Alejandro Horowicz: Cristina Fernández hizo en su discurso en Comodoro Py una especie de “linaje” apretado: una historia de los gobiernos populares, y allí se puede leer el modelo de una estructura de derrota

Hay por lo menos dos versiones de cualquier escena histórica decisiva. Una  pone el acento en los elementos regresivos, y tiene la virtud de subrayar lo obvio. No se trata de ignorarla en nombre de la “originalidad”, pero el problema relevante suele ser otro. En este caso, ¿qué le pasa al movimiento popular para ser derrotado siempre en determinadas condiciones? Cristina Fernández hizo en su discurso en Comodoro Py una especie de “linaje” apretado: una historia de los gobiernos populares, y allí se puede leer el modelo de una estructura de derrota.

Pensemos en el golpe del 30, que se hizo con los cadetes del liceo militar. ¿Por qué? No respondía al general Uriburu – jefe nominal de los golpistas-  ningún cuerpo de ejército. Los cinco cuerpos reconocían a Hipólito Yrigoyen presidente de la república. El Ministro de Guerra, el general Dellepiane (que reprimió sin autorización durante la Semana Trágica, en esos casos no hace falta pedirla) estaba en condiciones de arrestar a los cuarenta pelucones que  organizaron el golpe a la luz del sol, vociferando en la redacción de La Fronda. El presidente  se lo prohíbe y  el ministro no tiene opción: renuncia. De modo que Yrigoyen cayó porque no estuvo dispuesto a reprimir a los golpistas, a  defender el gobierno popular empleando las FF.AA. Y esta es una falencia democrática mayúscula: no defender el derecho de la mayoría a gobernar contra el bloque de clases dominantes: aceptar que en última instancia mandan ellos.

Los gobiernos radicales

La UCR cada vez que tiene una “crisis militar” hace lo mismo que hizo que Yrigoyen, vale recordar la crisis de “azules” y “colorados” con Arturo Frondizi. Campo de Mayo respondía al presidente, no era la irrepetible situación de Yrigoyen, pero tenía el poder de fuego suficiente para aplastar al levantamiento de los colorados. El jefe del primer cuerpo ejército le pidió al presidente Frondizi que se apersonara en Campo de mayo, e impartiera la orden de reprimir delante de su Estado Mayor; para que quedara claro que no actuaba autónomamente, sino que obedecía órdenes expresas del presidente de la República, al que reconocía como comandante en jefe de las FF.AA.    Exigía aval político para reprimir a sus camaradas. Frondizi le dijo telefónicamente que iría, todavía está llegando.

Eso recuerda a las marchas “forzadas” del general Alais (otro heroico combatiente de la democracia). En su momento suponíamos, con cierta ingenuidad, que Raúl Alfonsín tenía un ejército dividido entre insurgentes “activos” y “pasivos”; activos eran los que se rebelaban abiertamente, pasivos los que sin rebelarse se negaban a reprimir; o sea que no tenía capacidad para la acción directa. Pero Carlos Menem demostró que no era cierto, bastaba que el presidente se disponga a la acción, para que el ejército haga lo propio. Alejandro Agustín Lanusse mientras escribía “Confesiones de un General” (libro del cual fui editor) me explicó que si el presidente se para en su condición de Comandante y le ordena al militar a cargo del control perimetral que tire, como el oficial no está preparado para desobedecer, tira. Investigando la situación de Alais, Rodolfo Pandolfi[1] averiguó que éste  no solamente era un general democrático (cosa que aclaraba porque era concuñado del ominoso general Suárez Mason, y eso podía llevar a conclusiones apresuradas), sino que además era un general alfonsinista; y  por tanto había cumplido órdenes estrictas del presidente de la república. Al ser consultado Harguindeguy (jefe de Estado mayor) repitió exactamente los dichos de Alais. Entonces, como última ratio Pandolfi interroga al ya entonces ex presidente. La explicación de Alfonsín fue tajante: no se trataba de de reprimir, sino de evitar el derramamiento de sangre. Pues bien, si se trataba de reprimir, de dejar en claro quién manda. Sobre todo, tras una dictadura burguesa terrorista. Y Alfonsín no lo hizo pese a que contaba con todo el arco parlamentario, todas las cámaras empresarias, y la compacta mayoría de la sociedad argentina.

Los tres ejemplos (Yrigoyen, Frondizi y Alfonsín) habilitan una conclusión que formulare bajo la forma de tesis fuerte, una tesis que casi no admite demostración en contra: la UCR nunca estuvo dispuesta a gobernar en contra de la voluntad del bloque de clases dominantes; basta que sus integrantes conspicuos hagan saber con  firmeza militar que no los quiere más, para que los radicales sin resistirse se retiren del gobierno. Todo cambia  si los destinatarios de la represalia son integrantes de los sectores populares, como en diciembre del 2001, o en el Frigorífico Lisandro de la Torre (Plan Conintes mediante) o de peones chilenos en la Patagonia en la década del 20. En todos estos casos no tuvieron dudas: reprimieron sin contemplaciones.

El peronismo y la Libertadora

Concluido el modelo de derrota radical, podemos pasar al modelo peronista. Analicemos la caída de Juan Domingo Perón en setiembre de 1955; el general  Eduardo Lonardi era un oficial retirado y por tanto no tenía mando de tropa; disponía de su pistola 45 reglamentaria y la voluntad de matar o morir, no más que eso. Había, eso es cierto,  grupos civiles armados (los célebres comandos) políticamente dirigidos por la Iglesia Católica. Pedro Eugenio Aramburu tenía exactamente lo mismo que Lonardi, sin la decisión de Lonardi y sin la ambivalencia del coronel Juan Bautista Turconi; por tanto lo sacaron sin mayores problemas del cuartel de Curuzu Cuatiá. Eso si, nadie lo arrestó, lo dejaron marchar sin más. Lonardi en cambio le apuntó al militar a cargo de la Escuela de Artillería en Córdoba, el dubitativo Turconi, y de general sin tropas se transformó primero en oficial con tropas, y luego tras algunos movimientos en militar con capacidad de resistir; el contralmirante Isaac Rojas, con la Marina detrás, amenazó con bombardear la destilería de La Plata. Perón aún estaba en perfectas condiciones de despedazarlos, pero decidió no hacerlo. No renunció, pero permitió que la resolución de la crisis pasara al generalato en lugar de ponerse a la cabeza de la defensa del gobierno popular. Voy a señalar que años más tarde Perón se arrepintió, pues no había evaluado las consecuencias históricas de su caída. Pensaba que Ni vencedores ni vencidos era un término posible, no lo era, siempre que hay vencedores suele haber vencidos, eso nos enseña la historia del enfrentamiento político. Verificar esta última afirmación, no es particularmente complejo.

La primera guerra mundial es una guerra inter-imperialista de la que no surge un vencedor definitivo. Detrás de la derrota alemana y la victoria anglo-francesa -amparada por los EEUU- emerge la Revolución Rusa, revolución que parece una posible solución a otra escala y en otra dirección histórica del irresuelto problema 1914-1918. Pero el movimiento del cual la revolución bolchevique emerge termina siendo destrozado: en China en 1927, y antes en Alemania, Hungría e Italia. Es precisamente el Duce y el movimiento contrarrevolucionario, que expresaba el fascismo italiano, el que tomaría preponderancia en Europa, no la III Internacional.

Clausurada la posibilidad de una revolución socialista europea victoriosa en la guerra civil española (1936 – 1939) se vuelve a potenciar el enfrentamiento entre las diferentes burguesías imperialistas, y un proceso de reparto definitivo  estabiliza el mercado mundial cuando culmina la Segunda Guerra, convalidado como acuerdo Soviético-Norteamericano. Ese orden internacional construye un fenómeno de bipolaridad política -que en muchos casos leímos en forma equivocada, como una transformación de las condiciones de la lucha revolucionaria – la historia no fue esa, basta ver como concluyó la URSS y asomarnos a lo que pasa en China para entender cuál terminó siendo la dirección de los acontecimientos. No era una versión del “socialismo real” que se abría paso a los tropezones, sino una poderosa burocracia contrarrevolucionaria que sustituyó el movimiento de masas; y cada vez que este intentaba resquebrajar su poder, la represión abierta – Varsovia, Praga, Berlín, etc – reformulaba los términos del Muro de Berlín. En esas condiciones se desenvolvieron los movimientos populares de postguerra, que no eran socialistas y los otros también claro. Y en esas condiciones la gramática del mercado mundial impuso sus propios términos.

El movimiento que encabeza el Coronel Juan Domingo Perón expresa ese nuevo equilibrio internacional (en Los cuatro peronismos sostengo que se trata de una “Yalta” local) a caballo de una dinámica política novedosa en la historia argentina: el ingreso de la clase obrera a la república parlamentaria, transformando las decisiones nacionales. No se trata de ignorar que la clase obrera pre-existía, que hubo partidos que intentaron expresarla antes. Pero resulta fundamental comprender la idea que el movimiento obrero produjo ese 17 de octubre fundacional: el nuevo orden político solo podía ser acordado por consenso en elecciones; y para que fuera posible  desempató en el delicado equilibrio interno de las  fuerzas militares; al lograrlo cristalizó el reordenamiento político conservador  -la Unión Democrática-  y organizó luego su propio partido basado en los sindicatos, el Laborismo, instrumento decisivo para la victoria electoral y política del coronel Perón.

El 17 de octubre determinó la liberación de Perón, pero no lo repusieron en sus cargos: no volvió a la secretaría de Trabajo y Previsión Social, ni al ministerio de Guerra, ni a la vicepresidencia de la República. Es transformado en jefe de un movimiento  que decide no combatir para reponerlo en sus cargos. Los trabajadores se organizan políticamente a través del Partido Laborista y Perón contribuye (sabiendo de las limitaciones electorales de este nuevo emprendimiento) fracturando un segmento menor del viejo radicalismo. Esa alianza electoral le permite obtener la victoria, victoria que no iba a contrapelo de la tendencia mundial, pero sí en dirección contraria a los intereses inmediatos del bloque de clases dominantes de la Argentina. Estas no estaban de ningún modo interesadas en construir una suerte de estado de bienestar, en repartir más democráticamente el ingreso nacional.  Si se mira el resto de América latina esto queda muy claro: la ausencia de un movimiento  equivalente al peronismo impidió una dirección sudamericana común. Por eso, los escarceos tipo ABC – Argentina, Brasil y Chile – jamás abandonaron el nivel de las buenas intenciones. Inclusive siendo el gobierno de Perón el respaldo que posibilitó la victoria insurreccional del MNR boliviano  (la revolución del 52), no supuso una estrategia compartida. Situación que debilitó la autonomía relativa del gobierno popular.

Entonces, cuando llega el momento del 55, el general no pone “toda la carne en el asador”;  situación que amerita una mirada  a fondo: analizar -no como evaluación moral- el significado de semejante derrota política. Considerar su impacto en una Dirección responsable de una derrota histórica. Cuando observamos las elecciones constituyentes del 57, vemos que la primera fuerza política la componen quienes no votan, pero si comparamos el número de los que no votaron con quienes votaron a Perón en su reelección el año 51, vamos a ver que apenas son un poco más de la mitad. Este es el primer costo de una derrota política: una reducción significativa y veloz de aquellos que estaban dispuestos a apoyar y quienes ya dejaron de estar dispuestos.

¿Y cómo sigue tan decisiva cuenta? De la abstención electoral del 57 – impuesta por la Libertadora – pasamos al acuerdo entre John W. Cooke (que no era precisamente un blandito) y Rogelio Frigerio, a apoyar la candidatura de Arturo Frondizi avalado por Perón; conviene recordar que hasta no muchos meses antes estaban ambos dispuestos a respaldar la estrategia insurreccional, defendida a fuerza de “caños” y sabotaje. Hasta que los trabajadores empiezan a retirarse, a ocuparse de sus cosas. Y esa política dura encuentra su frontera blanda. Frondizi gana por supuesto la elección, pero no suma todos los votos de la abstención, porque 800 mil “peronistas” vuelven a votar de la misma forma –en blanco-, y los otros – la compacta mayoría del 51 – votan a Frondizi. No quiero discutir en esta oportunidad  si está bien o mal apoyar a la UCRI. Solo cuantifico los costos. Si miramos la elección presidencial que arroja la victoria  de Arturo Humberto Illía, en 1963, observamos que la primera fuerza no es ya el voto en blanco. Es decir, esa estrategia ha sido archivada por el proceso político.

Esto no quiere decir (como la Libertadora entendía) la “desperonización” de la sociedad. Quiere decir (como entendían bien hombres y mujeres de a pie) un cambio de pesos relativos al interior de esa sociedad nada despreciable; el aislamiento político y social del movimiento obrero, que fue el único punto de recomposición real del segundo peronismo en todo ese proceso. Pero al mismo tiempo esa dirección política del movimiento obrero a partir del 55 –que no es la dirección anterior, borrada por el Golpe, a fuerza de prisión, proscripciones y cobardía- fue preciso construir una dirección nueva del movimiento, que era de otra generación y otra experiencia; esa “nueva” dirección no jugó prácticamente ningún rol político en el retorno de Perón en 1972. Este es el punto en el que debemos evaluar la naturaleza de una derrota en el largo plazo. El argumento no es “bueno”, puede sostener un hombre práctico, ya que Perón “volvió y ganó”; cierto, pero  eso ocurrió 17 años más tarde, después de casi ser un jubilado político. Sin el arribo dinámico de la militancia universitaria que construiría la base de la tendencia, junto con los nuevos segmentos dinámicos del movimiento obrero, Perón carecía de tropa propia. La militancia sindical del segundo peronismo no le respondía, como quedo claro el 17 de noviembre de 1972.

El proceso actual en el país y la región

Trato de poner esto en foco con cierto rigor, rigor que impone  la “particularidad” de ESTA derrota. Que no puede homologarse a las anteriores en nuestra historia: primero no hubo un golpe de estado, y luego, porque el gobierno que arrancó en el 2003 no lo hizo desde un punto favorable en la curva histórica del capitalismo globalizado, y tampoco lo hace desde una victoria del movimiento popular (más bien al revés); y las condiciones para resistir el actual embate,  son mucho menos halagüeñas. Una de las razones materiales: Dilma no entendió una idea clave del comandante Chávez; el Banco del Sur; no tuvo adecuada perspectiva; no es lo mismo construir  instrumentos a escala sudamericana, con moneda propia, que depender del sistema financiero internacional para enfrentar desafíos a la escala que esta etapa histórica requiere.

La derrota de Cristina

La Argentina tuvo una batalla política central en el 2008 que fue la 125, allí hubo casi un división de la sociedad en términos de mitades. Que un hombre o una mujer se comporte como si tuviese 15 o 20 millones de dólares en la Pampa Húmeda, cuando no tiene una maceta, y razone igual que las patronales agrarias es un fenómeno mucho más profundo, que no logra Clarín con una tapa, cinco u ochenta. Marca los sentimientos profundos de una sociedad, el horizonte de valores compartidos.

Es el problema de la hegemonía cultural, cuya resolución no pasa por cuatro personas charlando por 6,7,8 y dos festivales de música popular. Mirando de manera contra-fáctica el conflicto campero, algunos proponían (con cierta liviandad, pero de buena fe) que la solución pasaba por la nacionalización del comercio exterior, o la constitución de un nuevo IAPI, cuando estas medidas en el año 2008 no pesan igual que en 1946. Pero se podía pensar y hacer con menos alharaca; la creación de una empresa pública sudamericana que compre granos, alquile campos y exporte a escala global era un instrumento adecuado; impactaba la estructura de precios relativos a escala regional. No estamos hablando de radicalización dura y pura, decimos una empresa pública que pueda funcionar como testigo, que garantice el precio  sostén porque tiene margen para hacerlo, afecta el funcionamiento oligopólico del mercado de granos; es decir, redistribuye poder en el mercado interno, sobre todo si se la respalda con la necesaria voluntad política.

Con el diario del lunes, es cierto, todo es más sencillo. Pero hubo quienes lo pensaron en su momento. Uno de los ministros que tenía poder de veto (y aquí entra el problema de la ideología compartida y el horizonte común) sostuvo que el capitalismo privado es mucho más competente y eficaz que el público; entonces no se hizo. Un ejercicio contra-fáctico tiene valor relativo, pero se podían jugar las barajas de otro modo (lo que no implica que los resultados hubiesen sido necesariamente mejores) aunque es indudable que las reservas del Banco Central hoy serían otras. Y cuando se observa la relación entre las reservas y el comercio exterior argentino, se descubre que se fugaron alrededor de 150 mil millones de dólares, tres veces el mejor nivel de reservas que el BCRA tuvo en todo este proceso en los 12 años k.

Si una empresa pública compra y vende, a escala sudamericana, la fuga hubiese sido más chica. Lo que asegura otro escenario político, más allá de la elección de tal o cual candidato político. Entre el 2003 y el 2008 el viento de cola del mercado mundial permitió que hubiera dólares suficientes para la fuga al sistema financiero internacional, para el pago de los servicios de la deuda y para incrementar las reservas del Central. No bien esto dejo de ser así el gobierno se hizo con el control de los fondos de las AFJP – para evitar su total descapitalización y para defender su necesidad de dólares-, y el romance con el bloque de clases dominantes concluyó abruptamente; entonces, las condiciones para la política K se angostaron.

Si hablamos del candidato, hay que decir que a Daniel Scioli no se le dio la menor chance. ¿Si un gobernador de la provincia de Buenos Aires no podía arreglar salarios con sus docentes, que podía resolver? Nadie puede saber qué hubiera pasado si ganaba Scioli; algo es evidente: no tenía legitimidad para imponer semejante ajuste; por lo tanto, la compacta mayoría tenía el derecho manifiesto a defenderse en otras condiciones políticas. Equiparar una situación con otra remite a una muy pobre comprensión política. Con esto quiero remarcar que el sujeto  de la enunciación no es un problema gramatical sino político. Si un gobierno votado para el ajuste sin más, como el de Mauricio Macri, tiene grandes dificultades para llevarlo a cabo, uno votado en dirección opuesta hubiera terminado retrocediendo en chancletas. Esta resulta una realidad palpable para los afectados, ya que el comportamiento de la dirigencia sindical no diferiría poco. Cortito y al pie: organizar una vez más otra política de saqueo, ya que de eso se trata, hubiera requerido construir la derrota que la elección le auto-infligió al movimiento.

Razonar esta derrota política supone –si estamos dispuestos de verdad a modificar su curso- no crucificar apresuradamente.  Los balances deben ser compartidos, y para serlo no pueden no ser colectivos. Una dirección política – de un movimiento que no debate desde la muerte del general Perón -  no puede ser una decisión “individual”. Una construcción de esta envergadura reproduce la gramática del mercado de las palabras: todos participan y nadie es capaz de determinar “per se” que palabra, consigna o idea va a hegemonizar; por tanto, termina siendo una resolución complejamente democrática. No alcanza con alguien que se postule y los otros lo voten para tener jefe; a lo sumo si alguien se postula y los otros lo votan, tenemos el ganador de una elección, no un Jefe. Cuando el senador Pichetto nos aclara su idea tan norteamericana de la política – los ex presidentes se retiran de la vida política activa- prueba que es más necio que traidor. Cristina demostró en Comodoro Py como avanza el poroteo, y no porque tiene un cargo; mientras que al pobre Pichetto, en caso que tenga que testificar en algún juzgado, difícilmente lo acompañe alguien más que su señora esposa.

Pensar el conjunto del comportamiento político durante doce años, ese es el problema: no una escena o una circunstancia aislada. Eso no quiere decir que no haya escenas y circunstancias, pero no se pueden explicar aisladamente, una a una, sino como parte de un piolín que organiza el sentido del conjunto. Cuando Néstor Kirchner arranca su gobierno, estábamos “en el fondo del pozo”; para salir del fondo todos los tranvías sirven – vale destacar que para quienes están en ese fondo, no es poco-, pero confundir semejante salida con  la formulación una estrategia política constituye un grave error. Estrategia supone ubicar, definir las fichas, dejar en claro hacia dónde pretendo avanzar, determinar un orden de prioridades políticas, y entender y hacer entender qué nos proponemos conseguir. Los cuadros políticos no surgen de una biblioteca; Borges cuenta su autobiografía en esos términos, creerle es otra cosa. Leer esta bueno, pero desde el autodidacta de Sartre sabemos que se trata de saber para que se lee.  Leer sin más, ser culto, esa es una visión liberal de la formación; los cuadros políticos son cuadros de una política; una política sin enunciar posee en el mejor de los casos hombres y mujeres inteligentes, pero no dispone de cuadros. Para serlo esa política debe ser enunciada. En ese punto estamos: definir una política que permita la construcción de cuadros.  Y desde ahí reorientar el movimiento.

Cuando observamos los tres principales candidatos que disputaron las últimas elecciones presidenciales, se observa una matriz, no un “error”. No remite a la crisis educativa, no desconozco que existe, pero esto es otra cosa; tiene que ver con una lógica organizativa que yo denominé política de los intendentes. Una política territorial donde no hay delimitación alguna,  ni puede haberla -porque entre otras cosas, los intendentes responden a aquel que aporta los fondos-. Esa es la idea gerencial de la política, su privatización. Esa idea de política hace políticos – intendentes: arreglan la vereda, impiden que haya dengue, aseguran que no pierdan los caños, etc; en suma: un horizonte municipal. ¿Todo lo demás? Asunto de “expertos”. Ellos deciden lo “mejor”. Entonces, no hay nada que decidir, el debate es un “lujo” gratuito. Con esa idea compartida de la política, desde esa hegemonía, un movimiento popular no puede no estar destrozado; y como esa es la idea vigente, el ingeniero Macri se sienta en la poltrona de Rivadavia.

 

Alejandro Horowicz



[1] Periodista de origen radical recientemente fallecido, estrechamente vinculado al presidente Alfonsin, del que fuera funcionario. La investigación permanece inédita, y tengo una copia en mi archivo personal.