Mariano De Miguel: “ lo que motorizó el crecimiento argentino fue el impulso dado al mercado interno por la política fiscal y la recomposición de los ingresos sobre todo de los sectores más postergados”. Entrevista al Presidente de SID-Baires-ONU

Reportaje de Jorge Makarz.

Iniciativa entrevistó en exclusiva al economista Mariano de Miguel. Es Presidente del Capítulo Buenos Aires de la Sociedad Internacional para el Desarrollo (SID-Baires) -red global creada bajo la órbita de Naciones Unidas- y Director del Instituto de Economía Aplicada de la UCES. Dólar Paralelo, cepo cambiario, necesidad  de una ley de entidades financieras y la  creación de un Banco de Desarrollo,  son algunos de los temas abordados en este reportaje. ( ver entrevistas anteriores  en http://espacioiniciativa.com.ar/?p=3952  y http://espacioiniciativa.com.ar/?p=4025 ).

En la actualidad mucho se discute en torno al problema del dólar paralelo, ¿cómo cree que se debería abordar el problema?

Para abordar un problema primero hay que formularlo bien; de esa correcta formulación depende parte de su solución. Es decir, para pensar qué debemos hacer con la problemática asociada a la adquisición de divisas de modo ilegal, por fuera del mercado de cambios, tenemos primero que tener un diagnóstico; lo cual, en este caso, no es fácil, ya que se trata de un aspecto de la vida económica nacional con potenciales fuertes implicancias sobre el resto de la vida económica y social.

Desde ya que, al margen de las operaciones de los grandes jugadores para alterar el valor paralelo de la divisa con fines desestabilizadores, lo que encontramos es una demanda reprimida de dólares, que al no poder saciarse oficialmente busca un canal alternativo. En este sentido, la pregunta es, ¿por qué existe una demanda de divisas tan pronunciada? Una posible explicación sería la cultura argentina, una población con capacidad de ahorro que no confía en su propia moneda habida cuenta de las sucesivas crisis económicas que afectaron sus ahorros y el poder adquisitivo de la moneda nacional. Pero por cultural que sea el comportamiento del que estamos hablando, no es menos económico. Y no basta con que los precios aumenten para que nos refugiemos en otra moneda; es imperioso que creamos además que nuestra moneda se devaluará frente aquella en la cual evaluamos refugiarnos. Hay ejemplos de países con procesos inflacionarios que no implicaron fugas hacia el dólar, sencillamente porque no había expectativas de devaluación o, por el contrario, había expectativas de apreciación que fomentaban incluso el ingreso de divisas y no su salida.

Entonces, un aspecto asociado a la compra de divisas por parte de los ahorristas y otros actores argentinos ha sido el de las expectativas de devaluación del peso frente al dólar, por razones varias, internas y externas. Esas razones son las que la política económica nacional debe identificar y resolver de cara a las decisiones de colocación de los ahorros y excedentes monetarios y financieros.

El paralelo es un problema secundario, fruto en parte de buenas intenciones como son las de desincentivar el atesoramiento en moneda extranjera y cuidar las divisas para utilizarlas en fines productivos y estratégicos para los intereses nacionales -como por caso importar aquello que necesitamos para producir y no podemos sustituir con producción interna. Pero por secundario, no es un problema menor, porque toma entidad propia.

Si el valor del dólar paralelo se convierte en referencia de una parte de las transacciones de la economía, las cosas se agravan porque, entre otras cosas, los precios pueden comenzar a seguir a ese mercado, subiendo y desatando una puja distributiva con efectos terciarios muy negativos. Sin contar que, en la medida que el valor en dólares  de referencia pasa a ser el del mercado paralelo, se produce una desarticulación de los precios relativos de los diferentes sectores de la economía, algunos de los cuales pasan a tener un parámetro desligado con la situación real de la economía; por ende, se producen paroxismos relativos en determinados mercados, como ocurrió con el inmobiliario durante la fiebre reciente que se suscitó en el mercado ilegal. Por fortuna, la política económica gubernamental ha logrado en las últimas semanas contener el problema y estabilizar las fluctuaciones; es importante, da tiempo para diagnosticar más acabadamente lo que ocurre y actuar a tiempo.

Ahora bien,  frente a este diagnóstico, considero que para resolver el problema del dólar paralelo es clave entender en qué momento del problema estamos. En este sentido, considero que más útil que desdoblar el tipo de cambio oficialmente, quizás sería bueno utilizar políticas fiscales e impositivas -en términos de impuestos, restricciones e incentivos- para llevar a cabo lo que se llama en la jerga una política de tipos de cambio diferenciales. ¿Pero cuál sería el problema de implementar esto? Que, en general, este tipo de políticas -de impuestos y subsidios para diferenciar el tipo de cambio- tiene sentido en un momento de relativa estabilidad. Cuando el problema ya ha entrado en vigencia y ha tomado vida propia, puede ser que estos controles no surtan efecto, tal como ocurrió cuando se encareció el recargo a las transacciones con tarjetas de crédito en el exterior y el paralelo pegó un salto. Entonces, hay que tener en cuenta que estamos en una circunstancia del problema donde los controles del estilo diferenciación del tipo de cambio pueden ser útiles, pero no resuelven el problema.

En consecuencia, hay que atacarlo desde otro punto de vista. Y el dilema es que cuanto más avanzada la enfermedad, más difícil salir de ella sin costos. Finalmente, la solución va a estar en mejorar las expectativas relativas de retorno de las tenencias en moneda local. Esto se logra subiendo las tasas de interés y/o bajando las expectativas de devaluación y el riesgo país –que implicaría, ante la necesidad de dólares, volver al endeudamiento externo para garantizarse cubrir la demanda que puede aumentar en un primer momento al liberar el cepo. Y tanto subiendo la tasa de interés como volviendo al financiamiento externo el país paga un costo y realiza una transferencia de los sectores que menos poseen para los sectores más concentrados. Por su parte, frente a las propuestas de devaluación, la misma también tendría efectos recesivos y de transferencia intersectoriales, lo cual no es bueno ni deseable. Entonces, si estamos frente a un momento en el que los costos son inevitables, creo fundamental ver con qué alternativa se genera el menor costo para los sectores menos favorecidos, evaluando medidas de compensación inmediata posterior a la resolución del problema.

Estas, claro está, son soluciones dentro del marco societario vigente, y sin contar con transformaciones sustanciales en la matriz de reparto del ingreso y de la estructura de derechos pre-establecidos al reparto del valor agregado en la producción.

En relación a la necesidad de contar con instrumentos de ahorro en pesos en detrimento del dólar, ¿qué otras medidas se pueden implementar?

Creo que es urgente y potencialmente muy útil avanzar en todo lo que tienda a fortalecer el mercado de capitales, por eso la reforma aprobada por Ley durante el año pasado es muy buena. Uno de los grandes déficits estructurales de la Argentina ha sido el escaso crédito disponible para financiar la producción, sobre todo la producción asociada a la pequeña y la mediana empresa.

En ese contexto, cuando se razona en términos de cómo acceder a ese financiamiento, las fuentes del sector financiero tradicional -el bancario o el mercado de capitales- realmente han sido muy pequeños. Ahora bien, no basta con eso. Por eso creo que evidentemente hay que continuar indagando las posibilidades de una reforma de la ley de entidades financieras y en la creación de un Banco de Desarrollo que atienda demandas estratégicas de la economía argentina a condiciones muy favorables.

Después, tratar de regular el sistema financiero existente de forma tal que cubra demandas hoy insatisfechas, como las de vivienda por parte de los sectores de ingresos medios y bajos.

¿Considera que el llamado cepo cambiario a largo plazo puede dar cuenta del problema de la fuga de capitales?

Es posible encontrar muchas explicaciones sobre la necesidad de restringir la compra de divisas, sobre todo para atesoramiento. Por un lado, que hubo que poner controles porque la fuga de capitales estaba adquiriendo una dinámica y un ritmo peligroso -al margen de la discusión de si los controles estuvieron bien puestos o no. Ahora bien, frente a la pregunta de por qué ocurrió esta fuga de capitales, algunos hacen hincapié, como dije en la primera respuesta a la primera pregunta, en que existen especuladores y actores concentrados de sociedad que atacan la economía, no conformes con la política gubernamental, incentivando una devaluación de la moneda sabiendo que en el entorno actual esa devaluación puede tener efectos inflacionarios -y que los efectos inflacionarios son siempre desestabilizadores.

En este marco, creo que la fuga sí había adquirido niveles peligrosos, sí creo que había que atender ese fenómeno, pero pienso, por un lado, que quizás había alternativas menos complicadas y costosas -en términos de actividad, de inversión, e inflación- que los controles que se impusieron. Por otra parte, no veo tanto una actitud desestabilizadora de ciertos grupos concentrados (en todo caso vivimos en el marco de un sistema capitalista) sino que, dada la configuración económica argentina e internacional, si uno combina tasas de interés con un entorno inflacionario, más expectativas de devaluación, y riesgo país ascendente, la fuga pasa a ser inevitable. Y una vez que la fuga se produce, naturalmente genera tensiones en otros planos de la economía.

Si lo analizamos históricamente, más que identificar un comportamiento cultural argentino, diría que la confianza en la moneda doméstica se construye durante mucho tiempo, más aún cuando se la destruyó durante los últimos 25 años del siglo XX. Si vemos el caso de Brasil, no es que los brasileños ahorran en el Real porque son más patriotas que los argentinos, ahorran en el Real porque no hay expectativas de devaluación y porque la tasa de interés de referencia en Brasil está también por encima de la tasa de referencia del resto del mundo. Por eso la pregunta que creo que tenemos que hacernos es, ¿cómo logramos una configuración adecuada macro-financiera para que el excedente argentino, en manos de quién esté, encuentre tasas de retorno presentes y esperadas mayores en colocaciones en moneda local que las asociadas a la tenencia de un activo externo? Mientras eso no ocurra, cualquiera sea la causa -cultural, económica, política, ideológica, sociológica – la fuga va a persistir en cuanto a intención; y por más que se la quiera controlar, en tanto existe el impulso original, no se va a resolver lo del mercado paralelo.

Como Presidente del Capítulos Buenos Aires de la Sociedad Internacional para el Desarrollo (SIDbaires-ONU). ¿Cómo cree que ha evolucionado y qué condiciones espera en torno al proceso de reindustrialización de los últimos 10 años?

Si algo caracterizó al proceso pos-convertibilidad, especialmente después de 2004 en adelante, es una tríada virtuosa entre actividad, empleo y distribución progresiva del ingreso, por eso la importancia de volver rápidamente a crecer. Esa tríada convivió con cuentas externas y fiscales holgadas. Pero lo que motorizó el crecimiento argentino no fue esencialmente, ni la situación internacional, ni el superávit fiscal; tampoco poseer superávit externo -todas condiciones de borde-, lo que motorizó el crecimiento argentino fue el impulso dado al mercado interno por la política fiscal y la recomposición de los ingresos, sobre todo de los sectores más postergados. Esto hizo crecer la demanda, que aceleró la inversión -y con la inversión aumenta la productividad.

Entonces, la re-industrialización en la Argentina tuvo que ver con una performance notable y absolutamente inesperada a la salida de la convertibilidad. Y si bien el crecimiento económico no garantiza transformación productiva, integración y progreso social, es una condición necesaria. Un país puede crecer sin integrarse ni progresar socialmente, pero es difícil que logre estas metas sin aquella, sobre todo en una economía de mercado y capitalista.

En una economía de mercado y capitalista se produce para vender, entonces, detrás de todo milagro (en una economía de mercado), siempre se está la posibilidad de expandir y fortalecer la demanda. Ahora bien, ¿esa capacidad es infinita? No, no es infinita ni ilimitada y está condicionada por muchas razones, pero centralmente por la restricción externa a la adquisición de las divisas que el proceso de crecimiento requiere.

En este marco, la economía argentina en la actualidad, quizás no esté tan holgada como para crecer al 7 u 8 %, como lo hicimos durante muchos años, pero considero que si podríamos estar creciendo al 5 o 6 % anual. Incluso, salvo Brasil, el resto de los países de la región están creciendo a cifras superiores. Entonces, si bien pueden aparecer tensiones, Argentina no se puede dar el lujo de no crecer.

¿Cuáles considera que son las áreas o actividades que tienen mayor potencial en la Argentina? Y, en este sentido, ¿cuáles cree que son los grandes desafíos para la economía argentina?

La Argentina, a pesar de haber des-integrado en parte su matriz productiva desde mediados de los ’70 en adelante, ha conservado –especialmente a partir de la recuperación de los últimos 10 años- una matriz productiva bastante diversificada. Esto es importante en función de que Argentina no es un país pequeño que tiene que especializarse en uno o dos sectores y, de alguna manera, apostar todo a ello resignando cualquier otro tipo de diversificación y desarrollo productivo.

Considero que esto tiene que quedar muy claro. Si bien nuestra economía estructuralmente tiene mucho recorrido por hacer, cuenta con las capacidades potenciales de definir una matriz productiva desarrollada y autosuficiente. Pero a los efectos de lograr ese objetivo, necesita, además del crecimiento y del sostenimiento de la demanda -que es el elemento esencial de la inversión reproductiva privada- un rol fundamental de la inversión pública.

El Estado tiene un papel fundamental a jugar en términos de constituirse en un caso testigo que marque las líneas estratégicas, influyendo y orientando. Hay determinados tipos de inversiones que las tiene que llevar a cabo el Estado per se y hay otras que no, pero aun así las debe orientar. Argentina necesita un shock de inversión en infraestructura económica básica -transporte, comunicaciones, energía-, porque de no resolver esta cuestión, por su condición estructural, tarde o temprano pone en tela de juicio el modelo de crecimiento macroeconómico. La macroeconomía, para seguir siendo una macroeconomía de bonanza, de crecimiento y de desarrollo, necesita que la estructura se ajuste a sus condiciones, que esté acorde con ellos. Y esto requiere que esos sectores básicos, estratégicos, que hacen a la autodeterminación económica de un país, se desarrollen progresivamente.

Los sectores de la energía, el transporte, las comunicaciones, los centros productores de conocimiento e innovación lo son efectivamente. Son estratégicos no sólo por lo que aportan al crecimiento y al desarrollo de la economía, sino por lo que le permiten al resto de los sectores mejorar su ecuación económica. Dicho de otra manera, son sectores que generan externalidades positivas. Un país, por ejemplo, mucho más integrado desde el punto de vista de la comunicación y el transporte, es un país con menores costos de producción. Al mismo tiempo, un país con menores costos de producción tiene mayor holgura en términos de productividad y en términos de distribución. En consecuencia, hay ciertas pujas que no se resuelven, pero sí se atenúan cuando el desarrollo de la estructura económica básica acompaña. En este marco, considero que vivimos una etapa en la que necesitamos cada vez más de una alianza pública y privada mixta para desarrollar sectores estratégicos.

Estoy convencido que la agenda del desarrollo (entendido como crecimiento con transformación productiva, integración y progreso social) continúa vigente y se resume en infraestructura económica básica –tal como recién mencionaba en relación al sector productivo-, reconversión del sistema financiero y restructuración crediticia al servicio de la producción y el aumento de la productividad. También tenemos algunos problemas institucionales de desarrollo como es el caso de la articulación público-privada a fin de diversificar la estructura productiva y conformar un tejido productivo cada vez más denso, más complejo, caracterizado por la difusión del conocimiento, la incorporación tecnológica, etc.

Por otra parte, en la actualidad, la Argentina debe retomar la agenda del crecimiento, dados los problemas internos y externos.

Frente a estos dos desafíos -la agenda del desarrollo, más estructural, y la agenda del crecimiento-, se suma un tercer aspecto que, en el marco del deterioro del programa de crecimiento, aparece en parte como resultado y en parte como explicación, y tiene que ver con las tensiones distributivas.

En nuestro país es importante avanzar cada vez más en un esquema de concertación y de negociación sobre el reparto del excedente. Es clave, negociar el reparto del excedente para que el excedente se pueda generar y, al mismo tiempo, debemos preocuparnos porque ese excedente crezca en cantidad y calidad para atenuar, vía aumento de la productividad, las tensiones distributivas que toda sociedad puede tener, sobre todo cuando hay demandas históricamente insatisfechas.

Es decir, todavía hay que recorrer un camino muy amplio en términos de recomposición salarial, de condiciones de trabajo, de mejoras de los ingresos, de reducción de la informalidad -que está todavía en niveles muy altos-, de mayor reducción de la pobreza y la indigencia.

Finalmente, sumaría un aspecto adicional: pensar que tipo de Estado quiere la sociedad argentina. Un Estado que resuelva todo esto, es necesariamente un Estado que tiene mucha participación en la economía -medida, por ejemplo, en términos de cuánto es el gasto público gubernamental relativo al PBI. Al mismo tiempo, una mayor participación en la economía, también obliga a discutir en qué y cómo gasta el Gobierno; cómo recauda y qué recauda.  Un Gobierno cada vez más progresivo no puede ser el correlato de una estructura tributaria, en el mejor de los casos, levemente más progresiva. No solo se requiere un Gobierno que gaste mejor, sino también un Gobierno que recaude también mucho mejor.