El proyecto de una ciudad- empresa

Por Susana Murillo*

En los últimos meses han recrudecido las críticas hacia ciertas acciones del jefe de gobierno de la Ciudad de Buenos Aires. En este texto propongo que es necesario revisar la perspectiva desde la que se plantean tales críticas. Algunas de ellas, estimo, tienden a substancializar en un individuo y su entorno un proceso de enorme complejidad que es necesario desbrozar. La substancialización de procesos políticos en figuras individuales tiene el problema de que a veces deja escapar tras la malla de la crítica al individuo (la cual al mismo tiempo es necesaria e inevitable pues los humanos hacemos la historia) el proceso político social que se encapsula en figuras singulares. No afirmo con esto que tales figuras no deban ser denunciadas cuando cometen ilícitos, sólo pretendo escrutar la estrategia que los atraviesa.

La administración de la ciudad de Buenos Aires no expresa meramente los caprichos de un señor acostumbrado a decidir sin normas; este señor y sus maneras de ser existen con alto grado de probabilidad, pero nadie puede actuar con impunidad si no hay condiciones para ello. Y las condiciones de posibilidad de estas prácticas, conforman una trama histórico- social sobre la que es necesario abrir el debate.

La gestión que administra Buenos Aires encarna una política o un proyecto político que procura construir un nuevo paradigma de ciudad, se trata de la ciudad empresa. Éste es el problema que estimo debemos discutir y profundizar.

Buenos Aires fue “refundada imaginariamente” (Bauman, 1999) a fines de siglo XIX, bajo unos ideales, que aunque en buena medida eran retóricos, proclamaban la “igualdad” como uno de sus signos. En ese sentido, los higienistas diseñaron espacios públicos en los que a su juicio los ciudadanos aun siendo desiguales en fortuna deberían sentirse iguales ante la ley, dado que en ellos podrían transitar y mirarse como tales (Municipalidad de Buenos Aires, 1889). El espacio público y privado fueron organizados en parte por ese funcionariado médico que concebía a la higiene como un proyecto político, económico y ético. Muchas cosas han ocurrido desde entonces, sin embargo los lugares públicos fueron un lugar fundamental para la vida de la ciudad de Buenos Aires. La retórica de la igualdad, aun cuando intente controlar y sostener desigualdades, tuvo a nivel histórico ciertos efectos preformativos. En esa línea y aun con contradicciones, Buenos Aires no fue una ciudad guetificada. Es cierto que existieron las villas miseria desde los años treinta, es cierto que el tango, la literatura y el cine nos muestran barriadas pobres en contraste con zonas de opulencia; pero también es cierto que no había lugares completamente clausurados respecto del resto de la ciudad. “Villero” no fue durante algunos tiempos un adjetivo despectivo que poblara a nivel público el lenguaje habitual de las clases medias en Buenos Aires, al menos nadie podía pronunciar esos y otros términos racistas en público sin tener que abochornarse.

En todo caso ellos podían afirmarse en algunos espacios privados, pero no podían decirse a la luz pública sin tener algunos efectos de reprobación. Afirmo esto aun cuando no ignoro que un larvado racismo atraviesa la historia argentina.

Ese paradigma de ciudad conformado por los higienistas del siglo XIX sufrió transformaciones durante el siglo XX, sin embargo en las últimas décadas ha comenzado a mostrar una profunda mutación.

Si durante la dictadura de los ’70 el espacio urbano fue desindustrializado a fin de evitar revueltas obreras. En los ’90 comenzó a adquirir un aire farandulesco, acorde a la cultura de degradación que se imponía paulatinamente como modo de construir la apatía ciudadana (Murillo, 2004). Fue entonces cuando desembarcaron enviados del Manhattan Institute del grupo Bratton – Giuliani a fin de transformar la estructura de la ciudad (Wacquant, 2000). Pero su programa no lograba plasmarse merced a tercas resistencias de diversas organizaciones sociales y a ese imaginario, que aunque ambiguo, colocaba a la igualdad como un principio.

Hasta que la muerte, una vez más, logró reconfigurar el imaginario ciudadano. Cromañón fue un hecho siniestro cuyos efectos no terminan en la atroz muerte de 193 personas. El dolor de Cromañón fue colonizado por un proyecto que tenía ya varios años y poderosos impulsores quienes ahora sostenidos en esa pena colectiva lograron instalarse en la gestión de la ciudad a través del apoyo de buena parte de sus habitantes. El ejecutivo actual de la ciudad tiene un objetivo claro: transformar el espacio urbano, construir un nuevo paradigma en el cual aquellos aires de igualdad que de modo ambivalente supo tener Buenos Aires se perdieran.

Los principios de la ciudad- empresa.

Este nuevo paradigma trata de conformar la nueva ciudad- empresa sustentada en la abierta y manifiesta idea sostenida por diversos estrategas acerca de la natural desigualdad de los seres humanos (von Mises, Hayeck, Rawls). Si el liberalismo planteó una idea de igualdad que en la práctica cayó en contradicciones con la de propiedad y la de libertad. El neoliberalismo resolvió la paradoja asumiendo la inevitable y necesaria desigualdad. Ello supuso un diseño diverso del espacio, dado que la configuración del espacio hace a la conformación de relaciones sociales. Éste es el proyecto que debemos estudiar con cuidado.

Nadie puede pregonar abiertamente la desigualdad como bandera en una sociedad que se dice democrática. Pero no es necesario que algo sea manifestado explícitamente como principio para que se instale en la conciencia de los sujetos. La ideología, como han sostenido Gramsci y Althusser, no requiere de explicaciones racionales. La ideología es una materialidad que se inscribe en los cuerpos a través sus prácticas en los espacios. El nuevo paradigma de ciudad-empresa sugerido por los enviados de Bratton y Giuliani tiene varios principios básicos: la desigualdad natural, la centralidad del mercado, la competencia, el individuo y sus intereses como núcleo de todo proyecto, la pobreza como un destino irremediable y necesario de muchos, la seguridad de los que merced al trabajo y al ahorro poseen rentas, la negación de políticas de protección social universales y la función del Estado reducida a la tarea de policía que asegure que quienes no acepten su destino y se rebelen sean castigados con el menor costo posible para el mercado. No hago con esto sino resumir los principio que enuncia von Mises en La acción humana (Tratado de economía).

Ahora bien estos principios, según nos enseña el insigne estratega austríaco, son “principios formales” “a priori” presentes a lo largo de toda la historia, o en todo caso, usando otra terminología, son, según afirman los pensadores del arte neoliberal de gobierno, los principios fundamentales de la condición humana, que según se nos asegura han hecho grandes a algunos países europeos y a EEUU (von Mises, 1967: 1005 y ss.). Estos principios formales tienen en cada lugar su concreción diversa y por ello es menester recurrir a la historia a fin de actuar de acuerdo con el modo en que esos principios formales universales pueden desarrollarse mejor en cada lugar concreto (von Mises, 1967: 57). Es en ese sentido que el nuevo modelo de ciudad no podía implantarse por decreto en Buenos Aires, ciudad que aun con ambivalencias, gestó históricamente diversas luchas contra diferentes formas de desigualdad, ciudad en cuya historia laten vivas diversas jornadas desde principios de siglo XX, en las que el pueblo se ha manifestado aun enfrentando represiones diversas. Es, entre otras razones por esta historia y memorias de luchas que atraviesan Buenos Aires que los principios de la ciudad – empresa basados en la natural desigualdad, no podían desembarcar plácidamente, ellos requerían de cierto apoyo ciudadano.

Las condiciones de posibilidad para instalar el proyecto de ciudad- empresa.

Es aquí donde la colonización del dolor de Cromañón (y de tantos otros dolores que Cromañón resignificaba) a través de la construcción mediática de la inseguridad, vinieron a inclinar a buena parte de la ciudadanía a favor de una imaginaria figura que contrastando con el dolor, la muerte y la miseria, se presentaba como el emblema del éxito personal y empresarial, al tiempo que prometía lo que todo grupo opresor suele anunciar: “dejen en nuestras manos el problema y todas vuestras faltas serán canceladas”. Vano es moralizar de manera crítica a esos ciudadanos devenidos “vecinos” que asumieron tal interpelación. Si los humanos pudiésemos tener conciencia clara de todo lo que hacemos y pensamos, el mundo sería diverso. No es nuestra tarea moralizar, esto queda para quienes pueden sentirse lejos del barro de la historia. La construcción del miedo y la activa conformación de un imaginario centrado en la más repugnante degradación tienen en Buenos Aires una historia de al menos treinta y cinco años (podemos rastrear episodios más atrás, pero entiendo que este período tiene marcas especiales) (Murillo, 2004). Ellas funcionaron como condición de posibilidad para inclinar a buena parte de la ciudadanía a exigir seguridad sin mediaciones reflexivas. La apelación a la inseguridad, particularmente luego de la crisis del 2001, en una ciudad donde el terror ha funcionado efectivamente en el pasado, no es inocua.

Frente al terror el alma atenazada clama por una figura salvífica (Murillo, 2008). Pero esto sólo fue y es la condición de posibilidad para la construcción del olvido y la conformación del nuevo paradigma urbano.

El terror frente a la “inseguridad” operó en Buenos Aires como el vector que llevó a la aceptación de la “natural desigualdad”. El nuevo paradigma de ciudad, al que sin saberlo adhieren muchos “vecinos” de Buenos Aires se asienta sobre la aceptación de la desigualdad. Tal aceptación ha sido posible pues el curso de las cosas y los proyectos deliberados han construido un nosotros y una otredad que se instalan sigilosamente a partir de la vivencia de inseguridad. Tanto el nosotros como la otredad son significantes flotantes que cualquiera puede ocupar en cualquier situación. Ese carácter brumoso de esos términos es el que asegura su efectividad performativa. La otredad puede ser ocupada por cualquier figura amenazadora y en este vaivén los pobres se dibujan como los espantajos que la pueblan. Contra esa amenaza vaga, pero siempre presente, muchos “vecinos” no vacilan en suplicar o exigir seguridad. Estas súplicas y exigencias conforman un racismo que es la condición de posibilidad para la configuración del nuevo paradigma urbano.

Negocios y racismo urbano.

Pero este racismo no puede ser analizado como una mera cuestión moral. Él es el soporte cultural de acciones de empresas nacionales y transnacionales que han modificado las relaciones sociales y la geografía en Argentina. Estas acciones pueden sintetizarse en dos procesos que convergen y se complementan: la reestructuración del mundo rural y la construcción del nuevo paradigma urbano. No profundizaré aquí sobre el primer proceso, sólo lo mencionaré para indicar su conexión con el segundo.

La reestructuración del mundo rural es un fenómeno que comienza con toda fuerza a principios de la década del ’90 con el ingreso de las nuevas tecnologías y con ellas los agronegocios, la industria minera y los grandes proyectos ligados a la construcción de caminos para conectar el espacio de las pampas, los montes, la sierras, las montañas y ríos de Nuestra América con el mundo global. Este proceso de depredación se profundiza en aquellos territorios que poseen mayor biodiversidad. Pero al mismo tiempo ha modificado las relaciones de los hombres entre sí y con la tierra y ha ido expulsando paulatinamente a pequeños productores y trabajadores de sus lugares a través de diversas modalidades que van desde la violencia directa hasta las maniobras ilegales. Lo cierto es que tanto en Argentina como en otros países latinoamericanos la constante expulsión de pequeños campesinos criollos, afrodescendientes y de pueblos originarios no parece tener fin. El proceso expulsivo es a la vez sostenido por diversas estrategias discursivas que van desde la denegación del genocidio de los pueblos originarios(Hanglin, 2009a; Hanglin, 2009b), hasta la alabanza a sus culturas al tiempo que el abandono de sus vidas y tierras al arbitrio de poderosos que tienen nombre y apellido. Los nuevos negocios han producido una profunda concentración de tierras en pocos grupos (Giarraca, 2009). Los antiguos pobladores de zonas rurales son expulsados de sus tierras y migran a ciudades (Resistencia, Rosario Cipoletti, Buenos Aires, conurbano bonaerense entre otros).

Los nuevos rostros de la ciudad.

Como complemento de ese proceso de nuevos negocios y expulsión de campesinos pobres, la geografía de la ciudad se ha reconfigurado. Pero no nos descuidemos, la transformación no es sólo física y de estructura social, también el imaginario urbano se ha modificado. La estructuración del imaginario es fundamental para la conformación de un paradigma de ciudad: él puede apoyarlo o intentar desmantelarlo. Es aquí donde el análisis del territorio urbano se torna complejo y donde ningún razonamiento lineal es posible. Es aquí donde es menester adentrarse en contradicciones y reconocerlas como partes de ese horizonte que intentamos conocer.

La urbe que en el pasado tuvo aires de igualdad, cuyo color predominante era lo blanco de sus habitantes y cuyos visitantes extranjeros eran en buena medida ocasionales, ha cambiado. Hoy coexisten en ella turistas, hombres de negocios, funcionarios, clases medias en descenso, clases medias y altas enriquecidas recientemente por los nuevos negocios, viejas clases altas, nuevos y viejos pobres urbanos y muchos inmigrantes de diversos colores de piel y altos niveles de pobreza.

Los espacios ocupados por los migrantes y los nuevos y viejos pobres conforman lo que podríamos llamar “espacios abyectos” usando palabras de Isin y Rygel (2007). “Espacios abyectos” son lugares habitados por cuerpos carentes de voz, ignorados, denegados; esos espacios se caracterizan porque en ellos la ley puede ser suspendida y la violencia ejercida en silencio; son lugares en los que la existencia humana queda en suspenso, zonas sólo poblada por fantasmas, por figuras invisibles para los ojos del “nosotros”. Estas zonas se localizan en algunos barrios de Buenos Aires, en especial en la zona sur (aun cuando ésta está siendo paulatinamente gentrificada), en algunos espacios públicos y se prolongan de manera ominosa en buena parte del conurbano. En todos ellos habitan personas que transitan la ciudad buscando trabajo, cobertura sanitaria o alguna vivienda.

Ellos conforman esa otredad amenazadora sobre la cual insisten los medios en su incesante letanía acerca de la inseguridad, cuyo mapa puede leerse en Internet o en un GPS que nos indica ahora zonas de riesgo por donde nadie que pertenezca al “nosotros” debe transitar. Ahora sí nos encontramos frente a una ciudad progresivamente guetificada de modo explícito.

El espacio así delimitado ostenta a la desigualdad como un atributo natural e inevitable de la humana condición y clama por la expulsión de la otredad a fin de que se reimplanten los lugares seguros para que el mercado funcione. Erróneo sería en este contexto entender al mercado como una feria a la que concurren comerciantes.

“Mercado” alude a una sociedad en la que todos los individuos son libres y pueden optar por aquello que más convenga a sus intereses en tanto no atenten contra el funcionamiento del todo; mercado no reduce las relaciones humanas a relaciones económicas en sentido estricto, él es “el punto donde convergen las actuaciones de las gentes y, al tiempo, el centro donde se originan (von Mises, 1967: 334). O tal vez  conforma a la vida en un constante mercadeo, podríamos decir dando vueltas los asertos del paródico discurso neoliberal. Finalmente el ideario de von Mises se ha implantado sin que fuese necesario desarrollar su discurso a nivel público.

En este contexto la ciudad ofrece diversos rostros: zonas de lujosa obscenidad, espacios exóticos para turistas que son gentrificados y de donde son expulsados silenciosamente los pobres, antiguos barrios invadidos por imposibles torres de departamentos, casas que están perdiendo su antiguo confort y espacios abyectos donde habita la otredad. Los espacios abyectos son villas, hoteles, calles, plazas y edificios privados o públicos cuyos habitantes no tienen títulos de propiedad o contratos de alquiler. Ellos juegan un doble rol: por un lado son el refugio de “cuerpos abyectos”.

Por otra parte, esos espacios albergan a la “fuerza de trabajo” barata, si se me permite la expresión algo impropia, en la que habitan aquéllos que desarrollan tareas para una enorme cantidad de negocios ilegales que han florecido en las últimas décadas: desde el tráfico de personas hasta el de armas, bienes de consumo de contrabando o drogas. Según diversos especialistas consultados es difícil conocer los alcances del capital ilegal en el mundo en general y en Argentina en particular. Pero lo cierto es que esas actividades requieren de esos cuerpos abyectos para sus transacciones. También parece plausible pensar que muchos miembros del nosotros satisfacen sus más obscuras pasiones o sus más exquisitos deleites de modo oculto, utilizando servicios que esos cuerpos denegados procuran. Al mismo tiempo, y de un modo que puede parecer paradojal, el nosotros proyecta en esos cuerpos abyectos que conforman la otredad amenzadora todos los propios miedos. Miedos que son un efecto previsto por el modelo que se impuso en Argentina en los ’90, con antecedentes en los ’70 y que construye inseguridades de todo tipo.

El miedo a la inseguridad no es una consecuencia indeseada, sino un estímulo buscado para alentar a la competencia individualista, la cual es el corazón mismo de la ciudad empresa- conformada por muchos “empresarios de sí mismos” (Foucault, 2007) cuyo único objetivo radica en buscar la propia utilidad. Ciudad – empresa pensada como lugar de mercado donde los “vecinos” se transforman en “empresarios” competidores que en su juego temen perder la casa, los amigos, la vida… En el mundo de la ciudadempresa sostenida en el imaginario de la desigualdad natural el miedo al otro se conforma como la principal tecnología de gobierno de los vecinos – empresarios de sí mismos. Esto puede leerse con toda claridad en propuestas de participación ciudadana planteadas por organismos internacionales, en las que la desconfianza hacia el prójimo es asumida como necesaria para el buen funcionamiento de la sociedad (Banco Mundial, 2003).

La tecnología del miedo y el rechazo a la otredad está en profunda articulación con los mensajes destructivos de los grandes medios, vehículos de las estrategias discursivas de las nuevas elites. Una vez más negocios y cultura se enlazan: los dueños o estrellas de grandes grupos mediáticos son a la vez propietarios o tienen diversos vínculos con los miembros de las élites ligadas a los nuevos negocios. Estos grupos no vacilan en construir constantemente un show mezcla de horror y risueña banalidad que se imprime en las prácticas cotidianas sin apelar a grandes discursos. A través de ese show, la competencia, el individualismo, el egoísmo, la desigualdad se conforman en algo natural e inevitable. También se naturaliza la necesidad de expulsar a quienes encarnan la forma de la otredad amenazadora.

“La calle es un caos” es la frase constantemente repetida (el caos puede aludir al tránsito, el estado del tiempo o más frecuentemente a alguna protesta de trabajadores ocupados o desocupados y, en los últimos tiempos a alguna multitud de forajidos que claman por viviendas). Es frecuente ir fuera de Buenos Aires y que las buenas gentes de otros lares pregunten cómo hacemos para vivir aquí sin que nos maten. En diversas entrevistas se evidencia cómo el show televisivo y gráfico construyen un imaginario de horror, que sólo se calma a la hora de departir grupalmente frente al televisor acerca de groseras banalidades de la vida de los “famosos”.

Este imaginario tiene profundas connotaciones políticas. Él intenta mostrar toda pérdida de autoridad por parte de el gobierno nacional, al tiempo que clama por la judicialización de varios tipos de personas: 1) las organizaciones sociales, 2) los trabajadores ocupados o desocupados que claman por sus derechos, 3) los pobres que ntentan trabajar en las calles en empleos improvisados, 4) los grupos considerados marginales, 5) los que habiéndolo perdido todo, viven en las calles.

Todo imaginario oculta y desoculta al mismo tiempo. En esa clave lo silenciado es entre otras cosas la proliferación de pésimas construcciones edilicias que generan graves riesgos a la calidad de vida en la ciudad o la ausencia de políticas de salud, educación y viviendas acorde a las necesidades sociales. Pero es que los nuevos negocios no ocurren sólo en el ámbito rural, por el contrario, buena parte de lo allí obtenido se diversifica en inversiones en la construcción y otros negocios urbanos.

El imaginario de la inseguridad se refuerza a través de la construcción del Mapa de Inseguridad acompañado de invitaciones a efectuar denuncias anónimas por teléfono. Al mismo tiempo, las cámaras se multiplican en los espacios públicos a fin de controlar los movimientos y las vallas, solicitadas por “asambleas de vecinos” impiden que los pobres duerman en las plazas. Paralelamente, las manifestaciones de diverso tipo, que han sido tradicionales en Buenos Aires, son pogresivamente criminalizadas cuando ellas reclaman derechos de los denominados “vulnerables”.

Pero bien, lo cierto es que ese constante movimiento de ocultar desocultando produce señales de alarma en muchos miembros del nosotros, señales que reactivan todos los terrores del pasado y las inseguridades del presente.

La reconfiguración de los espacios en el nuevo paradigma urbano.

En este escenario, la constante observación de Buenos Aires muestra que ella es la vidriera de la construcción de un nuevo paradigma urbano. En él la reconfiguración de los espacios supone dos movimientos convergentes: la expulsión de pobres y clases medias bajas y la apropiación por parte de empresas privadas de diversos terrenos con el apoyo de gobierno local. Para el año 2010 el gobierno de la ciudad incrementó el presupuesto para hacer los espacios públicos más bellos y seguros y redujo o no ejecutó el destinado a salud, educación y construcciones de viviendas populares. Esta política es llevada adelante con la colaboración de grupos privados, por ejemplo la “Corporación Buenos Aires Sur” creada en el año 2000 y la Corporación Antiguo Puerto Madero. Desde el año 2009 intensos debates entre vecinos, grupos políticos y el ejecutivo local se desarrollan en torno a la iniciativa del ejecutivo de la ciudad de crear la “Corporación Puerta Norte”. Esto ocurrió luego de que el mismo ejecutivo vetara la ley de Emergencia Habitacional que suspendía desalojos de vecinos que habitan espacios sin título de propiedad (Pertot, 2009). La Corporación Puerta Norte podría administrar una zona de altísimo valor inmobiliario ubicada en terrenos que habían sido expropiados durante la última dictadura militar para construir una prolongación de la Panamericana a través de los barrios de Saavedra y Villa Urquiza. El argumento esgrimido consiste en “explotarlos económicamente para conseguir fondos para Educación, Salud y Transportes” (Novillo, 2009). Para ello la Corporación tendría como objetivo “desarrollar todo tipo de operaciones inmobiliarias relacionadas con los inmuebles que le transfiera la ciudad o que adquiera por el producto de su actividad.” Sus atribuciones le permitirían: “Plena capacidad para, por cuenta propia, de terceros o asociada a terceros, comprar, vender, permutar, dar en locación, en leasing, fideicomiso, explotar y administrar bienes urbanos y rurales; licitaciones públicas o privadas, viviendas individuales, y colectivas o ampliaciones, la realización de loteos, fraccionamiento y todas las operaciones sobre inmuebles que regula el régimen de la propiedad común”. Este tipo de iniciativas representan “un atajo para poder gestionar con controles débiles, porque este tipo de sociedades se rigen por la Ley de Sociedades Comerciales y eluden todas las reglas de la administración pública. Por ejemplo, la ‘ley Michetti’, que es la ley de compras de la ciudad. Tienen la posibilidad de crear sus propios reglamentos. Tampoco aplicaría la ley de obra pública, que hace a la transparencia”, advirtió la auditora general de la ciudad, Paula Olivito” (Pertot, 2009). Por su parte, el legislador de la CTA, Martín Hourest, sostuvo que “el Gobierno parecería querer segregar los espacios de mayor dinamismo a una lógica del manejo de territorio por fuera de los organismos tradicionales del Estado. El cinturón más alto, Puerto Madero, se maneja por una corporación. El cinturón sur, donde viven las clases más bajas, se maneja por otra: la corporación Buenos Aires al Sur, a la que se le ha trasferido el manejo de políticas en las villas. En Puerta Norte, se encargarían de un proceso de urbanización para otro tipo de sectores, en el marco de un área que es lindera con emprendimientos de altísimos ingresos como el shopping DOT. Me da la impresión de que el manejo de la ciudad no persigue un objetivo estratégico pensado para la gente, sino someter la planificación pública a mecanismos de especulación inmobiliaria.”(Hourest, 2009). En síntesis según diversas fuentes todo parece apuntar a que “la corporación que busca crear el Gobierno porteño es una herramienta para poder explotar bienes del Estado sin las habituales trabas burocráticas”(Kellmer, 2009). “Con esos emprendimientos con terceros, están esperando que haya condiciones en el mercado para asociarse con un privado. Y allí la dirección estratégica del territorio la va a marcar el privado, como ocurre en la Corporación Sur, que se convirtió en una inmobiliaria para lavar dinero”(Pertot, 2009). Algunas asociaciones de vecinos han denunciado a estas corporaciones que desarrollan importantes negocios privatizando tierras públicas o edificios municipales habitados por pobres, o apropiándose de espacios verdes(Vecinos de la Ex AU-3, 2009). En tanto otras, en consonancia con las ideas de von Mises las presentan como los actores necesarios para llevar adelante una “reivindicación histórica” (Prensa Rotaria, 2009), al tiempo que en diversas páginas de Internet se leen expresiones individuales en las que se clama por la expulsión de los habitantes de esa zona y la conformación de un espacio residencial. Todo indica que se intenta naturalizar la subordinación de manera explícita y sin tapujos, de la política a las decisiones de grandes grupos económicos.

La expulsión de pobres y clases medias

En esta línea de construcción de una ciudad- empresa, la expulsión de cuerpos abyectos se torna fundamental. Esto puede corroborarse en el informe de la Defensoría del Pueblo de la Ciudad de Buenos Aires quien a fines de 2009 indicaba que entre 2008 y 2009 se había profundizado la violencia contra los más vulnerables (Ciudad de Buenos Aires, 2009).

La estrategia apunta claramente a: 1) erradicar los espacios ocupados por los pobres y clases medias bajas; 2) incrementar los impuestos y diversas formas de recaudación en la ciudad; 3) transformar los espacios públicos en lugares privados; 4) Impulsar construcciones lujosas y atractivas para turistas, grupos de alto nivel adquisitivo y hombres de negocios; 4) borrar las memorias históricas que aún habitan de manera viva a la ciudad en los cuerpos de muchos de sus habitantes y de los que vienen del conurbano u otros lugares de América Latina.

En este punto es donde la criminalización de la pobreza, junto al paulatino incremento de todo tipo de tasas cobran significado político. Un significado que excede al imaginario de la inseguridad (concepto que carece de una precisa definición y que no está sostenido en ningún tipo de estadísticas confiables según podemos constatar en el informe del Procurador Penitenciario de la Nación, 2009 y en Daroqui, 2009). El incremento de tasas posibilita la expulsión de clases medias en descenso y la adquisición de sus terrenos a precios bajos para el Mercado internacional. Al mismo tiempo engorda el tesoro destinado al reforzamiento de grupos destinados a construir una vigilancia policial constante que transforme a la ciudad en un espacio seguro para privilegiados bajo los principios políticos de la política de “Ventanas Rotas”.

Es en esta estrategia que es necesario leer la puesta en vigencia del Código Contravencional que abolió el Código de Convivencia; la creación de la Unidad de Control del Espacio Público (UCEP) que ha apelado a métodos paramilitares para expulsar a pobres de casas y calles; los nombramientos de personas ligadas al terror de Estado en cargos públicos y una serie de actividades de escuchas ilegales a diversas personas; así como la vigilancia y control de niños, adolescentes, jóvenes estudiantes y docentes que claman por mejores condiciones edilicias en los establecimientos educativos de carácter público a través de propuestas como el Programa de Mitigación de Riesgos de Escuelas. Este programa cuya Unidad ejecutora fue creada en el 2007 (Gobierno de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, 2007) estaría monitoreado entre otros por propietarios de empresas privadas de seguridad (Veiga, 2009).

Muchas de estas iniciativas han sido desactivadas merced a acciones de grupos la sociedad civil, así por ejemplo la UCEP fue desmantelada, aunque se afirma que sus miembros siguen actuando en espacios públicos. Han sido las diversas resistencias las que han obstruido hasta ahora la profundización del proyecto, es necesario conocer más y mejor los meandros de esta estrategia y crear conciencia acerca de ella.

La ciudad de Buenos Aires parece la vidriera de este proyecto, sin embargo es plausible aventurar que diversos grupos económico- politicos estén interesados en trasladar tal esquema a ciudades del interior a las que sería menester despertar de su tranquilo sopor provinciano.

*Susana Murillo es Doctora en Ciencias Sociales Universidad de Buenos Aires (UBA) Magister en Política científica (UBA). Profesora en Filosofía. (UBA). Licenciada en Psicología (UBA). Profesora Titular en la Facultad de Ciencias Sociales (UBA). Becaria Senior de CLACSO (2005). Directora de investigación en el Programa UBACyT de la UBA. Miembro de la Comisión de la Maestría de Políticas Sociales de la UBA.

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