Cambios profundos y nuevos interrogantes (Sobre la escena política en la Ciudad de Buenos Aires)

Por Edgardo Mocca*

Hace un par de años la defensa de los colores del kirchnerismo en la ciudad de Buenos Aires era considerada una infalible clave para el fracaso. En estos días la presidente Cristina Kirchner acaba de actuar como árbitro excluyente de una particular interna –exclusivamente concentrados sus protagonistas en persuadir su decisión última- y de resolver no solamente la conformación de la fórmula sino la entera constitución de las listas de candidatos. Toda una ilustración del poder de la contingencia, de la creación política, capaz de destruir los más fundados pronósticos. Es el enigma de lo político, irreductible a los sondeos de opinión y a las reglas del marketing.

El centro neurálgico de los cacerolazos a favor de la mesa de enlace agraria, la sede de los grandes actos de masa que supieron unir un raro conglomerado de clases altas y medias, añoradores de la última dictadura, políticos e intelectuales “republicanos”, partidos de izquierda y movimientos de desocupados ha vivido una dramática mutación. La mesa ya no convoca y de hecho no existe. El autoconvocado De Angeli ya no mueve ninguna pasión pública. Cobos, el gran emergente de la sublevación patronal agraria pelea un lugar en la lista de su antiguo-nuevo partido, la UCR mendocina. Mauricio Macri ha suspendido hasta nuevo aviso su hasta ayer promisorio destino presidencial y lo ha reemplazado por un repliegue estratégico en defensa de su único punto de apoyo territorial.

La profundidad de la mutación priva a los pronósticos sobre lo que puede suceder en la elección de julio de los puntos de apoyo más o menos habituales. ¿Cuál es el punto de referencia electoral? ¿La elección local de 2007 que marca el punto más alto de desarrollo del macrismo, entonces constituido “por encima de la derecha y la izquierda” y apoyado en la promesa de un gobierno técnicamente eficaz y consistente? ¿La elección nacional de ese mismo año con Elisa Carrió erigida en referencia central de la oposición al kirchnerismo? ¿La elección legislativa de 2009 que ratifica al macrismo, bastante devaluado ya a esa altura, como primera minoría, reduce al Frente para la Victoria a guarismos testimoniales y proyecta la figura de Solanas como emergente de las múltiples desilusiones porteñas? El primer postulado que habría que admitir es que las próximas elecciones no son de continuidad ni de evolución; son de ruptura. Y que la ruptura no es estrictamente local; forma parte de una brusca e inesperada reconfiguración política, cuyo dato más saliente es el afianzamiento de la figura de la actual presidente de la Nación.

La dinámica de los procesos de ruptura es muy difícil de calcular y de prever. Son situaciones de alta complejidad en la que operan múltiples variables cuya interacción no puede captarse por simples operaciones de suma y resta. ¿A quién le conviene nacionalizar la elección y a quién municipalizarla? ¿Quién gana con una campaña más politizada y quién con una más pragmática y minimalista? ¿Quién está interesado en un clima caliente y agresivo y quién en una discusión más “civilizada”? Florecen los consejeros, no siempre desinteresados, que tienen a mano soluciones precisas y argumentadas y generalmente simplificadoras y equivocadas.

Mauricio Macri está acostumbrado a jugar de challenger. Le gusta el guiño cómplice con el mundo que desconfía de la política. Se especializa en responsabilizar a intereses extraños a la ciudad, invariablemente vinculados al monstruo kirchnerista, de todos los problemas que no puede resolver. Se siente cómodo en el lugar del ofendido, del atacado; lo mismo cuando tiene que explicar por qué no desarrolló las líneas de subterráneo, según lo prometido, que cuando tiene que dar cuentas del oprobioso itinerario de la policía metropolitana y de sus propias responsabilidades personales en el escándalo de las escuchas ilegales. En términos futbolísticos, es un jugador de contragolpe: opera sobre las reales o supuestas desmesuras de sus adversarios. Ese lugar se le complicará considerablemente en la próxima campaña. Tiene que defender una gestión que, para decirlo con toda moderación, no genera grandes entusiasmos: la ciudad, como mínimo, no está más limpia, mejor comunicada, más pacífica, más segura ni con mejores indicadores de salud, educación y vivienda que antes del comienzo de su mandato. En ese territorio simbólico, le queda la conocida estrategia de culpar al gobierno nacional por todos sus males. Y con seguridad, tal como ya se insinúa, buscará resucitar, convenientemente deformada, la memoria de los anteriores gobiernos situados en andariveles políticos más afines al actual oficialismo nacional. Es probable que la tragedia de Cromañón ocupe un inesperado lugar en la retórica del PRO, en los próximos meses.

Claro que el recurso de la nacionalización de la campaña tendrá para Macri un límite de hierro. Tendrá que decirle a los porteños que la mejora de su calidad de vida está asociada a un cambio en el orden nacional y, al mismo tiempo, explicarles por qué no se decidió a jugar en ese nivel. No sabemos hoy si el macrismo hará su campaña porteña con la referencia de una candidatura nacional propia o cercana; lo que sí sabemos es que esa eventual fórmula presidencial carecerá del impacto y la potencialidad que hubiera tenido si el alcalde no hubiera renunciado a formar parte de ella. Si el macrismo abusa de la confrontación nacional, no estará haciendo otra cosa que anunciando tiempos de discordia y de dificultades en el caso que finalmente retenga el gobierno de la ciudad. Lo más probable es que el talante de la campaña del ingeniero sea una combinación de extrema agresividad antikirchnerista, orientada a galvanizar los climas más hostiles al gobierno nacional, a generar la expectativa de que las tendencias favorables al oficialismo pueden ser revertidas y a asociar la hipótesis de un triunfo de la derecha en la ciudad con un brusco cambio de clima en el tramo final de la campaña nacional.

Para Filmus y Tomada, la incógnita parece ser si conviene una campaña en la que predomine el “cristinismo” o una en la que se pongan en juego propuestas que involucren de modo más directo el bienestar de los porteños y porteñas. Los partidarios de la nacionalización argumentan a su favor que la imagen y la intención de voto que tiene Cristina Kirchner en el distrito es el más poderoso tractor electoral del kirchnerismo. De todos modos la cuestión no se resuelve tan fácil: no es tan seguro que el potencial votante de la presidente en octubre opte por apoyar a sus candidatos en julio. Los pragmáticos aconsejan concentrarse en las cuestiones locales: así pueden desnudar la ineficiencia del gobierno macrista y el incumplimiento de sus promesas. El argumento es sólido y razonable pero no termina de convencer acerca de por qué no aprovechar el clima favorable al gobierno nacional como fuente de apoyos en la elección local. Si todo el mundo reconoce el peso que tuvo la figura presidencial en elecciones como las de Catamarca o Chubut por qué pensar que no lo tendrá en el más “nacionalizado” de los distritos electorales.

El enigma del kirchnerismo porteño no se resuelve desde los extremos (nacionalización o municipalización) y acaso tampoco por un término medio que combine dosis de uno y otro componente. Es probable que lo que haya que encontrar sea no una proporción sino un principio de articulación. No se trata de un gran descubrimiento y, de hecho, es un camino que los precandidatos kirchneristas empezaron a transitar en su original “interna”. Es la ubicación de los problemas principales de los porteños en el punto de encuentro de tres jurisdicciones y de tres miradas: la nacional, la metropolitana y la local. No hay problemas de transporte, medio ambiente, seguridad, educación, salud ni de cualquier otra índole que pueda abordarse desde las estrictas fronteras de la ciudad capital. El estatus autonómico de la ciudad está poblado de zonas grises, fuentes permanentes de conflicto: la ciudad tiene muchos más “usuarios” de sus servicios que habitantes formales; tiene una interacción incesante con el conurbano bonaerense y, a la vez, es el asiento de las autoridades nacionales y el centro de la vida política del país. Todo eso puede y debe ser materia de reformas institucionales –e incluso constitucionales- que establezcan límites y niveles de coordinación más claros que los actuales. Pero la discusión de estos meses no es de orden institucional sino política. Y lo que está en juego es si en la actual situación política y en la que tendencialmente se configura hacia los próximos años, es mejor que la ciudad sea el laboratorio de alguna futura propuesta política alternativa o se ensamble y se articule con el rumbo nacional y el de la provincia de Buenos Aires. En lugar de un debate sobre “propuestas puntuales para la ciudad” y de una discusión sobre “el futuro del país” parece convenir el planteo del interrogante sobre cuál debería ser en los próximos años el modo de relacionarse de la ciudad con su área metropolitana y sus autoridades nacionales. Y desde esa perspectiva pensar cada uno de los problemas que nos preocupan a los porteños.

* Por Edgardo Mocca para Revista Debate.