“El retorno colorado y las torpezas líbero progresistas en el Paraguay”. Por Juan Carlos Decoud

Por Juan Carlos Decoud

La elección del 21 de abril queda en la historia como la única de la transición democrática paraguaya que el Partido Liberal Radical Auténtico (PLRA) disputó como contendor ubicado en el control del aparato estatal. Las propias torpezas liberales facilitaron el retorno del Partido Colorado al poder, a pesar de los recursos estatales al servicio de la campaña oficialista.

Los azules pretenden justificar su derrota con el argumento del poder económico del candidato ganador. Sin embargo, nada puede compararse con el financiamiento de Itaipú, Yacyretá, los ministerios, el Indert,la Andee IPS, por mencionar algunas de las decenas de fuentes de financiamiento que el poder ejecutivo gestionó según su capricho.

Por el lado de la izquierda, el discurso y las conductas no convencieron a sus interlocutores (obreros urbanos y rurales, pueblos originarios, minorías sexuales, etc.). Las listas “progresistas” para el parlamento llegaron menos divididas que en el 2008, pero no lograron concentrar sus votos en función de una auténtica tercera fuerza electoral. Su representación parlamentaria creció, pero corre el riesgo de la absorción por los partidos más grandes, situación que ya fue evidenciada cuando Carlos Filizzola actuó como una marioneta oficialista en el periodo 2003/2008.

Otro problema es que los movimientos progresistas terminan recurriendo en el interior del país al mismo caudillismo que cuestionan a otros sectores. Antiguos prófugos de la justicia son tratados por los líderes capitalinos del Frente Guazú o de Avanza País como “grandes referentes”. El hecho de que estas figuras locales controlen arbitrariamente alguna universidad pública permite que los ingenuos izquierdistas asuncenos se obnubilen con promesas de miles de votos que, en realidad, están cautivos en los partidos tradicionales. Esa imposición desde arriba coarta los procesos ascendentes que pretenden instalarse desde fuera de Asunción.

Por el lado de otros movimientos menores, Patria Querida y el oviedismo ameritan escasa tinta. Ninguno se diferenció en cuestiones fundamentales de los grandes partidos. Los de Patria Querida ostentaron su irrelevante lucha contra las listas sábanas y el aumento del presupuesto parala Justicia Electoral.Pero esa graciosa perorata pro clase media fue una mera simulación de sus prejuicios ideológicos, que afloraron indisimulados para apoyar el juicio político que ahora les significa la pérdida de los escasos cupos que ocupaban.

Por su parte, UNACE nació y creció como partido unipersonal basado únicamente en el poder económico y el carisma (en ese orden de importancia) de su desaparecido líder Lino Oviedo, quien antes de su partida se encargó de ubicar en lugares privilegiados a hijos y sobrinos, los únicos que ocuparán bancas en el parlamento que asumirá en julio.

No obstante, la mayor torpeza -mezclada con abundante dosis de soberbia- le corresponde al PLRA. Los liberales transcurrieron la transición democrática auto asignándose el derecho “indiscutible” de encabezar cualquier alianza electoral contra el Partido Colorado. Su “autosuficiencia” les condenó al cómodo puesto de segundones hasta que en algunos departamentos, como Guairá y Caazapá, sus mejores amigos del UNACE, con quienes se identificaron más que con cualquier otro, les relegaron a un riesgoso tercer lugar.

Aparentaron cierto aprendizaje para las elecciones del 2008 cuando se refugiaron bajo la sotana de Fernando Lugo; pero, repentinamente, rezongaron que el ex obispo -que les permitió llegar al poder por la ventana- era “izquierdista”, “padre irresponsable”, “protector del EPP” e “invasor de tierras”. Aunque les pese, queda registrado que la única ocasión en que lograron acceder al control del poder ejecutivo en elecciones con criterios racionales fue mediante la imagen de su defenestrado aliado.

El PLRA actuó en todos estos años como lo que es: Un grupo pequeño burgués, conducido por referentes petulantes, mediocres y carentes de carisma. Esa conducta quedó evidenciada en las elecciones pasadas por la mayoría de sus apoderados y miembros de mesa, quienes llegaron con la arrogancia del que se siente superior, con la manía del impoluto y el complejo del maestro que debe aleccionar al compatriota “ladrón e ignorante”. Sus bolígrafos verdes (que utilizaron en vez de los que fueron entregados por la justicia electoral) simbolizaron su desprecio hacia el resto de la sociedad paraguaya, a esa parte cuyos votos reclaman para marginarlos luego al basurero de la memoria.

A pesar de esa arrogancia, ninguno de sus apoderados electorales logró expresar un solo incidente coherente con la ley electoral. Sus griteríos e intentos de humillación hacia el otro evidenciaron una tremenda incapacidad de administrar la confrontación con criterios racionales y legales. Sus gatuperios se orientaban más a ofender al oponente con trivialidades que a plantear cuestionamientos relevantes.

En cuanto a su concepción doctrinaria, el PLRA es un típico partido del medio: Indefinido ideológicamente y, ante cuestiones esenciales, emisor de graves exabruptos fascistas. El principal ejemplo es la descalificación de sus aliados del 2008 con etiquetas ideológicas, sin la mínima fundamentación lógica para tales clichés discursivos. Así como durante el gobierno del Stroessner se volvió frecuente la persecución por “comunista”, durante la gestión de Federico Franco se repitió la misma reprobación con adjetivos similares (izquierdista, chavista, bolivariano, etc.).

Al final, la mayoría optó por el Partido Colorado, sujeto colectivo consciente de sus posicionamientos conservadores, pero con una capacidad de adaptación contextual que le permitió aliarse con Venezuela durante el gobierno de Nicanor Duarte Frutos, promover el Mercosur con mayor dinamismo que los liberales y, al mismo tiempo, alinearse a los dictámenes norteamericanos como en el caso del relacionamiento preferente con Taiwán, a modo de ilustración de su pragmatismo.

El Partido Colorado apeló a Horacio Cartes, quien aportó la imagen de empresario exitoso, promotor de 26 empresas, una de ellas con asiento en los Estados Unidos, y dirigente deportivo con muy buenos logros. La guerra mediática en su contra con denuncias de vínculos con el narcotráfico actuó como búmeran que acentuó la percepción de carencia programática respecto de los liberales.

El Paraguay es un país que nunca conoció la etapa burguesa en su historia. Es decir, careció del capítulo que suele ser condición para la emergencia de una clase obrera y otros sectores políticamente capaces de alterar los procesos. La incipiente y truncada revolución industrial que inició en la década de 1850 tuvo como sujeto dinámico al gobierno, y no a la burguesía, por otro lado, inexistente en el país. Durante el siglo XX, la “iniciativa privada” estuvo en manos de empresarios vinculados de manera clientelista con el gobierno, sin cuya cooptación era imposible cualquier despegue.

Ante ese vacío, resulta comprensible que las nuevas generaciones compren la oferta del empresario que promete “oportunidades” en un país donde esa no es una expectativa menor.

Con una estructura gigantesca, con operadores experimentados para sortear contiendas electorales y un candidato que encarnó el éxito como finalidad de vida y el “desarrollismo” como promesa electoral, casi la mitad del electorado paraguayo eligió al partido que sabe ganar elecciones.

El resultado fue facilitado por el partido contrario que durante toda la transición -y mucho más desde el 22 de junio de 2012- se mostró como realmente es: Mucho más fascista que liberal, ambiguo antes que radical y trucho en vez de auténtico.