La crisis del triunfalismo oficialista y “el tsunami anti K” que no llega

Por Edgardo Mocca

Acaso la reelección de Cristina Kirchner no sea el paseo con el que soñaban algunos después del primer ciclo de elecciones provinciales de este año. Pero con seguridad el diagnóstico del “tsunami antikirchnerista”, que vocifera en estos días el establishment mediático, no pasará de ser un operativo más dirigido a enervar a algún sector del oficialismo poco satisfecho por la distribución de cargos en las listas que a adelantar el rumbo de los acontecimientos.

El oficialismo nacional perdió en dos distritos que venían siendo adversos en los últimos años. En la ciudad de Buenos Aires, el FPV mejoró su desempeño en el primer turno y disminuyó levemente su caudal en el ballotage respecto de lo sumado en 2007. En Santa Fé, la visible división profundizada en el interior del justicialismo a partir de 2008 confluyó con la emergencia de una insospechada referencia popular encarnada por el humorista Miguel del Sel. Si la comparación electoral del oficialismo se hiciera con relación a los datos de las legislativas de 2009, el mejoramiento aparecería innegable: en ambos casos estuvo entre la duplicación y la triplicación de sus votos de entonces. Los datos duros de la elección son esos. Por supuesto que a ellos hay que sumar el tenor de las expectativas desatadas en torno a lo que llegó a considerarse la invencibilidad de la presidente como carta ganadora en cualquier elección local. En todo caso, esa presunción se demostró incorrecta, lo que no convierte a los dos últimos episodios electorales en derrotas del nivel de espectacularidad con el que fueron mostradas por la oposición mediático-política.

Macri se ha convertido en referente principal de la oposición. Parece ser la figura capaz de expresar electoralmente a un neoconservadorismo popular articulador de la derecha antipolítica y el peronismo autopercibido como “partido del orden”. Claro que para lograr esta posición de privilegio, el alcalde porteño tuvo que dejar pasar un tiro y abstenerse de desafiar a la presidente en este turno electoral presidencial. En política nunca se sabe cuando estos gambitos son eficaces; hay casos que quedan en la historia porque gracias a la paciencia estratégica terminan coronando su carrera con el premio mayor (Lula en Brasil) y otros que simplemente dejan pasar su oportunidad (¿el reincidente Reutemann?). Esa incógnita, en el caso de Macri se develará en los próximos años: en octubre, tal como ocurriera hace cuatro años, no será de la partida.

El ausentismo presidencial del macrismo crea nuevas complicaciones a la constelación opositora. Se dice como una verdad de manual que los votos son intransferibles. Pero esa cualidad no se da, por lo menos del mismo modo, en cualquier sistema político-partidario. Cuanto más alta sea la estructuración partidaria en un sistema dado, mayor será la posibilidad de que un liderazgo nacional exitoso pueda servir de apoyo electoral a un miembro de su propia fuerza o a un aliado. El ejemplo más reciente es el del tándem Lula-Dilma Roussef en las últimas elecciones presidenciales en Brasil. La política argentina no camina por esos carriles. A pesar de la recuperación de la lucha política y de una cada vez más clara diferenciación de los campos en pugna, la expresión de esa disputa sigue girando en torno de liderazgos personales casi excluyentes. Dicho sea de paso, eso obliga a una creciente necesidad de hacer una adecuada selección de los candidatos: la sola pertenencia a una corriente político-ideológica no asegura movilizar todas las fuerzas pasibles de ser sumadas. El carisma del líder es un dato central de cualquier disputa electoral.

En el caso de Macri, entonces, los votos son, en lo fundamental, intransferibles. Eso no tendría por qué significar que un compromiso explícito del recientemente reelecto jefe porteño no constituyera un interesante activo para quien fuera su depositario. ¿A quién podría “votar” Macri? A primera vista – y así ya lo han expresado varios dirigentes de su segunda fila- Duhalde parecería ser su aliado natural. Alrededor del ex presidente interino se nuclean varios de los componentes potenciales del neoconservadorismo popular que aspira a expresar y dirigir el ingeniero. Pero la cuestión no es tan sencilla. Rodríguez Sáa también expresa esa corriente y, a diferencia de Duhalde, cuyo vice Das Neves terminó fuera del armado de la fuerza de gobierno en la única provincia que este sector conducía, sigue siendo gobernador provincial. Y hasta Ricardo Alfonsín ha incorporado en un lugar central de su sistema de alianzas a De Narváez, otra de las cartas fuertes de la nueva derecha en construcción. Por otro lado, el resultado de las primarias abiertas es el que dibujará el mapa real de la oposición; lo más sensato es que el gran elector antikirchnerista reserve su apoyo a quien salga mejor parado de ese episodio.

Todas esas especulaciones quedan minimizadas por un dato principal: Macri no tiene interés político alguno en contribuir a la proyección de un liderazgo político que, a través de una buena elección, por no hablar de un eventual triunfo, pudiera disputarle el hoy indiscutido sitio de privilegio en el tinglado opositor. No es previsible un hiperactivismo del alcalde en la disputa de octubre. Habrá, a lo sumo, algún gesto formal de apoyo a quien se insinúe como el desafiante principal, como parte del largo operativo que sus mentores publicitarios prevén para los próximos años. Y algunos de sus hombres adoptarán ciertos compromisos más explícitos. Nada más.

Los candidatos opositores saben que no pueden contar sino con sus propias fuerzas y capacidades. Duhalde y Ricardo Alfonsín tienen frente a sí esa virtual semifinal que son las primarias abiertas. El curso de la estrategia de la UCR ha llevado a un curioso solapamiento de ambos emprendimientos. En el radicalismo ha desaparecido de hecho toda invocación “progresista” o “centroprogresista”. El discurso del candidato presidencial se dirige a agitar todos los lugares comunes del antikirchnerismo en clave conservadora. Ricardo Alfonsín no se ha abstenido siquiera de una lamentable adhesión a la campaña por el linchamiento mediático de Raúl Zaffaroni, en desmedro de la mejor tradición institucionalista y de lucha por los derechos humanos que expresara su propio padre. Es fácil de imaginar que en el radicalismo pesa la experiencia de las presidenciales de 2007, en las que el partido, a través de la candidatura de Lavagna, hizo una oposición propositiva y con pretensiones de expresar al progresismo. En esa oportunidad, Carrió le ganó la batalla por los sectores más encarnizados contra el kirchnerismo y lo relegó al tercer puesto. Claro que en el intento por repetir esa experiencia, el radicalismo parece deslizarse paulatinamente a un partido en disponibilidad para la derecha argentina. El problema adicional es que la derecha parece encaminarse a armar su propia fuerza con el concurso del peronismo conservador y tal vez no precise en el futuro del centenario partido.

El duhaldismo se muestra como una suerte de activismo clandestino en el interior del Partido Justicialista. Los escribas de Clarín han vuelto a tomar contacto con sus habituales “fuentes del conurbano bonaerense” para presagiar el sabotaje interno que habrían de practicar los barones del conurbano contra los candidatos oficiales en las primarias para tomarse venganza del ninguneo de la presidente en la confección de las listas. Es una operación política tan válida, en principio, como cualquier otra, pero solamente algunos en nuestro país pueden llamar a eso “periodismo independiente”. Como líder opositor, Duhalde parece tener más estatura que el candidato radical. Pero la cuesta que debe escalar aparece muy empinada. Se presenta con sus antecedentes de piloto de tormentas, que es una profesión poco requerida cuando hay buen tiempo. Y carga sobre sus espaldas la inevitable asociación entre su figura y el recuerdo de épocas ominosas del país. Sus fuerzas son un componente muy importante de la coalición de la derecha con el peronismo, pero su imagen está muy lejos de ser la expresión más sostenible en términos electorales de esta empresa.

La crisis del triunfalismo es, por último, una oportunidad para el gobierno. Las derrotas, se ha dicho, no son tan tremendas como se las presenta, pero son un llamado de atención. Son un límite para la creencia en la invencibilidad y un llamado al autocontrol. La recuperación de la militancia política es un gran mérito de sus dirigentes, pero no se ganan elecciones solamente con convicciones y entusiasmo. La campaña hacia octubre será también una señal de cuál será la novedad que un eventual nuevo gobierno de la presidente significará para un país que ya no es el de 2003.