“BUITRES DE ALLÁ Y DE ACÁ” Por Enrique Lacolla reconocido escritor y periodista argentino, Autor de libros sobre cine y realidad política, Ex docente de Historia del Cine en la Escuela de Artes de la Universidad Nacional de Córdoba.

La determinación del gobierno de tratar en términos racionales el tema de la deuda con los hold outs no es aprovechado por la oposición para fundar una postura que se aproxime a una política de estado. El oportunismo, por el contrario, es la voz de orden.

En estos días signados por la necesaria batalla contra los fondos buitre se hacen patentes las contradicciones que limitan nuestra capacidad de reacción ante la agresión de que es víctima el país, así como la necesidad absoluta que este tiene de cobrar conciencia y de luchar contra sus debilidades políticas, que son, en definitiva, las que conspiran contra su cumplimiento como nación soberana, capaz de luchar por su consolidación económica.

Digamos desde el principio que respaldamos la postura de la presidente Cristina Fernández y la lucha que hasta ahora viene llevando contra el manojo de usureros internacionales que pretenden estrangular a la Argentina y obligarla a retroceder a fojas cero en lo referido al problema de la deuda externa. Las discusiones en torno a la legitimidad de la deuda son, por el momento, académicas. Lo que cuenta es cerrar filas frente al ataque del neoliberalismo en acción.

No es esta la posición de gran parte del espectro político (no hablemos de los exponentes del pensamiento hegemónico atrincherados en la city y en los monopolios de la comunicación). Muchos de sus personeros –Macri, al menos una parte del radicalismo; Binner, etc.- sostienen muy sueltos de cuerpo que es necesario pagar al 7 por ciento de los acreedores que no aceptaron las recomposiciones de la deuda en 2005 y 2010, aunque esto gatille la cláusula RUFO y abra la posibilidad o más bien la certeza de que otros bonistas se sumen a la exigencia y con ello multipliquen nuestra deuda externa global en cantidades impensadas, elevándola a 150, 300 o tal vez hasta 500 mil millones de dólares. Lo que ocluiría definitivamente la posibilidad de escapar alguna vez al cepo que nos condiciona y nos devolvería inermes al genocidio social que sufrimos en los 90, culminación del largo proceso de represión y reducción al servilismo que la República hubo de soportar desde 1955 y en especial desde 1976 a 2001.

La negativa o la ambigüedad de la oposición respecto de sancionar la ley que cambiaría la jurisdicción de pago y haría del Banco Central argentino la sede de un fondo fiduciario desde el cual abonar la deuda, es expresiva de lo debilidad conceptual o de la perversidad de varios sectores. En lo referido a los operadores del interés económico concentrado no hay porqué asombrarse: son conscientes de lo que hacen y volver a los 90 representaría para ellos una oportunidad dorada para seguir enriqueciéndose sin tasa y volver a imponer el discurso económico neoliberal puro y duro. Ellos son operadores del mercado globalizado y el juzgado neoyorkino de Thomas Griesa les viene muy bien. Pero el banal oportunismo político que prevalece entre los exponentes del espectro opositor o los expedientes hipócritas a los que recurren para explicar su negativa a sancionar una disposición urgente, indispensable para no promover un frente de tormenta con la generalidad de los acreedores, pone de manifiesto su poquedad y deshonestidad intelectuales.

Si estos tipos llegan a manejar el país en los próximos años, medrados estaremos. No les interesa otra cosa que no sea desbancar al actual gobierno y ocupar su lugar. Nada de lo que este haga estará bien, en consecuencia. Son incapaces de medir la naturaleza de las dificultades a que nos enfrentamos como nación. Es explicable: ellos son una parte esencial de ellas. Su inepcia para verla como una continuidad de contradicciones históricas es típica de esta clase de gestores de la política, que están mucho más interesados en sus mecanismos que en las ideas que deberían habitarla. No atacan las políticas económicas del kirchnerismo por sus faltas e insuficiencias –que las tiene, ¡vaya si las tiene!- sino porque les viene bien a los fines de hacerse un espacio. Su crítica se reduce a una negatividad empeñada en ver siempre el vaso medio vacío y jamás en preguntar sobre la mitad que está lleno. Si ellos hubieran estado en el poder desde el 2003 podemos asegurar sin temor a equivocarnos que ese recipiente hubiera estado por completo vacío, pues no se habrían atrevido a negociar duro las deudas del país ni habrían estimulado el consumo interno y, en consecuencia, Argentina no habría conocido la considerable distensión de las tensiones sociales y la interesante recuperación del empleo que ha habido en este lapso.

Hay un ascenso de la imagen de Cristina a causa de la energía con que la presidenta se ha definido en torno al tema de los fondos buitre. Esto, en el acto, fue atribuido por la oposición a puro oportunismo gubernamental, a una especulación ventajista. A una manera de tender una cortina de humo respecto de una próxima capitulación que se produciría ante la fuerza aplastante que se encuentra detrás de los carroñeros y que puede sintetizarse en una tríada: el poder judicial, el ejecutivo y el congreso de Estados Unidos. Que en última instancia parece evidente que funcionan de consuno para propinar al país otra lección duradera acerca de los riesgos que acarrea querer salirse de la disciplina del mercado. Jorge Asís incluso llega a decir que nos dirigimos hacia un nuevo 14 de junio; es decir, a una rendición como la protagonizada por el general Mario Benjamín Menéndez en Malvinas, en el año 1982.

Y bien, aunque el apelativo “malvinizador” no le caiga bien al progresismo, hay que reconocer que el inteligente, astuto y cínico escritor sabe bien como meter el dedo en la llaga. Pues, en efecto, salvando las distancias, la situación actual tiene algunos puntos en común con aquel episodio. El apoyo popular que suscita la firmeza presidencial expresa el instinto profundo de este pueblo, que ha sido siempre, en las ocasiones críticas, “hacer la pata ancha”. Ahora bien, que esta disposición no haya cuajado en éxitos concretos de larga duración no se debe a que la épica nacional sea meramente retórica. Se debe a que los canales por los cuales esa disposición entusiasta debería circular han estado siempre cerrados, o abiertos a mitad; a que nuestros grupos dirigentes –hayan sido civiles o militares, salvo excepciones- han sido funcionales a una estructura económica dependiente y a que por lo tanto han producido una conciencia alienada de la realidad. Esto ha tenido consecuencias nefastas en la clase media, que suele ser el vivero de donde surge la resistencia y que debería convertirse en el nexo entre la nación profunda y su representación política. Su cultura artificial e importada –cuando existe- no deja de ser cultura, pero sólo si pisa un suelo concreto y arraiga en él puede reconocerse y distinguir lo verdadero de lo falso, lo esencial de lo secundario.

 Pero nos estamos desviando. Nuestros partidos políticos no terminan de hacerse una idea de la geopolítica que nos determina o, en todo caso, si se la hacen, es para confirmarse en la situación de trémula dependencia respecto al norte desarrollado. En particular, en esta etapa histórica, de la embajada norteamericana, adonde el precandidato Sergio Massa solía ir para criticar a su empleador; en su caso, el entonces presidente Néstor Kirchner.

Se debería comprender que, con una raza de dirigentes como esta, el país sólo puede encaminarse hacia ninguna parte. Estamos ante una buena ocasión desenmascarar a los falsos conductores, a los falsos especialistas, a los gurúes del mercado, a los profetas del neoliberalismo trasnochado y a los criminales que hicieron de “la doctrina del shock” el instrumento para hacer de la Argentina un país catatónico y angustiado, que necesitó del vómito de diciembre de 2001 para expulsar a medias a ese cáfila de mediocres y traidores, alejándolos de las palancas del poder. El escenario se presta para empezar a dar esa lucha. La situación está lejos de ser desesperada, como complacería a los augures de la desgracia que se multiplican en los medios; el mundo es ancho y está lleno de mercados alternativos que permiten paliar el efecto de eventuales sanciones, y el patriotismo, que se ha sentido tocado por la extorsión a que se somete al país, sitúa hoy su indignación dentro de límites sensatos y estables. Qué mejor entonces que librar la batalla educativa que supondría dilucidar las responsabilidades de quienes contrajeron la deuda criminal que se nos ha endilgado, y aclarar el hecho de que esta es ilegal, y que debemos afrontarla por razones de fuerza mayor, no porque la entendamos legítima. Para esto hay que nombrar, hay que designar, hay que señalar con el dedo a los responsables del saqueo. El “no quiero designar a nadie” como forma de mantener las formas, no va más. La denuncia no debe ser violenta –la agresión a Cavallo en la UCA puede jugar como un bumerán, por ejemplo-, pero tiene que ser franca y explícita. Los Menem, Cavallo, Dromi, De la Rúa, López Murphy, Broda, Espert, Melconian y tantos otros deben ser objeto de una requisitoria que, si no puede ser judicial, sea al menos periodística y académica. La democracia no es el reino de las buenas maneras, es un campo de Agramante donde el verbo reemplaza a las armas y donde se dirime mucho más que candidaturas.

En cuanto a la sempiterna cantinela de que combatir contra la extorsión jurídica nos “impediría regresar al mundo”, entendiendo por tal al mercado de capitales, es imposible no preguntarse de qué nos ha servido este hasta ahora, y por qué el financiamiento externo que con tanta obstinación quieren algunos a partir de las bolsas de Londres y Nueva York no puede surgir, con menos condicionamientos y en proporciones más generosas, de las plazas emergentes: de Rusia, China, la India, y de la consolidación de un Banco del Sur que ha empezado tener concreción después de la cumbre del BRICS y de la UNASUR en Brasilia. Sin hablar de las necesarias reformas fiscales que Argentina necesita.

Claro que ahí tendríamos que empezar a desbrozar otro tipo de consideraciones, a saber, las contradicciones y las dificultades que existen en la misma Iberoamérica para superar la etapa declarativa y acceder a los hechos. Pero este es un tema para abordar en otra ocasión.

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