Para ganar la ciudad

Por David Bono

A raíz de los dichos de Fito Páez, utilizados mediáticamente para denostar la postura de los candidatos Filmus y Tomada, comenzó un arduo debate respecto al electorado porteño. Si bien los candidatos del FPV se desligaron de las declaraciones del músico, las cuales referían al asco que generaban los votantes de Mauricio Macri, a todas luces se puede observar el olvido político del músico, al denigrar a la mitad de la población porteña, cuando los candidatos deben reevaluar sus campañas.

Beatriz Sarlo, en su columna editorial para el Grupo Clarín, engalana la sociedad estadounidense citando que en caso de suceder algo semejante, se tomarían acciones legales porque resulta inadmisible que se ataque a la mitad de la sociedad. Para Sarlo, esto se encuentra inscripto en el tipo del “discurso del odio”. En una editorial reciente  de Clarín, se cita a Owen Fiss, “especialista en libertad de expresión”, diciendo que “en una sociedad…donde imperan los prejuicios…si se dejaran fluir sería la voz de esa minoría la que se vería afectada”, intentando demostrar que en nuestro país la libertad de expresión – que hasta hace una semana estaba coartada por el Gobierno – no es la facultad de todo habitante de opinar y decir lo que piensa, sino que en determinados contextos – funcionales a determinados grupos de poder – son una crítica inadmisible. La embestida mediática contra Fito Páez revela el mismo cariz del que se acusa al Gobierno respecto a Clarín, las diferencias son sustanciales. Además, esto revela la ignorancia jurídica de Sarlo, ya que el “discurso del odio” está prohibido en nuestro país, y esto está plasmado en la Constitución, que en virtud del inciso 22 del Artículo 75 otorga jerarquía constitucional al Pacto de San José de Costa Rica que en su Artículo 13 Inciso 5 lo plasma.

Las encuestas daban diversos resultados, algunas arrojaban diferencias de 5 puntos, las más osadas 10, pero sólo una ofrecía una diferencia mayor, lo que demuestra, más allá de los dichos de Joaquín Morales Solá en su última editorial para La Nación, que los trabajos realizados en un distrito donde la mayoría de los ciudadanos poseen líneas telefónicas, el acceso a internet es amplio y la población se encuentra concentrada en un pequeño radio, la evaluación fue mala. Esta incapacidad receptiva de los políticos y la inesperada obtención de casi la mitad del electorado por parte de Macri, revelan un escenario electoral impensado.

No puede adjudicarse a los votantes de la Ciudad su incapacidad, su falta de construcción democrática, la imposibilidad de observar la falta de ejecución presupuestaria, la desidia, el maltrato a las instituciones y los ciudadanos, sino que se observa que la política oportunista es efectiva.

Durán Barba, asesor de Macri, revelaba que el secreto de la campaña, fue apuntar al 80 o 90% de la población que se encuentra desinformada – además de estar desinteresada – por la política, a la que se la “bombardeó mediáticamente” con imágenes, un sutil artilugio efectivo que permite con amplios recursos presupuestarios, pero escaso contenido ideológico, apuntalar en el electorado la idea del consenso y la amplitud, a diferencia de los candidatos oficialistas, cuyo discurso se orientó a la política, los proyectos para el cambio, la distribución y la igualdad, aparentemente cuestiones que “agotan” al votante, y de difícil impacto, ya que amerita un razonamiento mayor que lo visual.

Macri escudó su inacción, a lo largo de cuatro años, en los recursos que el Gobierno Nacional no ha transferido, faltando a la verdad dado que se trata tan sólo del 10% de los recursos de un distrito que, tal como indicamos en otras oportunidades, genera el 25% del PBI del país. El aumento de impuestos permanente, las licitaciones otorgadas a sus círculos íntimos y la inejecución presupuestaria, no fueron suficientes para realizar políticas públicas activas que mejoraran la vida de la ciudadanía, de todos modos esto no fue suficiente.

La campaña de los candidatos del kirchnerismo se centró en el Proyecto Nacional llevado a cabo por la Presidenta Cristina Fernández, y la propuesta de un país más igualitario, con vistas a la vivienda social, las grandes obras y la redistribución de la riqueza, argumentos que fueron desestimados por el electorado.

Por un lado, nos encontramos frente a una ciudadanía permeada durante décadas por ideologías neoliberales, cuyo eje principal era la optimización de recursos y los actos técnico-burocráticos. El elevado status que han adquirido los vecinos porteños gracias al crecimiento de la economía a una tasa del 9% anual los últimos años – exceptuando la crisis internacional – y en miras al nuevo análisis de la CEPAL que rectificó su pronóstico para este año duplicándolo, revela que las necesidades de los porteños ya no pasan por mejorar sus condiciones básicas de vida (habitación, educación, salud), sino que hacen referencia a las pequeñas acciones de gobierno que mejoran las condiciones de vida cotidiana. Es por este motivo que el discurso de Macri, respecto a las bicisendas, sus sombrillas para los vecinos de Zona Norte – donde el espacio verde es nulo – la mejora de las veredas en Zona Sur – donde el transporte público no llega adecuadamente – y una política aparente de gestión – pero vacía de política – responden a las necesidades específicas de los porteños, quienes en esta oportunidad priorizaron un voto a favor de la gestión administrativa y no los grandes proyectos políticos.

Los años de neoliberalismo generaron una pérdida absoluta de los principios solidarios. Es frecuente oír entre los porteños que las mejoras de sus condiciones de vida se deben a su propio esfuerzo, y no a una política genérica y nacional por parte del gobierno de Cristina. Aparentarían ser desprendimientos de una coyuntura inexistente que gracias al esfuerzo personal logran generar una mejora, signos del debilitamiento ideológico noventista.

Sin desmerecer al porcentaje que vota a Macri por encontrarse identificado ideológicamente, o bien por efectuar un “voto bronca” que lo diferencia del progresismo y le permite erigirse con el único candidato de derecha que puede ganar – López Murphy representaba mejor a su electorado, pero los números no lo acompañaban – hay que focalizar en el gran número de votantes que prefirieron gestión neoliberal a política social, ese es el porcentaje de votantes que este ballotage se disputa.

Durante la campaña, el Alcalde porteño mostró una faceta “barrial”, citando nombres de calles, comercios y vecinos. Sus apelaciones, su antigua campaña de “tocar timbres”, permitieron un acercamiento mayor entre su desdibujada imagen protegida por su victimización permanente y el imaginario del electorado. A esto se adiciona su perfil popular por sus frecuentes apariciones mediáticas relatando conflictos familiares – espió al cuñado, se pelea con el padre, será papá – que lo diferencia de los candidatos oficialistas, erigidos desde un discurso más intelectual.

Los dichos de Fito Páez generan, una vez más, un escenario de polarización, que impide acaparar fuerzas alternativas y genera un escenario dicotómico peligroso de cara al ballotage, además de legitimar el falso discurso macrista de la inclusión: bajo sus copiados lemas del “vos sos bienvenido”, permiten borrar los rastros del discurso xenófobo, la expulsión de los no-capitalinos de los hospitales y la pretendida expulsión de los migrantes. El discurso de Páez permite al Gobierno de la Ciudad poder legitimar su aparente espacio de pluralidad, abarcando consensos – oportunistas – como los que intenta establecer entre Carrió y Alfonsín hijo.

De todos modos, cuando hace tiempo Pino Solanas se refirió a los votantes del norte de nuestro país como “incapacitados” para ejercer su derecho democrático del sufragio, las embestidas mediáticas no resultaron semejantes a las actuales contra el cantante. El candidato de Proyecto Sur fue avalado en sus dichos, y nadie expuso que se trataba de un retroceso sustancial en la democracia de nuestro país con la universalización del voto. Si bien Suiza – país “modelo” del neoliberalismo – instauró el sufragio femenino en 1971, mientras nuestro país lo hizo en 1947,  el discurso de Solanas es digno del Siglo XIX.

Por otro lado, el discurso macrista es el que mayor impacto tiene entre los vecinos. El discurso estratificado, que permitió sectorizar los pormenores eleccionarios a nivel de necesidades particulares, fue el que mayor aceptación tuvo en esas mencionadas capas sociales que son las más beneficiadas por las políticas del kirchnerismo. No se puede juzgar al votante con vestigios neoliberales de no haberse aggiornado al contexto socio político que vive nuestro continente, cuando las necesidades básicas de la gente se encuentran satisfechas, hay una tendencia automática conservadurismo, conservar lo que se obtuvo. Cuando ya no debemos preocuparnos por comer, sino por el nuevo modelo de auto que compraremos, nos importa el arreglo de las baldosas, las sombrillas en las plazas o un estacionamiento más grande, relegando las luchas sociales y políticas.

Esta revelación de la pérdida del carácter solidario de nuestra sociedad se vio representado en 2008 cuando personas que en su vida habían observado un poroto de soja, más que en la góndola del supermercado, se abocaron a las calles de la Ciudad a reclamar por el federalismo, los mismos que contradictoriamente niegan ese discurso al pretender erigirse como una potencia autónoma, otro de los fuertes del macrismo. Al porteño le agrada sentirse autónomo, y no supeditado a políticas coparticipativas. La contradicción que supone la no supeditación a un Proyecto Nacional – que justamente encarna el federalismo en su mayor expresión – con el reclamo desenfrenado en las calles durante la 125, por temáticas ajenas a la gran mayoría que temía ser afectada en sus intereses económicos, muestran la permeabilidad del falso discurso unificador de Macri, el país es uno solo y debemos generar consensos, otra prueba de la falla existente en la polarización discursiva.

En síntesis, el ballotage de fin de mes se enfrenta a un electorado contradictorio, que se ha enriquecido con el Gobierno Nacional pero lo critica porque no le otorga créditos para la vivienda o la seguridad pretendida, intentan demostrar que son el gran distrito del país, pero reclaman federalismo tomando causas que le son ajenas, que elige gestión neoliberal a políticas sociales, que se quejan de autoritarismo pero apañan un Jefe de Gobierno que ordena reprimir la protesta social, que pretenden institucionalidad pero no les importa que el candidato esté procesado por un delito sumamente grave, de todos modos, el “pueblo porteño” no merece el asco del kirchnerismo, sino la reversión del discurso a fin de acaparar los votos de ese electorado titubeante y no progresista que se vio representado por el discurso neoliberal de la no-política y que perdió todo aspecto solidario de los proyectos nacionales, relegando su interés a su individualismo más extremo.