“Nosotros pagamos el precio y estamos en luto”. Por Etienne Balibar.

Sí, según Etienne Balibar: “nosotros pagamos el precio y estamos en luto”. El filósofo afirma que  Francia está en guerra y ello, desde los atentados del 11 de septiembre. Un conflicto “nómada, indefinido, polimórfo”, donde las poblaciones de uno y otro lado del Mediterráneo son rehenes. Nosotros estamos en guerra. O más exactamente ahora estamos todos ahora en la guerra. Nosotros damos golpes, nosotros recibimos. Después de otros, antes de otros, lamentablemente, previsible, nosotros pagamos el precio y nosotros estamos de luto.Ya que cada muerto es irremplazable. ¿Pero de qué guerra se trata? No es sencillo de definirla, ya que ella está hecha de diferentes tipos, acumulados con el tiempo, y que parecen insuperables.
Guerras de estado a estado (o incluso a pseudo-Estado como el Daech). Guerras civiles nacionales y transnacionales. Guerra de «civilizaciones», o al menos que se piensan como tales. Guerra de intereses y de clientelas imperialistas. Guerra de religiones y de sectas o justificadas como tales. Es el gran  stasis del siglo XXI, que más adelante se lo comparará – si corresponde – a sus modelos distantes: la guerra del Peloponeso, la guerra de los treinta años o la “guerra civil europea” de 1914-1945…

 En parte de intervenciones estadounidenses en el Oriente Medio, antes y después del 11 de septiembre de 2001, ella se intensificó por la continuidad de estas intervenciones, en las que participan ahora sobre todo Rusia y Francia, cada una con sus objetivos.  Ella también tiene sus raíces en la rivalidad amarga entre los Estados que todos aspiran a la hegemonía regional: Irán, Arabia Saudita, Turquía, véase  Egipto y de cierta manera Israel – la única potencia nuclear por el momento. En una violencia de reacción colectiva, ella precipita todas las cuentas no saldadas de colonizaciones y los imperios: minorías oprimidas, las fronteras arbitrariamente trazados, recursos minerales expropiados, zonas de influencia, gigantescos contratos de armamento. Ello busca y encuentra, en la ocasión apoyo en las poblaciones adversas.

Lo peor es que ella reactiva ‘odios teológicos’ milenarios: los sismas del islam, el enfrentamiento de os monoteísmos y sus sucedáneos laicos. Ninguna guerra de religión, digámoslo claramente no tiene sus causas en la religión misma: ella tiene “más allá” de la opresión, conflictos de de poder de las estrategias económicas. La muy grande riqueza, la muy grande  miseria. Pero cuando el “código” de la religión se apodera  (o de “contra-religion”), la crueldad puede exceder cualquier límite, ya que el enemigo se deviene un anatema.

 Monstruos de barbarie han surgido, que son reforzados por la locura de su misma violencia  - como Daech con sus decapitaciones, su violación de mujeres reducidas a la esclavitud, sus destrucciones  del tesoro cultural de la humanidad. Pero otras barbaries aparentemente más racionales también proliferan, como la guerra de los “drones” del Presidente Obama, que ahora se sabe que ella mata a nueve civiles por cada terrorista.

 En esta guerra nómade, indefinida, polimórfica, disimétrica, Las poblaciones “de las dos orillas” del Mediterráneo están tomadas a como rehenes. Las víctimas de los atentados de París, Madrid, Londres, Túnez, Moscú, Ankara, con parientes y vecinos, son rehenes. Los refugiados que buscan el asilo o encuentras la muerte por millares a la vista de las costas de Europa, tambiénson rehenes. Los kurdos ametrallados por el ejército turco son rehenes. Todos los ciudadanos de los países árabes son  rehenes, en las tenazas de hierro que son el terror del estado, el fanatismo  jihadista, los bombardeos extranjeros.

¿Qué hacer? A cualquier precio, en primer lugar, relfexionar en común, resistir al miedo, a las amalgamas, a los impulsos de venganza. Por supuesto, tomar todas las medidas de protección civil y militar, de inteligencia y de seguridad, necesarios para prevenir las acciones terroristas o contrarrestar, si es posible también juzgar y sancionar  a los autores y sus cómplices. Pero, al hacerlo, requiere de los Estados “democráticos” la más grande vigilancia contra actos de odio contra aquellos nacionales o residentes que, del hecho de sus orígenes, sus creencias o sus costumbres, son designados como el ‘enemigo interior’ por los patriotas autoproclamados. Y más aún: exigen de los  mismos estados que, en el momento en que ellos refuercen sus dispositivos de seguridad, ellos respeten sus derechos individuales y colectivos que fundan su legitimidad. El ejemplo de la Patriot Act y de Guantánamo nos muestra que esto no es fácil.

 Poner la  paz en la orden del día, tan difícil como pueda parecer alcanzarlo.  Yo dije la  paz, no la ‘Victoria’: la  paz sostenible, equitativa, no de cobardía y compromiso, no contra-terror, sino de coraje e intransigencia. L paz para todos aquellos que tienen interés, que en los dos lados del mar común que vio surgir a nuestra civilización, pero también a nuestros conflictos  nacionales, religiosos coloniales, neocoloniales y postcoloniales. No me hago ninguna ilusión en cuanto la posibilidad de realizar este objetivo. Pero no veo cómo, más allá el impulso moral que pueda inspirar, iniciativas de política de  resistencia a la catastrofe podrían precisarse y articularse. Te voy a dar tres ejemplos.

En uno de los extremos de la cadena, la restauración de la efectividad del derecho internacional, y consecuencia de la autoridad de las Naciones Unidas, reducidos a nada por las pretensiones de soberanía unilateral, la confusión de lo humanitario y lo securitario, la sujeción  a la gobernancia del capitalismo globalizado, la  política de las clientelas que sucedió a lo de los bloques. Hay entonces que resucitar  las ideas de seguridad colectiva y de prevención de conflictos, lo que supone una refundación de la organización – sin duda a partir  de su Asamblea General y de “coaliciones regionales” de los Estados, en lugar de la dictadura de algunas potencias  que se neutralizan entre ellas y que no se alían más que para lo peor.

 En el otro extremo de la cadena, la iniciativa de los ciudadanos a cruzar las fronteras, superar las oposiciones  de las creencias y de los  intereses comunitarios  – lo que supone en primer lugar de expresarlos en la plaza pública. Nada debe ser un tabú, pero nada debe ser impuesto por un solo punto de vista ya que, por definición, la verdad no pre-existe a la argumentación y conflicto. Es necesario entonces que los Europeos de cultura laica o cristiana sepan lo que los musulmanes piensan sobre la  utilización del jihad para legitimar empresas totalitarias o acciones terroristas, y los medios que ellos tienen para resistir ‘desde el interior’. Como es necesario que los musulmanes (no musulmanes) del sur del Mediterráneo sepan a donde llegaron las Naciones del ‘Norte’, anteriormente dominantes, en cuanto al racismo, la islamofobia, y el neocolonialismo. Sobre todo es necesario que los ‘Occidentales’ y ‘Orientales’ construyan juntos el lenguaje de un nuevo universalismo, tomando el riesgo de hablar uno para los otros. El cierre de las fronteras, su imposición  a expensas del multiculturalismo  de las sociedades de toda la región, ya es la guerra civil.

Pero en esta perspectiva, Europa tiene virtualmente una función irremplazable, que hay que  llenar a pesar de todos los síntomas de su descomposición actual, o más aun para resolverlos en casos de emergencia. Cada país tiene la capacidad de guiar a otros en el callejón sin salida, pero todos juntos podrían trazar salidas y construir medidas de seguridad. Después de la “crisis financiera” y la crisis de los refugiados, la guerra va a matar a Europa a menos que Europa no exista frente a la guerra. Es ella que puede trabajar la refundación del del derecho internacional, cuidar que la seguridad de las democracias no se pague con el derrocamiento  del estado de derecho y buscar en la diversidad de las comunidades instaladas en su suelo, la materia de una nueva forma de la opinión pública.

 ¿Exigir de sus ciudadanos, es decir, de todos nosotros de estar a la altura de estas tareas, no es – solicitar lo imposible? Posiblemente, pero es también decir la responsabilidad que nos pertenece para que suceda lo que es posible o lo volverá a ser.

* http://www.liberation.fr/debats/2015/11/16/nous-en-payons-le-prix-et-nous-en-portons-le-deuil_1413920