Italia: Siete trimestres de recesión, y sigue la misma política”. Por Miguel Angel García

Con este artículo iniciaremos la serie “¿Qué pasa en Europa? a cargo de nuestro colaborador Miguel Angel García.

Giovanni Guarascio, albañil de 64 años, empapó sus ropas de nafta y se dio fuego cuando llegó el nuevo propietario de su casa, con los oficiales judiciales y policías, para desalojarlo a él y a su familia. Sucedió en Ragusa, ciudad siciliana, el 13 de mayo. En su hogar, formado por su mujer y sus dos hijas, de 28 y 32 años, había tres sueldos, eran dueños de su vivienda, y aspiraban a mejorar todavía su condición. Pero llegó la crisis y, uno tras otro, perdieron sus empleos. Como gran parte de los italianos creyeron que la crisis iba a durar pocos meses: era lo que les decían economistas y políticos; se endeudaron con el banco por diez mil euros. Pero un año después la recesión era todavía más profunda, y la perspectiva de encontrar trabajo se había vuelto más lejana. El banco remató la casa y se cobró sus euros más los intereses; un aprovechado especulador compró el inmueble por un cuarto de su valor precedente, y consiguió una orden judicial para tirar a la calle la desafortunada familia de trabajadores. Guarascio se suicidó, su mujer trató de salvarlo, fue internada en el hospital con graves quemaduras, y terminó con sus hijas en la calle.

Desde esta fecha hasta el momento en que escribo esta nota, 23 de mayo, hubo otros once suicidios por causas económicas, en toda la geografía italiana. Solamente los más insólitos o macabros llegaron a los diarios nacionales. Como en Casarano, Salento, donde un hombre de 39 años, desocupado y padre de una nena, se dio fuego frente al Municipio, en el curso de una fiesta religiosa. Murió varios días más tarde, con el 60% de la piel quemada. Cinco años atrás había un suicidio o tentativa por motivos económicos cada dos días. Iniciada la crisis subió a uno cada día y medio, para superar un suicidio al día este año.

La mayor parte de los suicidas por razones económicas se mata cuando pierde la casa, y no cuando pierde el trabajo. Esto sucede porque el empleo no se pierde de golpe: hay suspensiones pagas (cassa integrazione), horarios reducidos, salarios adeudados, precarización contractual. Pasan uno o dos años hasta que el trabajador descubre que se ha vuelto un desocupado, y unos meses más para que se de cuenta de que no hay otro empleo para él, mientras se van sus ahorros. La pérdida de la casa es en cambio drástica: llegan los oficiales judiciales y un momento después el trabajador se vuelve un sin techo, condenado con su familia a peregrinar por las calles.

La casa tiene un valor particular en el país. Fue el elemento central del imperfecto Estado Social a la italiana: la propiedad de la casa familiar era la realización de un sueño a la vez que, en la estrategia de la Democracia Cristiana, el capitalito que iba a convertir al pueblo en conservador, tradicionalista y por supuesto votante de dicho partido. La idea tenía sólidas raíces en un país en cuya cultura el terrateniente valía mucho más que el industrial; la propiedad inmobiliaria tenía un aura de sacralidad, era el símbolo y la manifestación práctica de la riqueza y la seguridad en el futuro. “I mattoni…” (los ladrillos), decían todos para referirse al dinero sólido, seguro, estable. Un día los trabajadores entendieron que “los ladrillos” eran más de los bancos que de ellos, y que la seguridad de una vejez tranquila era una ilusión.

El suicidio es una manifestación de desesperación, de impotencia. Llama la atención en un país que, entre la segunda guerra mundial y los años 70, tuvo un nivel de combatividad, conciencia de clase y politización particularmente alto. El ciclo empezó con una “revolución bloqueada” contra el fascismo y la ocupación alemana; el bloqueo fue causado por la invasión aliada, que dio el golpe de gracia al nazi-fascismo, pero al precio de una democratización controlada por la administración militar extranjera, destinada a asegurar el rígido alineamiento italiano en la guerra fría de la parte de occidente.

Después de un período de gobierno común de todos los partidos antifascistas, en el que fue abolida la monarquía, redactada una constitución avanzada y lanzada la reconstrucción del país, el poder quedó en manos de un nuevo partido, la Democrazia Cristiana, formado sobre los restos del Partito Popolare de inspiración católica, más numerosos ex fascistas vergonzantes. Italia recibió ayuda de Estados Unidos, y el Estado tuvo los fondos necesarios para realizar la reconstrucción, pero la condición fue la imposición de un gobierno perpetuamente en manos de la Democracia Cristiana, con comunistas y socialistas como oposición igualmente perpetua. Esta situación fue avalada también por el Partido Comunista, que argumentaba que una reapertura de la guerra civil, además de ser inaceptable para las masas, habría desembocado en una masacre y un gobierno de derecha. La paralela experiencia griega le daba la razón.

Entre los años 60 y la actual crisis hubo medio siglo de cambio vertiginoso para las clases populares. Casa propia, jubilación, salud gratuita y acceso a la educación, automóvil (siempre más grande y costoso), vacaciones en el extranjero, consumismo extremo. Un orgullo antes desconocido de la propia identidad nacional: los italianos se sentían en la elite de los poderosos del mundo. La inmigración extranjera les confirmó la imagen, y les proporcionó el servicio doméstico y la ocupación ajena en los trabajos desagradables que los elevaba socialmente.

En los años 70 y 80 cayó la Democracia Cristiana y su aliado socialista Craxi, hundidos en la corrupción, el robo descarado, la subordinación a logias de golpistas asesinos y a organizaciones mafiosas, y finalmente la pérdida de legitimidad debida al fin de la guerra fría. No le fue mejor al Partido Comunista, deslegitimado por la caída de la Unión Soviética y por el “renunciamiento” de Enrico Berlinguer a tomar el poder para evitar un final chileno (el “Compromesso storico”). El vacío político fue ocupado por el increíble partido empresario formado por el zar de los medios Silvio Berlusconi, con su corte de cínicos políticos tránsfugas, bailarinas, escort (sexo pago de alto bordo), mafiosos y periodistas obsecuentes. En la oposición quedó un Partido Comunista en permanente transfiguración social, política e ideológica, hasta llegar al presente Partido Democrático más o menos inspirado en el de Estados Unidos.

Es difícil hablar de una ideología en el caso del berlusconismo; de su práctica institucional se deduce sin embargo una decidida alineación con el neoliberismo triunfante de los años 90. Privatizó gran parte del sistema estatal que producía los insumos de la industria, destruyéndolo y malvendiéndolo; consolidó el control privado (suyo) de los medios; introdujo una legislación discriminante para los trabajadores extranjeros, convirtiéndolos en fuente de mano de obra sin derechos y a bajo precio; facilitó el poder de la gran banca; introdujo los contratos de trabajo precarios para los jóvenes, sin estabilidad en el empleo ni garantías sociales.

Si el berlusconismo fue en los hechos un partido neoliberal, no menos lo fue la oposición encabezada por el Partido Democrático ex comunista. El lugar de los ideólogos formados en la Academia de Ciencias de la Urss o en el gramscismo fue tomado por una generación de economistas formados en Cambridge, más preocupados por las ecuaciones matemáticas con las que filosofaban sobre la nada del mercado que por el curso de la economía y la sociedad real. En su última transfiguración los ex comunistas se volvieron un partido más neoliberal que el berlusconismo, o por lo menos más consecuente ideológicamente.

Los dos breves períodos de gobierno de centroizquierda (1996-98 y 2006-08), ambos presididos por el burócrata internacional, economista y ex democristiano Romano Prodi, no solo no cambiaron la orientación berlusconiana, sino que dieron un fuerte impulso a la privatización, financiarización y descalabro del sistema de propiedad estatal. Su principal contribución fue sin embargo la primera ofensiva de austeridad, recorte de gastos y aumento de impuestos destinada a financiar la entrada de Italia en el Euro.

Suele presentarse todo ataque al euro como un atentado contra la unidad europea. Pero es exactamente al revés: el euro mismo fue impuesto como primer paso de la destrucción del sistema institucional de la Unión Europea. El euro, la banca europea y lo que se dio en llamar “eurozona” fueron establecidos con un sistema “a geometría variable” como el inventado por Bush para lanzar la guerra en Irak: la “unión de los voluntariosos”. No es la institución común, sino un pequeño grupo de países, con una decidida hegemonía del más fuerte, el que lleva adelante la novedad, con los otros países excluidos de las decisiones aunque no de las consecuencias. El mismo método se siguió con los pactos de Schengen, que establecieron el blindaje externo anti inmigrados y la marginación y explotación de los inmigrantes ya radicados, y varias otras medidas, todas ellas reaccionarias hasta tal punto que no habrían resistido un tratamiento democrático.

Este cáncer hegemonista se estableció donde avanzaba trabajosamente una Unión económica, política y social democrática, que había llegado al nivel del Parlamento común, y se había arenado en la formación de un ejecutivo federal por el bloqueo de las potencias mayores. Es la Europa de los capitales, de los bancos, de los grandes intereses, que arrinconó la Europa de los pueblos, considerada una antigualla igual que el Estado social.

El berlusconismo italiano tiene una marca distintiva: la reducción de los ingresos impositivos; se trata además de su principal argumento electoral. La clase media italiana ve con indulgencia sus negocios sucios, sus orgías con menores y su control mediático total porque quiere beneficiarse con sus amnistías generosas, su renuncia a las inspecciones y controles, su tolerancia con los evasores y exportadores clandestinos de capital. El sistema fiscal italiano era ya profundamente injusto: en los años 90 los trabajadores asalariados aportaban el 80% de las entradas fiscales. Los grandes capitales, y una parte consistente de la clase media, aportaban cantidades risibles. Algunos sectores (como los farmacéuticos, los escribanos, los comerciantes y tantos otros) tributaban menos que sus trabajadores. ¡Era tal la evasión que ricos empresarios recibían subsidios a la pobreza!

Pero el apetito viene comiendo, la clase media quería legalizar su dinero en negro y tributar todavía menos. Berlusconi prometía, y frecuentemente realizaba, sus sueños más audaces. El Estado quedaba sin recursos genuinos, que sustituía emitiendo bonos públicos, o sea endeudándose. El círculo se cerraba porque en su mayor parte eran adquiridos por los evasores. Pero se cerraba dejándole al Estado el pago de intereses, que llegaron a representar casi la mitad del gasto público. Sobre el final de los años 90, cuando la deuda italiana era mucho más que el total del PBI del país, los ricos italianos se lanzaron en la burbuja financiera internacional, abandonando los bonos públicos. Los nuevos compradores fueron bancos alemanes, que finalmente adquirieron la mayor parte de la deuda, que de interna se había vuelto externa.

Entre 2007 y 2008 la burbuja financiera se pinchó en el mundo. La banca italiana, en términos relativos, resultó poco expuesta (a diferencia de España, por ejemplo). Pero el nuevo gobierno económico europeo (BCE, FMI y Comisión Económica de la UE, con Alemania detrás como gran acreedor) exigió que Italia redujera sustancialmente su deuda externa del 120%, o sea que les pagara. Eran unos 2.500 billones de dólares (2.500.000.000.000.000), una cifra extravagante, impagable (el PBI del país era de 2.000 billones).

Berlusconi se vio ante la necesidad de romper con la zona euro o aplicar un plan de recortes de gastos y aumento de impuestos, para pagar la deuda, lo que significaba miseria por no menos de una década. Lo hizo, atacando el esmirriado Estado social del país, la educación, la salud, los jubilados. Tímidamente hizo algún aumento de la recaudación impositiva, como el nuevo impuesto inmobiliario IMU, que afectaba también a la “primera casa”, y dejaba afuera solo a la Iglesia. Pero se dio cuenta de que esta política hundía en el caos su partido, y le quitaba rápidamente el consenso electoral.

Ducho en agachadas, consiguió comprometer a la oposición en un “gran acuerdo” de salvación nacional, sosteniendo un “gobierno técnico” presidido por el ultra neoliberal Mario Monti, que asumió en noviembre de 2011. La biografía del “técnico” es interesante. Hijo de un argentino (no se sabe si emparentado con Cavallo…) estudió en la universidad Bocconi, de los empresarios italianos, y después en Yale. Además de burócrata europeo fue director para Europa de la Comisión Trilateral, un lobby de orientación neoliberal fundado en 1973 por David Rockefeller, dirigente del Grupo Bildelberg, asesor de la Coca Cola y de la tristemente famosa Goldman Sachs. Su breve gobierno “salvó” la banca, aumentó los impuestos, intensificó los cortes de presupuesto en el sector social.

En diciembre de 2012 Monti, con encuestas de opinión de 80% a favor, anunció su renuncia y se presentó a la subsecuente elección como candidato de un flojo conglomerado de centro. Le fue malísimo; parece que los italianos lo apreciaban si se iba, no si se quedaba. El Partido Democrático, que creía que iba a ganar a manos llenas, se encontró con una victoria de Pirro. El berlusconismo, agitando la abolición del impuesto que su mismo partido había establecido años antes, el IMU, recuperó hasta casi alcanzarlo. Y lo que es más grave, parte de su electorado se sumó a un voto de protesta que se dirigió al exótico movimiento encabezado por Beppe Grillo, que alcanzó el notable 25,6% de los votos, 163 bancas parlamentarias.

Grillo es un heredero del ideario del Partido Radical de Panella, aunque en versión grosera e ingenua. Panella merece el agradecimiento de los italianos porque, contra la Iglesia y contra todos los partidos, impulsó los referendos por el divorcio y la despenalización del aborto, y ganó ampliamente. Pero su prédica central era contra el Estado (que bautizó “el Palacio”) y la “Casta” de los políticos. Acusaba a los políticos profesionales de ladrones, al Estado social de engendro de clientelas, ñoquis y traficantes, y en general a la mano pública de explotar y empobrecer a los italianos. Era en realidad un ultra ultra liberal, uno que llevaba hasta el extremo los aspectos más atractivos del liberalismo a la Milton Friedman. Mientras la economía prosperaba su prédica tuvo escaso eco, después él mismo y sus amigos se integraron tristemente en el sistema político.

Grillo salió un discípulo aplicado y con capacidad para convencer a la gente. Un discípulo cuya tosquedad ideológica le permitía combinar la diatriba antiestatal y antipolítica con una explícita xenofobia racista (se opone a dar la ciudadanía italiana a los hijos de inmigrantes nacidos en el país, por ejemplo). De esta manera quitó votos a la Lega Nord y a Berlusconi, además de hacerlo con la izquierda. Es innegable que el sistema político italiano necesita urgentemente una reforma. Italia tiene más parlamentarios, y mejor pagos, que Estados Unidos con una población varias veces superior. Recibe subvenciones millonarias, que frecuentemente alimentan cuentas en paraísos fiscales. A esto se suman los organismos inútiles, como las provincias (hace años fueron sustituídas por las Regiones, de mayores dimensiones) henchidas de ñoquis, asesores y políticos de tercera o cuarta línea. Pero todo ello no autoriza a adjudicar la crisis y las penurias de la población al robo de los políticos. La causa está en un conjunto de políticas económicas y sociales que el grillismo no cuestiona, o como mínimo subvalora.

Con esta información podemos volver a los suicidios. Los italianos votan dos grandes partidos neoliberales, y hasta cuando protestan votan a un movimiento neoliberal. La prueba: en esa elección el juez honesto Antonio Ingroia, a la cabeza de un enjambre de grupúsculos marx­­-leninistas, se presentó en esas elecciones, y no obtuvo votos ni para hacer entrar un candidato en el Parlamento. No lo votaron ni por protesta. Aunque volver a escuchar a los marxistas leninistas, cuarenta años después, era sin duda una experiencia poco atractiva. En las recientes elecciones comunales cayó el fenómeno Grillo, pero aumentó en forma desmedida la abstención, que en Roma fue del 50%. Más protesta pasiva, incapaz de superar el horizonte ideológico que capturó a las masas.

Los sectores populares tienen una sana tendencia: dar su voto a una política que haya producido resultados positivos para ellos. Este pragmatismo, apenas erosionado por las manipulaciones mediáticas, suele tener buenos resultados. El Estado interventor democristiano les dio bienestar, y tuvo sus votos por décadas; el “pensamiento único” neoliberal le dio todavía más riqueza, y sigue conquistándolos. Ahora se dan cuenta de que se equivocaban, pero no encuentran una alternativa creíble, y caen en la desesperación y la resistencia pasiva. Esperan todavía que haya quien les diga como salir de este atolladero.