RACIONALIDAD Y BARBARIE DE “LA GRIETA” EN EL DISCURSO DE MAURICIO MACRI por ROBERTO HILSON FOOT

 

ROBERTO HILSON FOOT

EL CONFLICTO EN EL DISCURSO PRESIDENCIAL

El jueves 10 de Diciembre de 2015 y luego del improcedente fallo de la jueza Servini de Cubría que aplicó de modo antojadizo la ley de acefalía, gestando uno de los peores disparates jurídicos que se han visto en estos años de creciente complicidad del poder judicial con las corporaciones dominantes, Mauricio Macri hizo su discurso de apertura ante la asamblea legislativa. Es obvia la tentación de señalar la banalidad de uno de los peores discursos inaugurales de que se tenga memoria, sin embargo, como es la palabra del poder corporativo, debe ser analizada y debemos señalar las concepciones profundamente antidemocráticas que problematiza la supuesta novedad de esta derecha.
Al analizar los párrafos del discurso aparece una cuestión medular de toda democracia o en realidad de todo gobierno y es la existencia del enfrentamiento o la disputa política que en la aviesa jerga mediática, se ha denominado “la grieta”. Desde los oligopolios mediáticos se le asigna la responsabilidad de la misma al accionar político, supuestamente discrecional y autoritario de los gobiernos K y no a una contraposición de intereses o de modelos de sociedad enfrentados. Estos poderosos actores corporativos que participan en la elaboración de las condiciones de hegemonía, buscan cancelar la confrontación o contraposición de intereses dentro de la sociedad capitalista, pues saben del peligro que implica para el sistema de dominación, cuando extensos sectores populares comienzan a objetivar los antagonismos y a problematizar las racionalidades profundas de los sistemas de explotación y dominación. Esta preocupación los lleva a los factores dominantes a postular la necesidad de “tapar la grieta” (no sería en realidad cerrar la misma, cosa que es imposible en una sociedad capitalista), que implica el intento de clausurar este logro político de los últimos años que consiste en que extensos sectores populares, han incorporado en su comprensión las disputas por la hegemonía y en forma lenta pero sostenida han crecido como sujetos activos y conscientes de esas disputas expresadas políticamente.
Es posible analizar en el discurso que el Ingeniero M. Macri decidió leer, una fundamentación arraigada en dos razones para la generación de estas antinomias. Por un lado la pasión, dice textualmente que “somos pasionales” (nos concede quién escribe el discurso que en el mundo posmoderno a veces la pasión puede ser buena, aunque no nos aclara cuando) pero dice a continuación “una pasión que a veces (un banal e impreciso relativismo) nos tiende una trampa”. Estas líneas que leyó el flamante presidente lo llevaron a afirmar que esa pasión nos crea a los argentinos conflictos que considera innecesarios y nos genera fanatismos, o sea elabora una etiología de las divisiones sociales vinculada a las pasiones. La otra fuente de la grieta o la división de la sociedad de acuerdo con el discurso leído por el presidente, es la irracionalidad o dicho más precisamente la “pelea irracional”, “la incapacidad de razonar” (Pág.5) o sea que de acuerdo con quién elabora el discurso avalado por quién lo leyó, el origen del conflicto esta vinculado por un lado al exceso de pasión o por el otro con el uso insuficiente de la razón.
Entendamos con claridad que esta peligrosa concepción explica el conflicto ya sea por el desborde pasional, la incapacidad de control de la volición y una temperancia desbordada o por la mera irracionalidad en la concepción de fines y medios. Es la falta de temperancia y falta de control o de dominio de los apetitos concupiscibles, el exceso de los aspectos irascibles o el error asociado a la irracionalidad la que gesta el conflicto en esta particular visión PRO. Con esta explicación se excluye a la razón del conflicto y no se acepta que puedan existir disputas que surgen de la genuina contraposición racional de intereses, confrontaciones políticas que se originan en las disputas, beneficios o perjuicios que demanden racionalidades antagónicas, legítimamente vinculadas con clases o sectores sociales que pugnan por optimizar o defender sus intereses. La incapacidad de validar la racionalidad del conflicto, implica la apertura a un abismo político y la tentación de buscar el control hegemónico de una clase dominante sobre todo el entramado social para legitimar una única racionalidad social.


 

 

 

 

 

 

 

 

GENEALOGÍA SARMIENTINA DEL DISCURSO.

Esta visión política reconoce antecedentes históricos sangrientos en el siglo XIX. La estructura argumentativa de D. F. Sarmiento (1811-1888), uno de los principales responsables de la feroz violencia política decimonónica, implicaba arraigar los problemas del país en un sector social al cual consideraba como motivado por las pasiones y al que no le reconocía la racionalidad adecuada para enfrentar los desafíos de ese siglo. La etiología sarmientina buscaba fundar las razones de los problemas políticos en por un lado, las condiciones naturales, explicación a la que fue más afecto hacia los años de su enfrentamiento contra el rosismo o por otro, buscaba la explicación del fracaso económico en las condiciones socioculturales, en una supuesta forma de ser de la población, una explicación que cobra mayor preeminencia en las últimas décadas de su vida. Esta forma de dar razones, habilitaba a responsabilizar explícitamente de nuestro atraso al “desierto bárbaro” o a la población india, gaucha, negra, mestiza o incluso judía. Desde el punto de vista agonal le permitía deslegitimar a los caudillos federales que no podían ser validados en sus liderazgos pues los pueblos que los legitimaban, no lo hacían como ejercicio de una opción política que podían entender como adecuada a sus necesidades e intereses, sino que los validaban en su condición de sujetos no racionales, ganados por el abrumador peso de la naturaleza o sea por condicionantes que son capaces de despojar al hombre de su condición racional y civilizada. (“Por los  salvajes de América siento una invencible repugnancia… esa calaña no son mas que unos indios asquerosos a quienes mandaría colgar…indios piojosos. Incapaces de progreso.” El Progreso 27-09-1844). Este pueblo no puede ser reconocido a los ojos de Sarmiento como fuente de legitimidad política pues es casi un producto del agobio sobrecogedor y deshumanizante de una naturaleza salvaje, capaz de modelar y anular la condición humana racional y civilizada. (“Tengo odio a la barbarie popular… ¿son acaso las masa la única fuente de poder y legitimidad?”, carta a Mitre 24-09-1861.)
Los que pueden según Sarmiento remediar este avasallamiento de la naturaleza son los que traen una cultura con una densidad y fortaleza que los inmuniza contra la barbarie. Por ello será necesario para esas generaciones, refundar culturalmente a la argentina con elementos europeos y en especial anglosajones. Ellos contarían en opinión del sanjuanino con una carga cultural capaz de sobreponerse a las determinaciones de ese entorno bárbaro. La política seguida por Sarmiento fue muy sistemática pues a los caudillos federales en su implacable opinión, había que eliminarlos y esto dicho no en forma retórica, o sea engañarlos, cortarles la cabeza y vejarlos como se hizo en el caso del “Chacho” Peñaloza en 1863. A los gauchos había que matarlos, recordemos que este no fue un eufemismo pues escribió “gauchos…chusma de haraganes. No trate de economizar sangre de gaucho…la sangre de esta chusma criolla bárbara y ruda es lo único que tienen de seres humanos” (Carta a Mitre 20-09-1861). En su opinión no se le debía reconocer al pueblo el derecho al voto pues no tenían la cultura adecuada para ese ejercicio y coherente con ello es por lo que accedió a todos sus cargos de gobierno en forma antidemocrática. Jamás logró Sarmiento un puesto de forma electoral democrática, ni organizo ya como presidente entre 1868 y 1874 elecciones limpias y libres. No podía darles el voto a quienes despreciaba cultural y racialmente. Sus escritos racistas incluyen por supuesto la discriminación de los negros y los indios, y por si algo faltara también escribe contra los judíos (“…el pueblo judío. Esparcido por toda la tierra ejerciendo la usura y acumulando millones, rechazando la patria en que nace…este pueblo que se cree escogido y carece de sentimiento humano, el amor al prójimo, el apego a los otros…” El Censor, 1886).  No casualmente la generación del 80 heredera de la del 37, pudo implantar el genocidio llamándolo eufemísticamente campaña al desierto. Era desde esta perspectiva un desierto de civilización sarmientina, pero no de humanidad y diversidad cultural. La idea de despojar de racionalidad a la alteridad que facilita el exterminio de la misma, es una matriz ideológica de consecuencias criminales en nuestra historia y tiene en Domingo Faustino Sarmiento  a uno de sus más preclaros ideólogos. Ha sido una gran victoria cultural de las clases dominantes instalar dentro del panteón oligárquico de criminales de guerra y genocidas (como en el caso de B. Mitre y J. A. Roca) a Sarmiento con su aura de hombre humilde y provinciano que llega a la primera magistratura de la república por su esfuerzo y talento personal, un modelo pensado para las clases medias y claro está, para los aparatos ideológicos asociados a la docencia y la educación.
Ante esta pedagogía de la opresión es pertinente recordar algunos contenidos de la proclama de Felipe Varela de 1866 pues en ese texto aparece con claridad la denuncia de una civilización sarmientina y mitrista que demandaba el exterminio de los pueblos incluyendo al sacrificio de los hermanos paraguayos:

 “El pabellón de Mayo, que radiante de gloria flameó victorioso desde los Andes hasta Ayacucho y que en la desgraciada jornada de Pavón cayó fatalmente en las ineptas y febrinas manos del caudillo Mitre —orgullosa autonomía porteña del partido rebelde—, ha sido cobardemente arrastrado por los fangales de Estero-Bellaco, Tuyutí, Curuzú y Curupaytí.”Sarmiento en las antípodas de Varela, en carta a Mitre de 1872 escribió sobre los hermanos paraguayos: “Descendiente de razas guaraníes, indios salvajes y esclavos que obran por instinto a falta de razón…personas ignorantes. Es preciso purgar la tierra de toda esa excrecencia humana: raza perdida cuyo contagio hay que liberar”. Una visión profundamente racista y criminal que esta enraizada en las disyuntivas excluyentes que demandan el exterminio de una alteridad estigmatizada como salvaje, ignorante y por supuesto tal como señalábamos, falta de razón. En la mencionada proclama Felipe Varela muestra como esa disyuntiva entre civilización y barbarie en realidad termina en el odio y la necesidad de suprimir la alteridad a la que se despoja de racionalidad, y se la presenta como obrando por la pasión o sea la justificación del discurso que pide suprimir al propio pueblo que hace la riqueza de la nación:“Tal es el odio que aquellos fratricidas tienen a los provincianos que muchos de nuestros pueblos han sido desolados, saqueados y guillotinados por los puñales de los degolladores de oficio, Sarmiento, Sandes, Paunero, Campos, Irrazábal y otros varios oficiales dignos de Mitre.”La matriz ideológica que subyace en el discurso del Ingeniero M. Macri tiene una historia de sangre y persecución. Esto no implica de ninguna manera, proclamar en forma ingenua que el actual gobierno deba indefectiblemente terminar en represión como lógica de determinación historicista, pues un gobierno es mucho más que un discurso leído y la política implica una interacción de fuerzas sociales en una coyuntura histórica en la que la sociedad argentina tiene una peculiar forma de vivir la posmodernidad y la democracia. Nuestra sociedad sigue siendo producto del éxito homicida que tuvo la dictadura cívico-militar (1976-1983) en desarticular las formas de organización social, de destruir las lealtades y racionalidades populares de nuestra sociedad civil y lograr la imposición del predominio de una carga creciente de individualismo e indiferentismo de matriz librecambista. Quién escribe estas líneas  no intenta proclamar ninguna forma de prejuzgamiento fatalista y entendemos que la complejidad agonal asociada a la política es una instancia en disputa en que juegan muchos actores poderosos incluso algunos favorables  a los sectores populares y democráticos. Sin embargo siempre es mejor prevenir acerca de los peligros asociados a ciertas categorías con la sana esperanza de poder disuadir ciertas conductas políticas.
Entre otras razones no parece tan sencillo un regreso a prácticas represivas pues el supuesto autoritarismo Kirchnerista ha dejado 12 años de uno de los principio más admirables planteados por Néstor Carlos Kirchner, el de “no criminalizar la protesta social”. Por supuesto que ha habido en estos doce años algunos episodios represivos condenables como fue el caso del homicidio de Carlos Fuentealba en 2007 en la provincia de Neuquén responsabilidad política del gobernador Jorge Sobisch quien recordemos en ese momento era aliado político de Mauricio Macri y tuvo como compañero para la fórmula presidencial a Jorge Asís. No deseo olvidar las muertes injustificables producto de la connivencia entre la Policía Federal y la Metropolitana en el indo americano, ni los casos de gatillo fácil, ni el accionar de patotas sindicales que costaron la valiosa vida de Mariano Ferreyra en 2010. No puedo justificar tampoco el error de ceder a la presión mediática corporativa en torno a la inseguridad y de hacer de la prepotencia de Sergio Berni un reemplazo al trabajo metódico y profesional de Nilda Garre, pero no cabe duda incluso a nivel mundial, que la posibilidad de protesta y reclamo social que hemos tenido en nuestro país no reconoce muchos antecedentes internacionales.

LIBRECAMBIO Y CONFLICTO EN LA GESTIÓN TECNOCRÁTICA.

La forma en que el ingeniero Macri encara la conformación de su gabinete presenta una ratificación de la idea de que las discrepancias de intereses son posibles de ser subsumidas en una lógica única. Esta racionalidad que pretende ser hegemónica se expresa en principio en la idea de que todos sus colaboradores son “buena gente” lo cual implica invocar una camaradería propia de un club de amigos y compañeros de travesuras estudiantiles, aunque en el fondo es un reconocimiento de pertenencia y afinidad de clase. La opción sistemáticamente implementada ha sido por designar gerentes de grandes empresas en muchos casos multinacionales, mayoritariamente formados en universidades privadas, que participan de una matriz intelectual  “eficientista” expresamente favorables a las supuestas virtudes del mercado como asignador de recursos. Sin embargo en esta idílica conformación de equipos de “los iguales”, aparece un supuesto profundo que no parece verificarse en la historia económica de nuestro país. La tecnocracia en realidad implica una gestión supuestamente óptima de recursos escasos pero en una dimensión microeconómica, lo cual no es el caso de la gestión gubernamental que no puede resultar de optimizar  la sumatoria de parcialidades eficientes, pues existen intereses contrapuestos en los cuales el incremento de ingresos de un sector puede ser en detrimento de otro. La maximización “eficientista” del estado no puede responder por lo que ha sido el mayor problema estructural de nuestro país o sea la imposibilidad histórica de las clases dominantes, de hegemonizar un proceso de desarrollo inclusivo. La racionalidad que piensa el gobierno como la sumatoria de la optimización sectorial, vela la comprensión de que existen incompatibilidades políticas y económicas entre los sectores dominantes y que esas grietas demandan una opción política por una u otra. Esa diversidad de intereses en disputa por la hegemonía, esta basada en la evidencia histórica de que no hemos tenido desde la crisis oligárquica del fracasado modelo agro-exportador, una clase que lidere un proceso de acumulación. La agricultura no tiene la capacidad de lograr traccionar el desarrollo del país pues no tiene precios internacionales, mercados, términos de intercambio, volumen productivo, ni generación de fuentes de trabajo para lograrlo. Recordemos que la población rural de la argentina es de unos 4millones de personas mal podría elaborase un proyecto de desarrollo capitalista nacional basado en el diez por ciento de la población lo que en realidad también se aplica a una mera agregación de valor a esos productos primarios. El proyecto PRO parece sustentarse en un supuesto poco explorado y es la idea de que si ponemos gestores eficientes y expeditivos, suponemos que se logrará  una convergencia de intereses que permita conciliar lo decidido en las distintas áreas. Sin embargo este supuesto esta invalidado por lo que  mencionábamos con anterioridad, el no contar con una clase que motorice el desarrollo nacional y tener una estructura de producción que está atravesada por contradicciones económicas, productividades heterogéneas, demandas cambiarias disímiles, mercados diferentes y patrones de acumulación y de fuga de capitales diferenciados. No se garantiza el crecimiento ni siquiera en términos burgueses, por colocar en cada área al mejor gestor privado cuando por ejemplo, el óptimo de gestión de los recursos del sector agroexportador no implica el óptimo de crecimiento y producción del sector industrial vinculado a la demanda del mercado interno. El óptimo de gestión del sector energético, no implica el óptimo de rentabilidad del sector comercial y así podríamos mencionar disputas que no se dirimen por maximizaciones parciales en la gestión.
No parece por otro lado que se esté trabajando para institucionalizar la gestión del estado cuando, solo por tomar un ejemplo entre las muchas discrecionalidades, por el decreto 252 se modifica los requisitos legales para el cargo de dirección de la Oficina Anticorrupción expresados en la Ley 25.233-Decreto102/99 en el Artículo 7 Inc.6 del Capítulo III que establecía el requisito para ser titular del O.A. de “tener no menos de seis(6) años en el ejercicio de la profesión de abogado o idéntica antigüedad profesional en el Ministerio Público o en el Poder Judicial”. Con la exclusiva finalidad de nombrar a una partidaria política como es el caso de Laura Alonso, quién no reunía los requisitos enumerados  para ocupar la titularidad  y que por esa sola razón se procedió a cambiar la ley para poder colocar como titular del organismo a una militante política del PRO, cuya función es nada menos que controlar e investigar a la administración pública del gobierno PRO, gestión que comienza haciendo leyes a medida de la persona designada por el presidente del…PRO.
En este marco es que podemos entender el párrafo del discurso en la página 3, en el que se pide el aporte de aquellos que son de derecha y de los que se consideran de izquierda, sobre todo ahora nos dice que “ya pasaron las elecciones”. De acuerdo con esta concepción las oposiciones entre derecha e izquierda, son para el nuevo presidente, cosas de campañas políticas y ahora deberíamos unirnos todos tras esta voluntad de implantar el discurso único. Nos señala que desde su perspectiva, nuestras contradicciones ideológicas son circunstanciales y no resultantes de enfrentamientos racionales por intereses contrapuestos en la defensa de sectores sociales. El “diálogo” macrista nos ha llevado en los primeros días de su gestión a dos situaciones graves de represión policial, así como a una devaluación en la que los sectores populares hemos perdido el 30% de nuestros ingresos, mientras algunos sectores poderosos del campo han mejorado en más del 50% sus ingresos por las rebajas en las retenciones y la devaluación cambiaria. Es obvio que la “maravillosa” dialógica del PRO implica que en la provincia de Buenos Aires al no contar con estos recursos fiscales, ni tener voluntad política de aumentar la presión tributaria sobre los sectores dominantes (ese es el verdadero consenso PRO), se dirime el problema por medio de un endeudamiento de 94.000.000.000 de pesos. La lógica de gestión del PRO evita confrontar con los intereses dominantes, amenaza el bienestar de los sectores populares, elude la vía parlamentaria por medio de los Decretos de Necesidad (o debiéramos decir de Necedad) y Urgencia y como solución a los problemas de recursos limitados, pretenden recurrir al endeudamiento que es ni más ni menos, que la irresponsable postergación del conflicto trasladándolo a las futuras generaciones, destrozando el esfuerzo épico que hemos hecho como pueblo para reducir nuestra deuda externa durante los gobiernos de Néstor y Cristina Kirchner. Es más que obvio que para esta concepción no importa ser de derecha o de izquierda, lo que importa es una “eficiente gestión” que se mide en la capacidad de transferir recursos en favor de los sectores dominantes, con la atenuación de los efectos regresivos sobre los sectores populares, por medio del endeudamiento.

LA DISPUTA POR MODELOS Y LA DERROTA DISCURSIVA

Esta estrategia argumentativa que busca despojarnos de racionalidad a los sectores populares ha sido en general exitosa pues además de ser diseñada por talentosos operadores, cuenta con un formidable aparato comunicacional nacional e internacional, contra el cual no hemos sabido lograr una eficacia periodística y cultural que la derrote. Por supuesto que cuentan con la intrínseca ventaja de que dentro del capitalismo no puede haber verdadera libertad de expresión para los periodistas, sino que lo que se impone es la libertad para las empresas periodísticas, condicionadas a su vez por los intereses económicos dominantes o sea intereses capitalistas que controlan el sistema productivo y por tanto asignan recursos en función de la defensa del capitalismo, dejando apenas espacios marginales para los que cuestionamos el sistema. No hay libertad de poder expresar con densidad comunicacional ideas alternativas dentro de un sistema de medios que esta enteramente subordinado a la rentabilidad capitalista.
Esas estrategias por parte de los oligopolios mediáticos fueron muy exitosas a lo largo de estos años. En el fondo trabajaron la disyuntiva entre razón y pasión entre civilización y barbarie. Lograron por ejemplo contraponer la categoría de “gente” contra la de “militantes”. Estos últimos seríamos los que defendemos por militancia, nos moveríamos por espurios intereses prebendarios, llevados, arrastrados, amenazados, tentados por apetitos concupiscibles, mientras los primeros serían defensores individuales que toman partido racionalmente y lo hacen en función de valores trascendentales (democracia, república, justicia etc.). Nos degradaron al punto de despojarnos de racionalidad al proclamar que éramos “arreados como ganado”  por lo que no somos sujetos libres y racionales y nos movilizamos por algo tan primario como la comida. No supimos enfrentar esta estrategia y nos ha costado muy caro que las clases dominantes hayan reeditado la estigmatización implícita en la disyuntiva entre gente y militante, en el fondo civilización y barbarie.
En el caso de la CABA los ideólogos del PRO trabajaron exitosamente con la idea de vecino que parece una categoría neutra y descriptiva y sin embargo implica un costado racista y excluyente sin necesidad de decirlo expresamente. El vecino impone una relación privilegiada con el espacio que se entiende como propio, ocultando las diferencias de clases y proponiendo un arraigo sobre el territorio que habilita sin decirlo a excluir a los villeros que no serían vecinos, a los inmigrantes “ilegales” que tampoco serían vecinos. Lograron convencer al electorado de la ciudad con sutiles estrategias en la concepción de la subjetividad política y la defensa de una territorialidad propia de la ciudad supuestamente agredida por el gobierno nacional y defendida por la gestión PRO, que los eximía de los fracasos y los responsabilizaba de los logros.
También pudieron despojarnos de racionalidad argumentativa con la categoría de periodismo militante, pues el adjetivo amenaza el compromiso deontológico del sustantivo. La idea de militancia la usaron para deslegitimar al emisor por lo que las opiniones de los militantes periodistas (nótese la inversión de los términos) eran fruto del  fanatismo político o postuladas por intereses espurios y no por una contraposición de racionalidades en el análisis de las contradicciones. Obviamente que ellos contraponían al “militante”, la categoría de periodismo “independiente” o sea pretendidamente vinculado solo a la objetividad y racionalidad, supuestamente libre de intereses materiales y solo comprometido con la verdad. Fue tan exitosa esa operación que se reducía la opinión favorable al gobierno a una opinión pagada, mientras las opiniones “independientes” parecían provenir del más prístino compromiso con la verdad y exceptuadas de procesos de remuneraciones y censuras que ocurrían dentro de esos medios oligopólicos. Unos, eran pagos y por tanto no obraban con una racionalidad vinculada a la defensa de intereses populares, mientras otros eran almas comprometidas con los valores trascendentales amparados por la independencia de sus criterios. No supimos evitar la trampa que nos tendieron al aceptar la categoría de “militante” contra “independiente” que denotan asimétricamente cosas distintas y permite disfrazar a la segunda con una adscripción deontológica vinculada al ideario del periodista honesto, comprometido con la verdad. Una de las peores corrupciones deontológicas a las que hemos asistido en estos años es la de periodistas de esos medios oligopólicos que investigaban, denunciaban y acusaban demasiadas veces sin ninguna evidencia  solo en función de que el atacado fuera un defensor del gobierno democrático y popular y si por los avatares políticos dejaba de defender al gobierno inmediatamente desaparecían las denuncias por corrupción por lo que en realidad los periodistas subordinaban y corrompían sus principios éticos por sus conveniencias políticas coyunturales.
Por último por efecto del inmenso error en el manejo del INDEC que estuvo en principio asociado al ahorro de millones dólares por el pago de deuda externa ajustada por IPC, perdimos credibilidad en la palabra y en la palabra del gobierno. Desde la afirmación constatada diariamente de que el INDEC miente, se pasó “al gobierno me miente”. A ese malestar le contrapusimos el silencio sobre la inflación y la recurrencia de las cadenas nacionales que es por definición palabra obligatoria, de más esta decir  lo fácil que les fue argumentar que es obligatoria porque es mentira. El último salto es llegar a ese postulado que nos ha parecido disparatado, pero que  prendió  en extensos sectores: si la palabra falsa es obligatoria es porque estamos en una situación de palabra impuesta o sea en una  dictadura. A pesar de ser los mejores años para el pueblo, hemos sido derrotados y es en buena medida por nuestros reiterados errores por lo que es necesario hacer una profunda autocrítica para entender las razones de ese resultado.

Por último quiero dejar en claro que en mi opinión, sin una visión conflictiva de la sociedad los sectores populares no tenemos la posibilidad de defender nuestros intereses. Pensemos por un momento lo que ocurrió con la socialdemocracia europea, cuando claudicaron de su posición de ser la expresión de un sector, en términos hegelianos-marxistas la negación dialéctica intrínseca del sistema capitalista o sea la representación de los trabajadores y sindicatos, para a partir de los 90´s procurar representar categorías abarcativas de una supuesta totalidad como fue el caso de  la tercera vía de A. Giddens. Con esta categorización se perdió la densidad ontológica de la negatividad dialéctica y subsistió por supuesto el primer término dialéctico  o sea la propiedad privada de los medios de producción.  No hay tercera vía cuando la negación dialéctica pierde su entidad histórica y diluye la conflictividad en la unidad dominada por los capitalista, no casualmente tuvieron que surgir tanto en España como en Grecia partidos nuevos que buscan por fuera de la socialdemocracia una forma de disputar el poder.
Necesitamos pensar con detenimiento y volver a plantear las categorías  y formas políticas que estamos utilizando pues una mera reiteración de esquemas de análisis y propuesta solo nos conduce a una nueva derrota. No podemos esperar del fracaso del gobierno la recuperación de la mayoría, debemos criticar lo que hicimos mal para encontrar soluciones de fondo para recrear un modelo nacional y popular que nos permita convencer y gestar  un nuevo consenso social capaz de logar una mayoría electoral que pueda devolver a los sectores populares una participación decisiva en la política nacional.

“…no quiero que persona alguna venga forzada, todos voluntariamente deben empeñarse en su libertad…conciliando siempre el buen modo con la resolución”.
José Gervasio Artigas, 3 de Noviembre de 1811.