“La mitad más uno”. Cuatro apuntes sobre las primarias

Por Federico Montero*

La mitad más uno. Ante a la contundencia de los resultados, cabe señalar la magnitud de la recuperación de la que fue capaz el gobierno nacional desde la crisis política que significó el conflicto con las patronales agromediáticas en 2008. Sin temor a exagerar, se trata de la más importante recuperación política que registre la historia electoral en nuestro país, que no encuentra precedentes ni siquiera en fenómenos de naturaleza diferente que acontecían en “otro” país,  como el primer peronismo o el radicalismo de Yrigoyen, que siempre fueron en ascenso electoral hasta que fueron derrocados.


El dato sorprende más si lo comparamos con nuestro tiempo: en la democracia que tenemos desde 1983 a la fecha, las derrotas en las elecciones legislativas de mitad de término implicaron siempre la confirmación de una tendencia descendente que preanunció la derrota del oficialismo: así fue en 1987 cuando el peronismo se impuso y luego sucedió a Alfonsín en el gobierno, en 1997 cuando la Alianza derrotó a Menem y luego ganó las presidenciales del ’99 y, finalmente, la derrota de la propia Alianza en las legislativas de 2001 que preanunciaron la debacle de diciembre.

De esta forma, los resultados confirman el avance y la consolidación del tercer ciclo del kirchnerismo, que le permitió revertir la crisis política de su gobierno y la derrota electoral en la provincia de Buenos Aires, tal como lo planteábamos en mayo (ver El discurso de CFK, la cuestión de los trabajadores y los 3 ciclos del kirchnerismo), cuando decíamos que:

“Es sabido que la recomposición del apoyo popular al gobierno encuentra sus raíces y razones en la vocación de Néstor y Cristina para revertir la derrota de la 125 y de las elecciones de 2009 a base de pura iniciativa política. Iniciativas que han partido del centro mismo del dispositivo político -como la AUH, recuperación de los fondos jubilatorios, Aerolíneas Argentinas y otras movidas legislativas-, pero que también han permitido la rearticulación de distintos espacios políticos que conviven en tensión dentro del oficialismo. Todo esto en una etapa de ascenso de movilización popular desde el acto del 11 de marzo de 2010 en Ferro, pasando por los festejos del bicentenario y por la respuesta popular ante la muerte de Néstor Kirchner a fin del año pasado, en la que la presidenta reconstruyó un vínculo directo con los vastos sectores que se movilizaron en esa oportunidad, fortaleciendo su liderazgo por encima de las estructuras que la sostienen y la acompañan.

Bajo el nuevo clivaje “la política contra las corporaciones”, fundada en el enfrentamiento con las patronales agropecuarias y el multimedios Clarín -un poco como Rafael Correa en Ecuador, y salvando por supuesto las distancias y la irreductibilidad de cada uno de los casos – Cristina decide avanzar en esta etapa final hacia las elecciones, inspirada quizás en la fórmula del primer kirchnerismo (2003-2006), en una apelación a la ciudadanía en su conjunto a través de un vínculo directo para reformatear los contornos, alineamientos y sentidos de su espacio y confrontar a sus enemigos.”

A favor de este diagnóstico jugó, además de la decisión de no alfojar, la incapacidad de la oposición para vertebrar una alternativa política que le permitiera saldar la crisis. Lejos de ello, las distintas combinaciones posibles se demostraron débiles y rápidamente permeadas por el discurso mediático, ante las dificultades para construir una matriz discursiva y un entramado de fuerzas que les permitiera mantenerse enfrentados al gobierno y a la vez distantes del formato mediático.

¿Y qué fue del “cordobesismo”? Lo local y lo nacional se separan pero no se excluyen. El segundo elemento que llama la atención es la disparidad entre los escenarios políticos locales y el escenario nacional. Visto en perspectiva, todo el ciclo de elecciones provinciales puso en juego formas de disputa electoral y de identidades políticas ligadas a lo distrital que no pudieron proyectarse al plano nacional. De la mano de la separación del calendario electoral provincial y distrital respecto de las elecciones nacionales, se han ido consolidando formas de representación política que, a grandes rasgos -y a grandes riesgos de simplificar- pueden caracterizarse por la idea de la autonomía y la valoración de la gestión. En un fenómeno que se ha denominado “control de fronteras”, pareciera que la representación política tendiera a reproducirse en este plano subnacional a partir de la realidad del hacer y pertenecer a la comunidad local.

Esta idea ya estaba presente en nuestro análsis del caso de la ciudad de Buenos Aires (ver “Salvamos los trapos”. Elecciones en Capital y proceso político nacional), pero perfectamente se aplicaría al caso de Córdoba y, en menor medida de Santa Fé. Detenerse en estos tres casos es un buen ejercicio para estas tensiones entre lo nacional y lo local:

i)        El éxito de las fracciones del gobierno provincial para autonomizar la escena política local respecto de la nacional, pero también los límites, mal que le pese a varios, para nacionalizar esos resultados en las primarias que ocurrieron pocas semanas después. En concreto: el 64% de Macri no pudo trasladarse a ninguno de los candidatos presidenciales que intentó acaparar sus votos montándose sobre su victoria (Duhalde, 22%, Alfonsín, 10%) y ni siquiera a la suma de ambos (32%). Tampoco pudo proyectarse a la lista de diputados nacionales del mismo PRO (16%), ni a los de Duhalde (10%), ni la suma de ambos (26%). El mismo ejercicio puede realizarse en Córdoba para concluir que no hay traslado mecánico de los oficialismos locales a la oposición nacional. La excepción estaría en Santa Fé, donde el Frente Progresista, pudo proyectar una parte importante de sus votos de Bonfatti (electo gobernador con el 38,8%) a la candidatura presidencial de Binner (32%). La diferencia se explica por los 6 puntos que obtuvo Alfonsin, candidato de la UCR a presidente que integraba la alianza a nivel local.

ii)      El éxito del FPV para consolidar una base de votos propios a partir de la distritalización de su identidad nacional e impedir que las fracciones del PJ local enfrentadas con el FPV capitalicen la elección. En ambos casos, el FPV de Filmus (27% primera vuelta, 35% segunda vuelta) y el F. StaFe para Todos de Rossi-Bielsa, estuvieron en el orden del 30%, cifra que se conservó y amplió levemente en la candidatura presidencial de CFK. Las diferencias en el caso de Santa Fé entre Rossi (22%) y Bielsa (34%), se explican más por la distorsión que introdujo el sistema de boleta única separada por categoría que le permitió al humorista Del Sel atrapar votos a partir de su carisma, que por el rechazo a Rossi o al gobierno nacional. El pobre 11,62% que obtuvo Duhalde, que obtuvo el apoyo militante de Del Sel, en Santa Fé confirma esta conjetura.

iii)    Desde esta perspectiva, puede hacerse una relectura de las elecciones distritales y retomar lo que decíamos:

“Si bien es cierto que, sobre todo en las grandes ciudades, el electorado define sus preferencias en el propio proceso electoral, y que la desestructuración de las identidades tradicionales ha implicado nuevas formas de politización, volatilidad y fluctuación del voto, también las elecciones son el punto de medición de procesos de acumulación de más largo plazo. Sustentado en una compleja articulación de liderazgos territoriales, estructuras partidarias locales, sindicatos y movimientos sociales que encuentran su síntesis en la línea política nacional y en la acción del estado, una de las tareas pendientes del kirchnerismo es la vertebración de una fuerza “propia”que tenga capacidad de arraigo territorial y representación política distrital. Lo de Agustín Rossi en Santa Fe y Daniel Filmus en Capital muestra a las claras que el gobierno puede tener una base de sustentación nada despreciable, con cuadros “propios”, desarrollo militante y perfil nacional, también en el núcleo de la rebelión patronal agromediática.”

Moraleja para el caso de Córdoba: conviene construir algo propio más que esperar acordar con el que gane.

En conclusión, se confirma que el FPV es el único espacio que ha logrado estabilizar una fuerza nacional con capacidad de dar la disputa política, estabilizar la gestión, proyectar una identidad y consolidar un liderazgo. Esta escena nacional unipolar convive con un mosaico de realidades locales enfocadas en la gestión doméstica y el la autonomía política. Análisis que bien podría extenderse, con las especificidades que ameriten -pero sobre todo con más tiempo y espacio- también a los distritos en que triunfaron gobernadores afines al gobierno nacional.

Ni colectoras de Magnetto ni agrodirigentes. Respecto de la oposición nacional, se destacan las dificultades que tuvieron sus propuestas para resultar alternativas de poder creíbles frente a Cristina Fernández de Kirchner. Es fácil y poco productivo sumarse a la cantinela de voces que subrayan la incapacidad de Alfonsín, Carrió, Duhalde, Pino y hasta el propio Binner para reconstruir una apuesta seria o intentar generar espacios de confluencia. Habrá que ver cómo evoluciona la escena para hacer diagnósticos tan elocuentes.

En cambio, si puede decirse algo sobre las formas de la construcción política. Si algo afirma el triunfo categórico de CFK es que ni el jacobinismo tecnomediatico ni el neocorporativismo reemplaza la trabajosa tarea de articular densidades sociales para construir mayorías, aún dentro de los márgenes liberal-republicanos de nuestra democracia. Los fracasos de Pino y Carrió expresan los límites del jacobinismo tecnomediático, que pretende reemplazar las densidades sociales a partir de la mera presencia en la pantalla de un liderazgo personalista. Al respecto, vale rescatar lo que decíamos:

“Límites que se expresan, en primer lugar, en las dificultades para desarrollar un arraigo territorial que de sustento y continuidad a su proyección nacional, que implica la articulación con redes territorializadas y militantes que exigen participación en la toma de decisiones, muchas veces obturada por el peso de una figura mediática que acapara toda la legitimidad y límites que también inciden en el desempeño discursivo, que supone siempre un acuerdo tácito con las empresas de comunicación sobre lo que se puede y lo que no se puede decir al aire, que termina homogeneizando las intervenciones políticas en los puntos álgidos del debate. Tal es el caso de los posicionamientos frente a los grandes temas que ha planteado el kirchnerismo, como la estatización de los fondos de pensiones, la nacionalización de Aerolíneas Argentinas, la nueva ley de Servicios de Comunicación Audiovisual y tantas otras, en los que el alineamiento de las distintas expresiones de la oposición con el discurso tributario del formato mediático ha resultado funcional al intento del gobierno de presentarlos como “colectoras de Magnetto”.

Es obvio que en el s. XXI hay que ir a la tele, lo que parece afirmarse en forma creciente a partir del avance del krichnerismo y la reforma de la ley de medios es una disputa por el propio formato de la política, que la oposición parece no poder resolver. Otro tanto podría decirse sobre el fracaso de las formas neocorporativas, como es el caso de los “agrocandidatos” o el triunfo  del gobierno nacional en el campo. No hace falta ser Antonio Gramsci para saber que es perfectamente posible que las patronales puedan expresar los reclamos de los productores en tanto tales (nivel corporativo), y fracasar en su salto a la política. En cualquier caso, también se muestra la reversibilidad de los “significantes flotantes”, el campo dejó de ser un espacio de identificación política y, por suerte, vuelve a su naturaleza geográfica. Al menos por ahora.

Hagan sus apuestas. ¿Qué esperar de lo que viene? Es difícil decirlo, pero parece que a grandes rasgos las cartas están echadas. Sin dudas, la principal apuesta de la oposición parece ser Binner. Su liderazgo, armado e identidad progresistas (liberal-democrática) evoca aires de renovación política y parece tener el campo desbrozado para aumentar su caudal de votos. El peligro de quedar entrampado en la matriz discursiva del gobierno o de los medios hegemónicos es grande, pero si lo sortea con éxito puede inaugurar una nueva etapa, con una fuerza más dispuesta ideológicamente y forzada por la contundencia de los números, a tener otro tipo de diálogo con las iniciativas del gobierno.

El caso de Alfonsin es el más complejo. Atrapado por la falta de resultados en una apuesta al pragmatismo, se debate entre acercar posiciones discursivas al electorado de centroizquierda o profundizar la disputa con Duhalde por derecha. Macri, Felipe Solá y ahora Alfonsín podrían contar las dificultades y sorpresas que deparan a los desprevenidos los armados  con De Narvaez. En cualquier caso, las reacciones críticas de Storani y el encolumnamiento de un sector del partido con Stolbitzer (el caso de Malagamba en La Plata y otros), indican que, a la salida de las elecciones, sean cual fueren los resultados, le espera la eterna e irresuelta interna de la UCR en la provincia de Buenos Aires. En gran medida, la historia de esa interna explica el derrotero de la fuerza del ’95 a la fecha.

El caso de Duhalde es fácil y previsible. De no mediar ninguna catástrofe, es esperable que se consolide con un caudal de votos aceptable -siempre y cuando no haya una remotada de Rodríguez Saa- para volver a intentar ubicarse estar en la primera línea de una negociación a dos bandas con Scioli o Macri después del 11 de diciembre. Pero esa es otra historia.

* Politólogo – UBA