, como por ejemplo el automotriz. Hay que disminuirlo porque de lo contrario se agudiza cada vez más un problema que todavía no resolvemos: cuando crece la actividad económica local importamos mucho y caro. Reducir ese coeficiente es decisivo para que crecer no sea sinónimo de deteriorar la balanza comercial -o deteriorar el superávit de la balanza comercial, como ocurre en la actualidad.

Otra medida consiste en tratar de seleccionar y promover sectores cuya contribución al empleo, a la agregación de valor y a la difusión de conocimientos por toda la malla productiva sea elevada. Entonces, se empiezan a crear un conjunto de actividades que se arrastran e impulsan otras. Por otra parte, es importante señalar que, dentro del entramado empresario, las grandes empresas son muy importantes pero también lo son las pequeñas y las medianas. En ese sentido, los problemas de unas y otras son muy distintos. En el caso de las pequeñas empresas, primero hay que mejorar, aunque ha crecido, su tasa de creación y nacimiento. Hay que proveerlas de créditos para que se puedan apalancar, porque eso mejora la rentabilidad, el equipamiento, la productividad y mejora la creación de empleo; está comprobado mundialmente. En esa provisión de financiamiento no solamente basta con ofertar al crédito en términos favorables, sino que también es necesario, de alguna manera, tener canales institucionales que les permitan a las PyMEs acceder a dicha oferta. Si existe la línea de crédito pero la PyME no puede acceder, el efecto será mucho menor al esperado. En cuestiones como ésta está relacionada la reforma de la ley de entidades financieras, la reforma de la Carta Orgánica del BCRA, un conjunto de iniciativas contra la inflación atendiendo a la producción, al empleo, la existencia de un esquema de premios y castigos (premiar la inversión productiva y castigar la especulativa).

La Argentina todavía, a pesar del deterioro ocurrido desde el ´76 hasta el 2002, tiene una dotación de recursos naturales, humanos y de bienes de equipo muy favorables para hacer esta transformación productiva. Insisto con la necesidad de que esta transformación productiva tiene que ser consensuada. Hay un punto que me parece decisivo: esta transformación es necesaria si queremos un país integrado económicamente y al mismo tiempo donde la solución económica no sea para 20 millones sino para 40 millones y más allá. Si queremos una solución económica para 15 o 20 millones podemos especializarnos en actividades primarias, tratar de tener un Estado fuerte que redistribuya e integre a través del consumo a quienes están excluidos por la producción. Esta solución que me parece horrible, está a mano porque el escenario internacional brinda esa oportunidad para los próximos 15 o 20 años. Para los que no aceptamos esta solución, hay otro camino.

Si buscamos un proyecto para los 40 millones de argentinos, necesitamos sectores que agreguen valor, que se mecanicen, que cambien brazos por cerebros y músculos por máquinas. Y para eso, no cualquier distribución del ingreso es viable. La importancia del salario como precio político anterior a cualquier otra cosa y de definición y negociación de una distribución del ingreso progresiva no es solamente una cuestión ética, sino también económica. Lo que demuestra la historia es que no hay país capitalista de mercado desarrollado que haya alcanzado dicha condición sobre la base de una distribución del ingreso contraria a los intereses de los trabajadores. En efecto, la dinámica económica vislumbrada en buena parte de las naciones capitalistas avanzadas, desde la década del 70, caracterizada por una importante regresión en la distribución del ingreso, así como los terribles frutos que esto ha dado, es una muestra de que el camino del ajuste es el peor para una economía cuyo instrumento esencial de acumulación es la venta.

Entonces, para poder transformar la estructura productiva, se necesita una pauta distributiva favorable al salario, es decir a la integración económica. Si eso no ocurre tampoco se crean incentivos para innovar y mejorar. Este es un aspecto político-económico decisivo, que se encuentra en los casos de EEUU, Inglaterra, Japón, entre otros. Lo decíamos antes  respecto de China. Si este país va ir hacia el capitalismo de mercado, antes tendrá que resolver políticamente qué distribución necesita para hacer eso viable. Aunque parezca paradójico, un capitalismo de mercado desarrollado no puede superar determinado nivel si no tiene una distribución del ingreso progresiva.

¿Qué nos puede decir en relación a ciertos límites a los que se hace referencia como pueden ser: la falta de crédito, la inflación o la restricción externa?

No creo que no haya política de crédito sino que, en todo caso, no basta con esas políticas. Se necesitan reformas institucionales como las que mencionaba antes en relación a la reforma de la Carta Orgánica del Banco Central. En este sentido vale realizar una digresión. Si analizamos la Reserva Federal de EEUU, la misma tiene una Junta de Gobernadores de 7 miembros cuyo Presidente es Bernanke (equivalente a la Presidencia del BCRA en Argentina). A su vez, la Reserva está integrada por un conjunto de bancos asociados e integrada por 12 bancos distritales (Chicago, Nueva York, San Francisco, etc.) con capacidad de emitir moneda. En EEUU existe constitucionalmente lo que se denomina el “grado 3″ de descentralización de la banca (Argentina tiene el “grado 1″, el más centralizado). En esos bancos distritales hay 9 directores. De éstos, 3 son designados por la Junta de Gobernadores y 6 son banqueros, pero de los cuales 3 responden a la producción, al trabajo, al comercio y a los servicios. En su espíritu, el sistema crediticio de EEUU -aunque Wall Street no sea eso hoy en día-, estaba orientado a las necesidades del capitalismo productivo, que señalaba anteriormente en referencia a Marx. En la Argentina, cuando se menciona la Carta Orgánica del Banco Central, se discute si tiene que ocuparse solamente de la inflación. La inflación es un fenómeno complejo y en la Argentina tiene poco que ver con la demanda agregada. Por todo esto, es necesario que el Banco Central reforme su Carta para ocuparse también de otras medidas que favorezcan el pleno empleo, que favorezcan una tasa de interés moderada; cuestiones decisivas a los efectos de aliviar la inflación. Cuando sostenemos que la ley de Entidades Financieras de Martínez de Hoz debe ser reformada o cuando se dice que hay que tener un Banco de Desarrollo al estilo del de Brasil para poder prestar a tasar razonables y plazos largos y orientar el crédito a la inversión productiva, lo hacemos también en función de eliminar restricciones estructurales e institucionales que precisamente favorecen la inflación. Si se fomenta la producción se generan capacidades que permiten independizarse de eventuales crisis. Cuando no se lo hace, el impacto de una crisis es enorme por más que se hayan ahorrado 50 mil o 100 mil millones de dólares.

Entonces, tenemos políticas de crédito pero hay que complementarlas con todo lo anterior. Si analizamos quién está a cargo del Banco Central, veremos no hay una persona más idónea para presidirlo, como Mercedes Marcó del Pont. De hecho, su proyecto más importante mientras era diputada nacional tuvo que ver con la reforma de la Carta Orgánica del Banco Central. Todavía esto no se ha logrado, lo que demuestra que no es tan fácil saltar ciertos niveles.

La reforma tributaria es otro escollo aún no saldado, pero imprescindible para repartir premios y castigos que estimulen la inversión productiva.

En relación a lo que tiene que ver con la posibilidad o no de sufrir nuevamente como en el pasado una restricción externa, vemos que actualmente la Argentina es superavitaria en términos comerciales y corrientes. De todas formas, este superávit se va a ir reduciendo en la medida que crezcan más las importaciones que las exportaciones. Si nuestras exportaciones tuvieran los precios de 2004, nuestra balanza comercial sería deficitaria. La situación externa es una limitante del crecimiento pero no la causa. En una situación hipotética, si los precios fueran los de 2004 y nos convirtiéramos en deficitarios comerciales, esto no querría decir que no tendríamos fuentes de crecimiento. Solo querría decir que tendríamos limitantes a continuar con el crecimiento apalancado en el crecimiento de la demanda interna, que es la base del desarrollo. Frente a eso, debemos resolver los problemas estructurales que nos permitirían ser inmunes a los efectos tradicionalmente negativos de la restricción externa. Por eso la necesidad de políticas de sustitución de importaciones. Según los últimos datos de los que dispongo, a precios promedio en dólares por tonelada, se exporta en el orden de los U$S 600/700 y se importa por U$S 1600/1700. Entonces, creció muchísimo la exportación de manufacturas de origen agro-industrial e industrial -siendo Argentina el único país en la región que durante este período no se primarizó, como sí lo hicieron Brasil y Chile- pero hay una fuerte presión a la primarización de las economías y aún tenemos un déficit en la agregación de valor relativa de nuestras exportaciones frente a nuestras importaciones que debemos atender y resolver.

Es por este motivo que se requieren políticas específicas para eliminar esa brecha de valor entre lo que exportamos e importamos. Eso es lo único que va a permitir que cuando cambie el actual ciclo internacional favorable a nuestras exportaciones primarias, podamos preservar grados de libertad suficientes para ejercer una política económica autónoma, al haber cambiado el patrón de especialización que hoy nos caracteriza.

¿Qué hace falta para profundizar el modelo?

En términos externos, hace falta, como dije, terminar la sustitución de importaciones y agregar cada vez más valor en aquello que exportemos, de acuerdo a las posibilidades. En términos distributivos, se debe decidir y negociar una pauta favorable al crecimiento y al desarrollo de la demanda agregada que incentive la inversión y que haga posible la expansión de las capacidades productivas. Desde el punto de vista crediticio, acercar el crédito a aquellos sectores que más lo necesitan para ayudarlos a que puedan tomarlo efectivamente. En este sentido, el de las PyMES es un sector sensible. Si se aliviara el peso sobre el margen unitario, vía crédito, se contribuiría a eliminar, en parte, las potencialidades negativas de un discurso favorable al ajuste económico, del cual a veces se nutre una porción del sector de las pequeñas y medianas empresas porque están perdiendo competitividad y rentabilidad. Finalmente, hay veces que las PYMES, aquellas para las cuales el salario es el mercado (como decía R. Frigerio), terminan oponiéndose a los reclamos salariales porque para ellos el salario también es un costo importante y gravitante en su estructura de costos. Entonces, las políticas crediticias tienen que ir orientadas a compatibilizar los intereses que, a los efectos del desarrollo, están muy unidos.

La oposición socio-productiva que atenta contra el desarrollo del capitalismo de mercado no es la de Capital vs. Trabajo, sino la de Capital Productivo y Trabajo vs. Capital Especulativo sin anclaje económico real. Para la PyMES el enemigo real actual, es, mucho más que el salario alto, el discurso económico que pretende la especialización en una economía primaria y la importación por parte de aquellos que quedan incluidos en este esquema de todo aquello que no se produce naturalmente con mayor eficiencia relativa internacional.

Por otra parte, es muy importante trabajar en las cadenas de valor. Esto está relacionado con la transformación de la estructura productiva mencionada anteriormente. Implica analizar la composición de la cadena y diferenciar los actores. Sus intereses, por supuesto, no son los mismos. Muchas veces se habla de enemigos y, en ese sentido, considero que lo que hay que plantearse es “amigo o enemigo” de los intereses nacionales, es decir, de los intereses que estén próximos a la integración de todos y cada uno de los habitantes. Mucho se habla de economía, de política y de ideología, pero si no logramos eliminar definitivamente pasivos sociales como el desempleo, la pobreza y la indigencia, cualquier otra solución económica se tornaría despreciable. Sobre todo en un país que tiene todas las condiciones para saldar esas deudas.

Finalmente, estos son los problemas económicos de la necesidad que deben ser resueltos para ocuparse, luego, como decía Keynes, de los más importantes problemas del espíritu. Pero no es concebible ocuparse de los problemas del espíritu si hay una parte no menor de la población que todavía no tiene garantizado como resolver su subsistencia material. Pero cuidado, no podemos integrarnos simplemente desde el punto de vista del consumo, fundamentalmente debemos integrarnos desde el punto de vista de la producción de bienes y servicios materiales y sociales. Ese es el único camino posible para construir un proyecto colectivo. Si eso no se garantiza, todo lo demás es relativo. Lo que demuestra virtuosamente el actual período de crecimiento de la economía argentina es que no resulta necesario pagar con la exclusión de un porcentaje de la población para conseguir un erróneamente endiosado equilibrio económico. Se pueden alcanzar soluciones económicas que progresivamente nos incluyan a todos. Me parece una gran victoria de los últimos años, no solo en la Argentina, sino en gran parte de la región, aunque aún no definitiva. El gran desafío es consolidar la expresión política e ideológica de este nuevo cuadro de situación económica.

Al analizar el voto de las primarias del domingo pasado, se percibe que se acotó muchísimo el voto conscientemente liberal-conservador. Lo considero también otra victoria parcial importante. Es muy bueno que las opciones opositoras no sean liberal-conservadoras y que, en todo caso, planteen un liberalismo que contemple la intervención del Estado para atenuar los potenciales efectos desintegradores del accionar des-regulado del mercado; que no se piense en el mercado como desentendido del Estado. Eso para mi es un muy buen augurio pero no es una victoria definitiva. Es solamente un escenario positivo.

¿Cree también que la Argentina está en condiciones de afrontar la crisis?

Depende cómo se desarrolle la crisis y la virulencia que manifieste. Hay que ver si durante los próximos meses, en EEUU, no se alcanza el resultado deseado en materia de recuperación del crecimiento, si las medidas fiscales pierden potencia y si todos los esfuerzos de política monetaria de Bernanke (que llegaron algo tarde) finalmente no rinden sus frutos. También tendremos en cuenta si, en función de esto, se incrementa la tasa de interés de la Reserva Federal y se produce una fuga de capitales hacia EEUU y si, de ese modo, los precios internacionales de las commodities caen, quizás y eventualmente, con cierta brusquedad, como en 2009. Lo anterior es algo que afectaría a la Argentina porque repercutiría en sus exportaciones. Si eso ocurre, como todavía no está totalmente resuelta la independencia de importaciones, existen dos vías: o se reducen significativamente las importaciones, lo cual significaría contraer la actividad económica, o de lo contrario, hay que recurrir al financiamiento internacional, pero en un escenario de crisis ese financiamiento puede escasear. De agudizarse la crisis, creo que la Argentina va a sufrir consecuencias. Ahora bien, lo que hay que decir es que va a sufrir muchísimo menos de lo que sufriría si no hubiera realizado todas las políticas macroeconómicas favorables al crecimiento y desarrollo que implementó, y no me refiero solo a la acumulación de reservas. El mejor escudo para las crisis internacionales es que se haya impulsado un creciente desarrollo y el aumento de la producción de bienes, servicios e infraestructura económica básica.

Ahora bien, lo que no hay que dejar de lado es lo que un conjunto de análisis profundos marcan en relación a la tendencia mundial propia de la reconfiguración del poder económico a la que asistimos, que implica una situación favorable para el tipo y la canasta de bienes que exportan países como la Argentina. Eso se traduciría en que tendencialmente tendremos más tiempo y mejores condiciones para cumplir con los desafíos que mencioné. Mi preocupación radica en que cuando la situación externa se relaja, estamos en mejores condiciones para hacer el desarrollo económico con integración e inclusión social, pero eso solo no nos brinda la garantía de que así ocurra. Es más, la historia económica y política argentina marca que cuando esa restricción externa se relaja, se puede caer en la tentación de creer que nunca hay que ocuparse del desarrollo y la industrialización con inclusión social. Por eso apuesto a lo político-ideológico, porque sino se transforma orgánicamente el Bloque Histórico argentino, el riesgo que se corre es que la situación de bonanza externa no se cristalice en un proceso de desarrollo e integración.

En definitiva, si bien hay un punto a partir del cual no se puede evitar que la crisis nos alcance, la Argentina se puede defender. Una vez que se determinen los escenarios posibles a nivel internacional y se le asigne una probabilidad de ocurrencia, hay que manejarse en torno a eso y poco se puede hacer al respecto. Pero en materia local, los grados de libertad son mucho mayores, y a ellos debemos apostar cualquiera sea el escenario internacional.