Climas políticos y proyección nacional

Por Edgardo Mocca*

En la elección del domingo 10 de julio en la ciudad de Buenos Aires ganó una amplia coalición opositora liderada por Mauricio Macri. No fue el fruto de un acuerdo programático entre fuerzas orgánicas como postulan los manuales de ciencia política, sino que resultó de la decisión de los votantes. La Coalición Cívica, la Unión Cívica Radical y el peronismo federal quedaron reducidos a una casi nula expresión electoral y el solanismo retrocedió espectacularmente de las posiciones ganadas en 2009. La mayoría de los potenciales electores de estas fuerzas migraron a la alternativa antikirchnerista ganadora.

Es razonable, entonces, el entusiasmo de los despachos mediáticos, devenidos en centros de coordinación estratégica de la oposición. Su mensaje podría leerse así: la unidad, que por mezquindad y falta de grandeza no rubricaron los líderes partidarios, fue sellada por “la gente” en las urnas y llevó a la victoria. Ahora solamente queda esperar que las internas abiertas revelen la realidad de las expectativas electorales hacia octubre y consagren al primus inter pares opositor, a quien –más allá de las decisiones que tomen los otros candidatos- votarán quienes quieren derrotar a Cristina Kirchner en las elecciones presidenciales. A ellos empiezan a sumarse –siempre un poco retrasadas- las voces de algunos actores políticos: Ricardo Alfonsín corre su “límite” y anuncia su voto virtual por Macri en el balotaje, Duhalde propone un acuerdo con el candidato radical para unirse detrás del más votado en las internas del 24 de agosto, en el radicalismo florecen las voces críticas de quienes no creen en los guiños progresistas y exigen una dosis mayor de pragmatismo a la hora de sumar peso electoral para octubre. Carrió no participa todavía en la euforia unificadora, acaso porque no la atrae ninguna confluencia que no la instale como figura central.

Por ahora, a pesar del descomunal griterío mediático de estos días, lo único que con certeza ha ocurrido es que el PRO ganó la primera vuelta porteña con un porcentaje de votos levemente superior al que obtuviera en la elección de 2007 y con una distancia menor respecto de Filmus de la que alcanzara entonces; todo lo demás es excitación voluntarista. Si ponemos atención a aquellos aspectos de la elección que los encuestadores previeron cabalmente, advertiremos otros datos interesantes: un crecimiento del Frente para la Victoria que casi triplicó los votos que obtuviera en las legislativas de 2009 y la licuación casi absoluta de las fuerzas que, en el distrito, responden a Alfonsín, Duhalde y Binner.

¿Puede nacionalizarse la elección porteña? Por lo pronto, es innegable que Macri, aún cuando falte la verificación de la segunda vuelta, se insinúa como una referencia central de la oposición hacia 2015. Claro, para ese año falta mucho, pero de todos modos el jefe de gobierno se ha colocado en el primer lugar de la largada para la carrera entre quienes quieren tallar en la sucesión al actual elenco gobernante. El dato es muy relevante porque permite intuir su actitud durante la etapa que culmina en la elección del 23 de octubre. Provocadoramente se podría decir que Macri pasa a ser el principal interesado en un triunfo amplio de Cristina Kirchner en esa elección. No es fácil encontrar un argumento a favor de su respaldo a alguno de los candidatos opositores que intentan desafiar el intento reeleccionista de la presidente. Si con su apoyo, Alfonsín o Duhalde ganaran la elección, los globos y el color amarillo del macrismo, hoy victoriosos, entrarían en un profundo cono de sombras. Si cualquiera de los dos opositores lograra un segundo lugar antes o después del balotaje, con una elección muy digna –digamos cercana al 40% de los votos, sería muy difícil disputarle la cabecera en las reuniones de la oposición. Lo más que puede esperarse del triunfador del domingo es una sobria declaración a favor de alguno de ellos; no mucho más de lo que hizo después de su triunfo porteño para “respaldar” a López Murphy en 2007.

Hay, eso sí, una cierta importancia “climática” del resultado. A pesar de lo previsible que era, su contundencia numérica marca una cierta interrupción de la tendencia que se mantenía desde la elección catamarqueña de marzo de este año: con excepción de Chubut –tal vez la más inesperadamente exitosa elección del kirchnerismo, aunque terminara segundo después de un conteo muy sospechoso- todas las provincias que votaron eligieron gobernadores más o menos alineados con la Casa Rosada. Son altas las probabilidades de que la ciudad de Buenos Aires corte esa racha. Y tal vez, antes del balotaje porteño, Santa Fé signifique otro revés al que inevitablemente se sumará el de Córdoba donde el oficialismo nacional no tiene candidatos. Una vez más, sin embargo, el voluntarismo mediático exagera en su entusiasmo. También en 2007 la elección presidencial estuvo precedida por resultados adversos del kirchnerismo en la ciudad autónoma y en Santa Fé, mientras en Córdoba el justicialismo entonces todavía alineado con el gobierno nacional conseguía un pírrico triunfo, rodeado de un fuerte tufo a trampa electoral; después, Cristina ganaría con gran amplitud y sin necesidad de segunda vuelta.

La importancia del clima adverso de estos días radica principalmente en las consecuencias que el resultado porteño y el de las elecciones que lo seguirán tengan en la conducta de la amplia y heterogénea coalición que sostiene al gobierno. La resolución de las candidaturas oficialistas para las internas de agosto dejó una cantidad de heridos. Es lo habitual en este tipo de instancias en las que todos los participantes procuran optimizar su posición interna. En este caso, como es lógico, la presidente influyó decisivamente para asegurar una balanza de poder capaz de asegurarle un sólido predominio en el mapa legislativo y territorial de la fuerza que dirige. Las derrotas no son, por naturaleza, favorables a quienes defienden el estado de cosas vigente. Son, por el contrario, ocasión propicia para los pases de factura. Esto es inevitable y, hasta cierto punto, controlable. Los llamados de Duhalde a la sublevación peronista en las internas de agosto son un interesante entretenimiento mediático pero demandarían un previo espectacular crecimiento de la expectativa electoral del ex presidente interino que por ahora no se avizora. De todos modos, los conflictos internos siguen siendo el principal problema del kirchnerismo.

A pesar de todo, queda la segunda vuelta. Afortunadamente los candidatos del Frente para la Victoria han resistido la presión político-mediático para desertar de esa instancia. El incumplimiento de la norma constitucional en esta materia tiene un innoble antecedente en la conducta de Menem en las presidenciales de 2003. Ciertamente las chances de revertir el resultado son muy escasas, pero la posibilidad de afinar el mensaje y ensanchar el espacio electoral propio en la ciudad no es un desafío menor. Con seguridad no habrá dramatización política del balotaje ni involucramiento activo de la presidente en el desarrollo de la campaña, tal como preveíamos desde estas mismas páginas hace una semana para el caso, finalmente cierto, de que la distancia entre los dos contendientes fuese superior al 10%.

Las encuestas –lo dijimos también hace una semana- proveen ilusiones de certidumbre a los actores políticos. La gran mayoría de los consultores había adelantado un tablero diferente al que finalmente se abrió paso el domingo pasado. Esa brecha agudizó el impacto del resultado, particularmente en las filas de quienes respaldaron a Filmus y Tomada. De esas consecuencias anímicas no pueden hacerse cargo las empresas que hacen las encuestas y el tema dará lugar a una discusión entre los afectados. Pero las promesas, habituales en estos casos, de no dejarse llevar por los pronósticos previos no podrá ser cumplida. Pronto todos volveremos a leer los nuevos pronósticos con la engañosa sensación de estar dialogando con la realidad política.

*Por Edgardo Mocca, para Revista Debate