Clase media y la Ciudad en cuestión

Por Vicente Russo

La rearticulación de la economía del país, motorizada principalmente desde el Estado, refleja un proceso de recomposición social iniciado en 2003, cuyos efectos transformadores y duraderos se exhiben en la disminución del desempleo (la tasa de desempleo bajó al 7,6% cuando había llegado al 23% en lo más profundo de la crisis), el aumento progresivo de los trabajadores registrados (la tasa de empleo informal descendió del 49,9 % en el 2003 al 34,6% en el primer semestre del 2010), y el incremento de la masa salarial en el Producto Bruto Interno que había caído en el 2002, pasando desde el 34,6% a 44% en 2009. (Le Monde Diplomatique, 01-03-2011). Este plano económico contribuyó a la reconstitución de la clase media, a su ‘resurrección’, luego del drástico programa de reformas impulsado por los sectores económicos poderosos en la década iniciada en 1990.

Durante aquel periodo neoliberal, la identidad de clase media, al mismo tiempo que brindó un gran servicio a este proceso, se vio debilitada a medida que algunas personas se convertían en lo que Maristela Svampa denominó ‘los nuevos pobres’. La magnitud de la crisis del 2001, cuando la convertibilidad estalló por los aires, escenificó el quiebre de las amplias solidaridades sociales entramadas hasta los setenta. Desde que Néstor Kirchner asumió como presidente hizo de la recuperación de la identidad de la clase media un eje central para el regreso del país a su ‘cauce normal’. Durante el lapso de estos ocho años, de la mano de la re-centralización del sistema político del país, la clase media comenzó a recomponer ‘su rol’ en la estructura social. Consecuentemente, desarrolló también la conciencia de su poder, es decir su posición privilegiada en el espacio social y el prestigio alrededor de la expansión de la capacidad de consumo.

En el escenario actual, el imaginario de la clase media registra su potencial político, expresando su envergadura a partir de diferentes adhesiones. Al respecto, cabe señalar dos situaciones:

I.  Durante el conflicto en torno al proyecto de retenciones móviles en el 2008, un fragmento de la clase media tuvo un protagonismo de creciente importancia en la ‘épica federal’. La capacidad hegemónica de los sectores dominantes operó contra los políticos y las prácticas intervencionistas del Estado en la economía. La prensa militante del establishment contó con el apoyo de sectores de la sociedad  para frenar la acción política pública en el cuerpo social (visto como pernicioso y amenazante sobre sus ingresos) que tendía a proteger el bienestar de la mayoría de los argentinos. En este marco surgió una alianza donde una parte importante de la sociedad optó por ponerse del lado de los fuertes e injustos propietarios agrarios y festejó el veto a una medida que defendía el interés de las mayorías. Al respecto escribió Aronskind en Página12, “La vieja lucha de clases se ha transformado en la lucha contra los políticos, que serían la nueva encarnación del mal en la sociedad. Efectivamente, es la libertad del poder económico, que reafirma su supremacía sobre cualquier otro ámbito social y desvincula lo político de lo social y lo económico es en sí una victoria del pensamiento conservador”. Hoy en día esa derrota política se vuelve palpable en torno a la inflación y el consecuente encarecimiento de los productos de consumo masivo. En definitiva esa ‘politización’ -que se cristalizó en la movilización en el “Monumento a los Españoles”- operó como un velo sobre lo que, de fondo, era materia económica.

II. El resultado de las recientes elecciones porteñas del 10 de Julio de 2011 arroja un resultado de ballottage entre las fórmulas Macri-Vidal y Filmus-Tomada. La Ciudad de Buenos Aires puede dar un salto significativo en materia económica y social: el desafío es incluir a la Ciudad dentro del proceso post-neoliberal que ha iniciado el kirchnerismo en el 2003. En la segunda vuelta se pone en juego la evolución que tendrá en los próximos cuatro años la Ciudad de Buenos Aires en materia de políticas sociales; la implementación de políticas universales y la masificación de las herramientas para abordar el mercado de trabajo informal. Durante la gestión de Mauricio Macri las políticas sociales estuvieron signadas por la subejecución; en el área de vivienda pasó de 86% en 2007, 67% en 2008, 46% en 2009 y, en 2010 –“repuntando” luego de los hechos del Indoamericano en diciembre- apenas un 56%. En el área social, en el primer trimestre de 2011, se ejecutó sólo el 6.88% del presupuesto destinado. (Página 12, 20.05.2011 e Informe Bloque Nuevo Encuentro, 1er trimestre 2011). Macri, subrayando su postura pseudopolítica, lanzó su reelección en un pelotero con globos multicolores. La virtud del PRO, aclaran los suyos, es ‘solucionar los problemas del vecino’. En este esquema, la desigualdad social es un problema y, por lo tanto, hay que llamar a un técnico que nos resuelva el problema, lo cual significa decir que no es un problema político, que no es necesario ideologizar. Los problemas políticos terminan diluyéndose en problemas de tipo social, al no representarse como cuestiones que convoquen a resolverlos colectivamente. Los fracasos de la administración del PRO y la ineficacia de su gestión no generó un enorme descontento popular. El electorado porteño en la primera vuelta permaneció indiferente al retroceso de la ciudad respecto a salud, trabajo, educación y vivienda.

El comportamiento de la clase media en las elecciones porteñas no puede explicarse sin la referencia a los extensos años en las que las políticas neoliberales se propagaron en la vida de los individuos; esta preeminencia de la vida privada termina disolviendo cualquier rastro de solidaridad, imprescindible para la constitución de proyectos políticos sociales.

Se trata de una gestión que hizo poco y nada por los sectores más desplazados, que reproduce e incrementa las desigualdades sociales, y sin embargo, aumenta su volumen electoral, profundizando las contradicciones al interior de los sectores medios que nuevamente ven a la política como un obstáculo para su desarrollo personal y a los políticos como la encarnación de todos los conflictos sociales y económicos. En este sentido, un amplio sector de la sociedad porteña opta por la continuidad de la política de corte neoliberal, cuyas raíces discursivas se erigieron en contra de la política de corte intervencionista. Las capas medias contemplan que el Estado se presenta solamente en su faz subsidiaria, pero sus demandas, principalmente articuladas alrededor del tema de la inseguridad, se hallan abandonadas, generando una sensación de ausencia permanente por parte del Estado.

Ante el desprecio de la gestión del gobierno de Macri por atender las problemáticas sociales, el desafío para el Frente para la Victoria es subrayar que la presencia del Estado es necesaria para contrarrestar la desigualdad que persiste, (aún en un contexto económico favorable), integrar el sur dentro del mapa de las obras públicas, promover las condiciones de acceso a una educación de calidad, vivienda digna, fortalecer el sistema de salud, así como las garantías a la participación para que los porteños, porteñas y organizaciones barriales puedan acceder a sus derechos como ciudadanos. Por este motivo, se requiere favorecer lo público y desarrollar políticas que tiendan a corregir estas desigualdades. Para que Buenos Aires deje de ser pensada desde una lógica puramente mercantil y coloque en el centro del gobierno la acción del Estado para construir una Ciudad más democrática y justa para todos.