“LA DERECHA ASUME EL GOBIERNO, PERO LA TRANSICIÓN ABIERTA EN DICIEMBRE DE 2001 NO SE CERRÓ TODAVÍA.” Por Nicolás Salerno Ercolani, Roberto Hilson Foot y Jorge Makarz.

Mauricio Macri es el nuevo presidente argentino. Ganó la  segunda vuelta por poco más de 700 mil votos a un Daniel Scioli que cosechó 12 millones 200 mil ¿Ganó Cambiemos o perdimos nosotros? Hay argumentos para cualquiera de las dos afirmaciones y quien escribe esta nota considera que existe un poco de ambos.

LA RELACIÓN DE FUERZAS

Advertimos que desde nuestra perspectiva, la Política en el sentido profundo (y por ello la mayúscula) debe analizarse desde el problema de la relación de fuerzas, Antonio Gramsci y Juan Perón han dejado reflexiones notables sobre estos aspectos. Desde esta perspectiva, en artículos anteriores hemos caracterizado cómo desde la derrota electoral de 2013 y la  corrida cambiaria con devaluación forzada de principios de 2014, el gobierno de CFK formuló una estrategia con el objetivo de administrar las reservas políticas y evitar la desestabilización que buscaban los grupos económicos a través una triple ofensiva: económica (corrida e inflación) mediática (denuncia y operación) y política (oposición en el parlamento y la calle)

La definición de esta confrontación implicó un triunfo pírrico. Se evitó la desestabilización y la generación de una crisis, pero las fuerzas que se emplearon para esa tarea evidentemente no alcanzaron para re-generar una opción política que recreando expectativas sociales, permitiese construir una nueva mayoría electoral y avanzar en cuarto mandato consecutivo en el camino de seguir fortaleciendo la construcción de un proyecto nacional, popular y democrático (Aunque se estuvo cerca).

Mirando las cosas desde “el otro lado del mostrador”, ocurrió un suceso inédito en la historia política argentina: los grupos dominantes arribaron al gobierno a través del voto y en comicios limpios, con una fuerza política de centro-derecha, rompiendo de esa forma el “maleficio” de la ley Saenz Peña, sin golpes institucionales ni la cooptación de partidos populares. Sin embargo la posible aplicación de un programa anti-popular de “shock” se encuentra limitada por la propia relación de fuerzas que resulta de la confrontación a la estrategia de gobierno. La derecha y los grupos de poder se ven privados de un escenario de crisis y caos que funcione  como “suceso traumático” que discipline a los sectores populares y legitime un accionar de estilo cirugía mayor contra los intereses y la organización del campo nacional.

RECURSOS DE PODER

Este elemento resulta positivo para el campo nacional y popular en una coyuntura donde los recursos de poder disminuyen drásticamente. Sin la administración del poder del estado que surge de la pérdida del ejecutivo nacional; con una bancada parlamentaria importante pero cuya unidad supone hoy una cantidad de acuerdos internos; un PJ en “estado deliberativo” y una liga de gobernadores sin primus inter-pares; con la referencia política de Scioli legitimada por su esfuerzo personal en la campaña, pero sin “retaguardia” propia; un movimiento obrero fragmentado y una cantidad de organizaciones sociales y políticas que entroncaron su construcción territorial con el desarrollo de políticas públicas gubernamentales, cuya articulación con un gobierno de derecha resultará imposible. En contra-partida, el campo de los grupos dominantes que detentó el poder económico, parte del poder mediático y judicial, engrosará sus recursos con la administración del estado, el manejo de las partidas más importantes (Presupuesto nacional, de la Ciudad, la provincia de Buenos Aires y la ANSES) el control de la banca pública, la privada y las fuerzas de represión  (Gendarmería, Prefectura, Federal, Bonaerense y Metropolitana)

UN BALANCE INTERNO

Vale la pena realizar una mirada autocrítica sobre la campaña y los resultados electorales. En primer término destacar el esfuerzo y la capacidad política de Daniel Scioli. Durante la primera parte de la campaña construyó una serie de escenarios de diálogo con la gran mayoría de los sectores del campo nacional, comprometiéndose en escuchar y resolver sus problemas. La necesidad de semejante campaña “hacia dentro” tenía el sentido de recomponer una serie de cortocircuitos  producto de la conducción sectaria del gobierno, respecto de otros sectores (sindicatos, sectores del PJ, aliados sociales) cuestión que en notas anteriores habíamos caracterizado en forma crítica, dado que la consecuencia de dicha acción era el “achicamiento” de la representación del FPV.

En la segunda parte de la campaña, el esfuerzo de Scioli se dirigió hacia sectores externos, con un discurso que si bien adoptó contornos personales (“Seré más Scioli que nunca”)  trató de no abandonar definiciones políticas, en el marco de una campaña chata, muy condicionada desde la agenda por el adversario (Primaron como temas la inflación, seguridad, corrupción) y una lógica de la política entendida como administración (El vecino le ganó al ciudadano como dice Horowicz) Lo segundo a destacar fue la emergencia de una “militancia inorgánica”,  sobre todo en ámbitos culturales y barriales, que luego de la primera vuelta salió a la calle a disputar la campaña con los elementos que tuvo a mano.

Los aspectos negativos a señalar: sectores que realizaron una campaña internista, referenciando candidatos secundarios y que recién luego del 25-O, reaccionaron modificando su campaña. Una manifiesta incompetencia para encuadrar determinados ruidos internos (que fueron utilizados y amplificados por el adversario) y un comando de campaña que no tuvo la capacidad para conducir al conjunto de la manera más efectiva, sobre todo en los ámbitos territoriales. Son estos elementos los que, puestos sobre la mesa y observando la escasa diferencia en la segunda vuelta (menos de 700 mil votos, según el escrutinio definitivo) abonan la idea que este balotaje no fue  un triunfo del Pro, sino una derrota del FPV.

LA PERSPECTIVA POLÍTICA

Esta diferencia mínima, un Congreso sin mayorías automáticas y una cantidad de provincias gobernadas por el peronismo, son parte de los elementos que nos permiten inferir por un lado, que la derecha en el gobierno tendrá dificultades evidentes si su intención es avasallar inmediatamente las conquistas que el campo nacional y popular obtuvo en estos años. También nos permite deducir que nuestra perspectiva política no pasa por una estrategia de “resistencia”, sino que deberemos pensar una acción integral que combine organización y movilización para defender los logros, junto con la búsqueda de coincidencias y amplios acuerdos con los sectores nacionales y la elaboración de un programa que se proponga disputar la agenda pública y la perspectiva de construir una nueva alternativa política. Hoy el FPV ya  no constituye por sí mismo semejante alternativa, pero es la base fundamental desde la cual proyectar esa construcción. Deberemos evitar las tendencias transformistas que pretendan subordinar al FPV tras un proyecto “modernizante” (que en los hechos se parezca al PRO) también las “neofrepasistas”  que anteponen diferencias en pos de una testimonialidad que termine por aislarnos y condenarnos a la impotencia.

Los elementos que presentamos nos permiten argumentar que el proceso que quebró la hegemonía de un proyecto neoliberal el 19 y 20 de diciembre no culminó. Estamos en una fase de reflujo, donde la pérdida de la administración del poder del Estado nos pone en peores condiciones para resolver el proceso en nuestro favor, pero no por ello clausura la construcción de una alternativa favorable al campo popular. La centro-derecha en el gobierno deberá demostrar si puede llevar adelante la construcción de un proyecto anti-popular con un consenso social que no surja del terror, la crisis o el caos como factores de disciplinamiento. Nosotros la capacidad de reformular un alternativa política que valore las conquistas de doce años de kirchnerismo y que las proyecte con una agenda de transformación que sintetice una nueva mayoría política para el campo nacional y popular.